Dibujar es mi pasion en tu piel
Desde chiquita, dibujar es mi pasion. En mi taller en la Roma, con el sol colándose por las ventanas altas, paso horas con el lápiz bailando sobre el papel. El olor a carboncillo y trementina me envuelve como un abrazo viejo, y cada trazo es un suspiro de libertad. Pero hoy, algo cambió. Diego entró por la puerta, con esa sonrisa pícara que me hace temblar las rodillas. Es mi carnal de la uni, alto, moreno, con músculos que se marcan bajo la camisa ajustada. "Órale, Ana, ¿me dejas posar pa' ti?", dijo, quitándose la chamarra con un movimiento que me dejó sin aliento.
Lo miré fijo, sintiendo un calor subiendo por mi pecho. "Neta, wey, ¿estás seguro? Mis dibujos son intensos, eh". Él se rio, esa risa grave que retumba en mi estómago como tambores. "Pos yo quiero verte dibujar de verdad, no esas flores y paisajes". Le pedí que se quitara la ropa, poco a poco, para capturar la luz en su piel. Se desabrochó la camisa, revelando el pecho ancho, salpicado de vello oscuro que olía a jabón fresco y hombre. Mis manos sudaban en el lápiz, pero empecé a trazar: la curva de su hombro, el hueco del ombligo, bajando hasta...
El silencio del taller se llenaba con su respiración pausada, el roce del papel, mi corazón latiendo como loco. "Dibujar es mi pasion", murmuré para mí, pero mi mente volaba. Imaginaba mi lengua siguiendo esas líneas que trazaba, probando el salado de su sudor. Él me miró a los ojos, y juro que vi deseo ahí, crudo, como el mío. "¿Te gusta lo que ves, Ana?", preguntó con voz ronca. Asentí, mordiéndome el labio. La tensión crecía, espesa como el humo de un cigarro.
¿Por qué carajos me pongo así? Es Diego, el mismo pendejo que me cargaba en la espalda en las fiestas. Pero ahora, desnudo frente a mí, es un dios azteca, listo para devorarme.
Dejé el lápiz y me acerqué para ajustar su pose. Mis dedos rozaron su brazo, piel caliente, suave como terciopelo bajo el sol. Él no se movió, pero su pulso se aceleró bajo mi tacto. "Qué chingón se ve esto", dije, fingiendo profesionalismo, pero mi voz salió entrecortada. Olía a él: mezcla de colonia barata y excitación masculina, que me mareaba. Bajé la mano por su espalda, sintiendo los músculos tensarse. Él giró la cabeza, nuestros rostros a centímetros. Sus labios carnosos, entreabiertos, invitándome.
El beso fue inevitable. Primero suave, explorando, como un trazo tentativo. Luego feroz, lenguas enredándose con hambre. Sus manos grandes me tomaron la cintura, atrayéndome contra su dureza. Gemí contra su boca, sintiendo su erección presionando mi vientre. "Ana, neta me traes loco desde siempre", gruñó, mordisqueando mi cuello. El sabor de su piel era salado, adictivo, como pozole picante en noche de fiesta.
Lo empujé al diván cubierto de telas, donde suelo recostarme a soñar. Me quité la blusa con prisa, liberando mis pechos que él miró con ojos hambrientos. "Eres mi musa ahora, cabrón", le dije, riendo bajito. Sus manos subieron, amasando, pulgares rozando pezones que se endurecieron al instante. Un jadeo se me escapó, eléctrico, bajando directo a mi centro. Me abrí de piernas a horcajadas sobre él, frotándome contra su miembro tieso, sintiendo la humedad entre mis muslos empapando mi short.
El taller vibraba con nuestros sonidos: piel contra piel, resuellos, el crujir del diván viejo. Le bajé el bóxer, liberándolo. Grande, venoso, palpitante. Lo tomé en mi mano, suave terciopelo sobre acero, y él gimió fuerte, "¡Chingada madre, Ana!". Lamí la punta, saboreando la gota salada de pre-semen, mientras mis dedos lo acariciaban lento, torturándolo. Él se arqueó, manos enredadas en mi pelo. "Por favor, métetelo", suplicó, voz rota.
Esto es mejor que cualquier dibujo. Su calor dentro de mí, llenándome, es la pasión que siempre busqué.
Me quité el short y las panties de un jalón, posicionándome. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, invadiéndome con placer punzante. Gritamos juntos cuando estuve sentada hasta el fondo, clítoris rozando su pubis. Empecé a moverme, cabalgándolo como en un rodeo salvaje, pechos rebotando. Él empujaba arriba, profundo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz dorada, olor a sexo crudo llenando el aire: almizcle, deseo puro.
La tensión subía, espiral infinita. Cambiamos: él encima, misionero feroz, mis piernas en su cintura. Besos salvajes, mordidas en hombros. "Más duro, wey, rómpeme", le pedí, uñas clavándose en su espalda. Él obedeció, embistiendo como pistón, bolas golpeando mi culo. El clímax me golpeó primero: olas de fuego desde el vientre, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre. Él se vino segundos después, caliente dentro, llenándome hasta rebosar.
Caímos exhaustos, enredados, respiraciones calmándose. Su cabeza en mi pecho, latidos sincronizados. Afuera, el bullicio de la ciudad: cláxones, risas lejanas. Pero aquí, paz. "Dibujar es mi pasion", susurré, acariciando su pelo revuelto, "pero tú eres mi nueva obra maestra". Él levantó la vista, ojos brillantes. "Y tú la mía, reina".
Nos quedamos así hasta el atardecer, piel pegada, saboreando el afterglow. Mañana retomaré el dibujo, pero ahora cada trazo llevará su esencia: pasión viva, tangible. En México, donde el arte y el amor se funden como tequila con limón, encontré mi musa perfecta.