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Cariño y Amor Ardiente Pasión

6544 palabras

Cariño y Amor Ardiente Pasión

El sol se ponía en la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar como un lienzo vivo. Tú, con tu vestido ligero de algodón que se pegaba a tu piel por la brisa salada, caminabas descalza por la arena tibia. Habías venido de vacaciones sola, buscando desconectar del ajetreo de la Ciudad de México, y ahora, en ese bar playero con luces de colores y música de cumbia rebajada, sentiste que la noche prometía algo más.

Él apareció de la nada, alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba más que las guirnaldas de bombillas. Qué chulo, pensaste, mientras pedías un michelada con limón fresco que olía a mar y chile. Se acercó con una cerveza en la mano, oliendo a protector solar y a algo masculino, como madera quemada en una fogata. "Órale, güeyita, ¿vienes mucho por acá?", te dijo con ese acento jaliciense que te erizó la piel. Te reíste, sintiendo el primer cosquilleo en el estómago. Se llamaba Alex, un surfista local que ayudaba en el bar de su carnal. Charlaron de tonterías: las olas perfectas del amanecer, el sabor picante de los tacos de mariscos, cómo la neta la vida en la playa era puro paraíso.

La tensión empezó con un roce accidental. Su mano rozó la tuya al pasarte el salero, y el calor de su piel te recorrió como una corriente eléctrica. Lo miraste a los ojos, oscuros y profundos, y viste el deseo reflejado. Bailaron al ritmo de una ranchera suave que sonaba de fondo, sus caderas pegadas, el sudor mezclándose con la sal del aire. Sentías su aliento caliente en tu cuello, su pecho firme contra tus senos que se endurecían bajo la tela fina.

"Me traes loco, mi reina",
murmuró, y tú respondiste con un beso robado, saboreando la cerveza en sus labios y el salitre en su lengua.

La noche avanzaba, y el deseo crecía como la marea. Te invitó a su cabaña a unos pasos de la playa, una casita de madera con hamaca y vista al océano. No dudaste; era consensual, puro instinto, dos adultos queriendo lo mismo. Entraron riendo, el aire cargado de anticipación. Él encendió una vela que perfumó el cuarto con vainilla y coco, y pusiste música de Carlos Santana bajito, ese guitarreo que vibra en las venas.

Acto de introducción al fuego: Tus manos temblaban un poquito mientras le quitabas la camisa, revelando un torso bronceado, músculos definidos por horas en el mar. Tocaste su piel, suave y caliente, oliendo a sal y esfuerzo. Él te besó el cuello, succionando suave, dejando un rastro húmedo que te hizo gemir bajito. Esto es lo que necesitaba, pensaste, mientras sus dedos bajaban la cremallera de tu vestido, dejándote en ropa interior de encaje negro. Te miró como si fueras un tesoro,

"Eres preciosa, carnal, déjame cuidarte".

Se tumbaron en la cama king size con sábanas frescas de lino, el sonido de las olas rompiendo afuera como un latido compartido. Sus besos bajaron por tu clavícula, lamiendo el valle entre tus pechos. Sentiste su lengua en tus pezones, duros como piedras, chupando con cariño, mordisqueando lo justo para que el placer doliera rico. Tus uñas se clavaron en su espalda, oliendo su sudor fresco, ese aroma varonil que te volvía loca. Bajó más, besando tu ombligo, el hueso de la cadera, hasta llegar a tus muslos internos. El calor entre tus piernas era insoportable, húmeda ya, palpitando por él.

Él se arrodilló, separando tus piernas con gentileza. Sus ojos en mi centro, qué morbo. Lamio tu clítoris despacio, saboreando tu esencia salada y dulce como mango maduro. Gemiste fuerte, arqueando la espalda, el placer subiendo en oleadas.

"¡Ay, wey, no pares!"
le suplicaste, y él obedeció, metiendo la lengua adentro, chupando con hambre. Tus caderas se movían solas, frotándote contra su boca, el sonido húmedo mezclándose con tus jadeos y el mar.

Pero querías más, lo jalaste arriba, desabrochando su short. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de pre-semen. La tomaste en tu mano, sintiendo el pulso acelerado, caliente como hierro forjado. La masturbaste lento, viéndolo cerrar los ojos, gimiendo tu nombre. Mi amor ardiente, pensaste, mientras te la acercabas a la boca. La lamiste desde la base hasta la punta, saboreando su piel salada, metiéndotela hasta la garganta. Él gruñó, enredando los dedos en tu pelo,

"Qué rica mamada, mi vida".
El olor de su excitación te embriagaba, más fuerte que el tequila de antes.

La tensión escalaba, el aire espeso con gemidos y respiraciones entrecortadas. Te montaste encima, frotando tu chochito mojado contra su verga, lubricándola. El clímax se acerca: Lentamente, te hundiste en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llenaba, estirándote deliciosamente. ¡Dios, qué grande! Empezaste a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada roce en tus paredes internas, el roce de su pubis contra tu clítoris. Él te agarraba las nalgas, amasándolas, ayudándote a subir y bajar. El sudor nos unía, resbaloso, el slap-slap de carne contra carne ahogando las olas.

Aceleraste, tus pechos rebotando, él sentándose para mamarlos mientras follábamos.

"Dame cariño y amor ardiente pasión, cabrón"
, le dijiste entre jadeos, y él respondió embistiéndote desde abajo, duro, profundo. Tus paredes se contraían, el orgasmo construyéndose como tormenta. Gritaste primero, el placer explotando en luces blancas detrás de tus ojos, tu jugo chorreando por sus bolas. Él te siguió, gruñendo como animal, llenándote con chorros calientes que sentiste palpitar adentro.

Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos. El afterglow era puro éxtasis: su mano acariciando tu espalda, besos suaves en la frente. Olía a sexo y mar, a nosotros. Esto fue cariño y amor ardiente pasión, reflexionaste, mientras el corazón se calmaba. Él te abrazó fuerte,

"Qué noche, mi reina. ¿Vuelves mañana?"
Sonreíste, sabiendo que sí, que esto era solo el principio de algo ardiente en la playa.

La luna entraba por la ventana, plateando vuestros cuerpos exhaustos pero satisfechos. Dormiste pegada a él, soñando con más olas de placer, con ese lazo que nace del deseo puro y consensual. Al amanecer, el sol los despertó con promesas de repetición, pero por ahora, el recuerdo bastaba para llenarte el alma.

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