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El Final de Pasión Prohibida

7092 palabras

El Final de Pasión Prohibida

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo contra la playa como un susurro eterno. Yo, Ana, de treinta años, estaba en la terraza de esa villa rentada, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por la brisa húmeda. Mi matrimonio con Roberto era un desastre, puro show para la familia, pero Marco, su carnal menor, había sido mi secreto durante meses. Éramos cuñados, prohibidos por sangre y lealtad, pero cada encuentro había sido fuego puro. Esta noche sería el final de pasión prohibida, lo sabíamos los dos. Me iba a Guadalajara por un nuevo trabajo, y él se quedaría atado a la familia. Neta, mi corazón latía como tambor de mariachi.

Lo vi llegar por el sendero de palmeras, su silueta recortada contra la luna llena. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que abrazaban sus caderas. Órale, qué hombre, pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Se acercó con esa sonrisa pícara, oliendo a colonia fresca y tequila ahumado.

¡Ana, mi reina! ¿Estás lista para despedirnos como se debe?

Su voz grave me erizó la piel. Lo abracé fuerte, inhalando su aroma que me volvía loca. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, deteniéndose en mis nalgas con esa posesión juguetona.

No seas pendejo, Marco, murmuré contra su cuello, pero mi cuerpo ya lo traicionaba, arqueándose contra él. Entramos a la villa, la luz tenue de las velas parpadeando en las paredes blancas. Ponemos salsa en el estéreo, Maná sonando bajito, y bailamos pegaditos. Su verga dura rozaba mi vientre, y yo sentía mi concha humedeciéndose, lista para él.

En el sofá de mimbre, nos besamos como hambrientos. Sus labios gruesos sabían a ron y sal, lengua explorando mi boca con urgencia. Le mordí el labio inferior, oyendo su gemido ronco que vibró en mi pecho. Esto es lo último, me repetía en la cabeza, pero el deseo ardía más fuerte que cualquier promesa.

Acto uno del adiós: solo besos y caricias. Sus dedos subieron por mis muslos, arrugando el vestido hasta dejarme expuesta. No traía calzones, claro, porque lo planeé así. Él rio bajito, ¡Eres una chingona, Ana! Sus yemas rozaron mis labios hinchados, resbaladizos de jugos. Gemí, el sonido ahogado por su boca. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el sudor salado de su piel.

Me quitó el vestido de un tirón, quedando yo en tetas y nada más. Él se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntándome como arma cargada. La tomé en la mano, sintiendo su calor palpitante, el pulso acelerado bajo mi palma. Qué rica, pensé, lamiendo la punta donde perleaba una gota precursora, salada y amarga.

Pero paramos ahí, jadeantes. Tenemos toda la noche, dijo él, llevándome a la cama king size con sábanas de hilo egipcio. Nos recostamos, cuerpos entrelazados, hablando en susurros. Le conté de mi pinche matrimonio vacío, cómo Roberto ni me tocaba ya. Él confesó que me soñaba todas las noches, jodiéndose la mano pensando en tu culo redondo. La tensión crecía, como tormenta en el Golfo. Sus pezones duros contra mis tetas, mi clítoris rozando su muslo peludo. Cada roce era electricidad, piel contra piel resbalosa de sudor.

El medio tiempo llegó con el sol filtrándose por las cortinas. Desayunamos tacos de carnitas en la cama, riendo como pendejos, pero el aire estaba cargado. Esto duele, carnal, admití, mientras él me untaba salsa en el cuello y la lamía despacio. Su lengua trazó mi clavícula, bajando a mis pechos. Chupó un pezón, tirando suave con los dientes, enviando ondas de placer directo a mi centro. Gemí alto, ¡Sí, así, no pares!

Escalada brutal. Sus dedos entraron en mí, dos primero, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Estaba empapada, sonidos chapoteantes llenando la habitación junto a mis jadeos. Estás chorreando, mi amor, gruñó, metiendo un tercero. Yo lo masturbaba furiosa, sintiendo cómo se hinchaba más. Lo volteé, montándome en su cara. Su nariz rozaba mi clítoris mientras su lengua follaba mi concha, lamiendo jugos como si fuera el mejor tequila del mundo. Olía a sexo crudo, a mar y deseo. Vine fuerte, temblando, mis muslos apretando su cabeza, gritando su nombre contra las olas lejanas.

Él me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor de mi espinazo. Tu culo es pecado, murmuró, separando nalgas para lamer mi ano arrugado. ¡Qué delicia prohibida! Lengua caliente, circular, mientras dedos volvían a mi coño. Estaba al borde otra vez, el placer psicológico tan intenso como el físico. Esto es nuestro final de pasión prohibida, pensé, sabiendo que cada lamida era adiós.

Lo puse de rodillas, mamada épica. Lo tragué hasta la garganta, sintiendo arcadas placenteras, saliva chorreando por su saco. Él agarró mi pelo, follando mi boca con groans animales. ¡Qué chupada, pinche diosa! Su verga latía, lista para explotar, pero se contuvo. Me levantó como pluma, penetrándome de pie contra la pared de vidrio con vista al mar.

¡Dios! Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo. Gruesa, dura, rozando cada paredeta sensible. Embestidas salvajes, piel chocando con plaf plaf, sudor volando. Mis tetas rebotaban, pezones duros como piedras. Él mordía mi hombro, yo arañaba su espalda, dejando marcas rojas. Más fuerte, cabrón, le exigía, y él obedecía, mis piernas alrededor de su cintura, coño apretándolo como puño.

Cambiando posiciones como en película porno casera: misionero, con sus ojos clavados en los míos, Te amo, Ana, jadeando. Perrito, él azotando mi culo suave, ¡Qué nalgas perfectas! Yo vine dos veces más, chorros calientes empapando sábanas, cuerpo convulsionando en éxtasis puro. Finalmente, lo monté a mí, cabalgando como amazona. Sus manos en mis caderas, yo rebotando, clítoris frotando su pubis. Él gruñó, ¡Me vengo!, y sentí chorros calientes inundándome, leche espesa mezclándose con mis jugos.

Colapsamos, exhaustos, cuerpos pegajosos de semen, sudor y lágrimas. El afterglow fue dulce: besos suaves, caricias perezosas. Afuera, las olas aplaudían nuestro final. Esto fue el cierre perfecto de nuestra pasión prohibida, susurré, acurrucada en su pecho velludo que subía y bajaba. Él me besó la frente, Para siempre en mi alma, mi reina.

Al amanecer, nos despedimos en la playa, arena tibia bajo pies, sol pintando el cielo de rosa. Caminamos de la mano una última vez, sabiendo que el recuerdo de esa noche ardiente nos perseguiría. No hubo promesas rotas, solo gratitud por el fuego compartido. Me subí al taxi rumbo al aeropuerto, con su sabor en la boca y su esencia en la piel. Adiós, pasión prohibida. Pero en el fondo, neta que sonreía.

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