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Pasión y Muerte de Jesús en la Biblia

6287 palabras

Pasión y Muerte de Jesús en la Biblia

El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, pero dentro de la casa rentada, el aire estaba fresco gracias al ventilador que zumbaba como un susurro perezoso. Yo, Sofía, de veintiocho años, maestra de literatura en Guadalajara, me recostaba en el sillón de mimbre con la Biblia abierta en el regazo. Mis dedos hozaban las páginas amarillentas, deteniéndose en las palabras que siempre me erizaban la piel: la pasión y muerte de Jesús en la Biblia. No era la primera vez que las leía, pero esta Semana Santa, solita en esta paraíso con mi carnal Raúl, algo se removía dentro de mí como un fuego lento.

Imaginaba a Jesús, ese hombre fuerte y divino, azotado, coronado de espinas, su cuerpo sudado y marcado brillando bajo el sol de Jerusalén. El olor a sangre y sudor me invadía la nariz en mi mente, el sonido de los latigazos restallando como truenos lejanos.

¿Por qué carajos me moja tanto esto?
me pregunté, sintiendo un calor traicionero entre las piernas. Mi panocha palpitaba, húmeda, pidiendo atención. No mames, Sofía, pensé, cerrando los ojos. Era como si la agonía de él se convirtiera en mi deseo, en una pasión prohibida que me hacía apretar los muslos.

La puerta se abrió de golpe y entró Raúl, mi amor de tres años, con el torso desnudo y bronceado por el sol, shorts de playa colgando bajos en sus caderas. Olía a mar y a protector solar, ese aroma que siempre me volvía loca. Órale, qué chula te ves toda sonrojada, mi reina, dijo con esa sonrisa pícara, dejando caer una bolsa de groceries. Se acercó, sus pies descalzos pisando el piso fresco, y me besó en la frente. Huele a hombre, pensé, inhalando profundo.

—Leyendo la Biblia, ¿eh? ¿Qué, te dio por lo religioso de repente? —bromeó, sentándose a mi lado, su muslo rozando el mío. El contacto fue eléctrico, como una chispa en mi piel sensible.

—Sí, wey... la pasión y muerte de Jesús en la Biblia. Neta, me prende un chorro. Imagínate el sufrimiento, el cuerpo retorcido, el sudor chorreando... —confesé, mi voz ronca, mirándolo fijo a los ojos café que me derretían.

Raúl arqueó la ceja, divertido. No mames, mi Sofi la devota se pone cachonda con Cristo. Pero no se burló; en cambio, su mano subió por mi muslo, suave como una caricia de viento. —Cuéntame más, nena. ¿Qué te imaginas?

El deseo empezó a bullir. Le describí las escenas: los clavos en las manos, el vinagre en los labios, el cuerpo arqueado en la cruz. Mientras hablaba, su dedo trazaba círculos en mi piel, subiendo peligrosamente. Sentía mi corazón latiendo como tambor en el pecho, el aire cargado de sal y anticipación.

Quiero que me azotes como a él, pero con placer, no dolor
, pensé, mordiéndome el labio.

Acto seguido, Raúl me jaló a su regazo. Sus labios capturaron los míos, besos salados y urgentes, lenguas danzando como olas rompiendo en la orilla. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa ligera, exponiendo mis tetas al aire fresco. Qué ricas, mi amor, murmuró, lamiendo un pezón endurecido. El toque de su lengua era fuego líquido, un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna.

Nos movimos al cuarto, la cama king size nos esperando con sábanas blancas revueltas. Afuera, las olas rugían su eterna canción, mezclándose con mi respiración agitada. Raúl me quitó el short, sus dedos explorando mi humedad. —Estás empapada, Sofi. Por la pasión de Jesús, ¿verdad? —susurró, metiendo un dedo lento, curvándolo justo donde dolía de gusto.

—Sí... ay, cabrón, no pares —jadeé, arqueándome como en mi fantasía bíblica. El olor a mi excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, mezclado con su sudor masculino. Le bajé los shorts, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. Como la lanza que le clavaron, pensé perversamente, pero la chupé con devoción, lengua girando en la cabeza, saboreando el pre-semen salado.

Raúl gruñó, sus caderas empujando suave. Qué buena mamada, mi reina. Me vas a matar de placer. La referencia a la muerte me prendió más; lo empujé sobre la cama, montándolo como una amazona. Su verga entró en mí de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, paredes internas apretándolo como guante. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mi clítoris interno, el slap-slap de piel contra piel sincronizado con las olas.

El calor subía, sudor perlando nuestros cuerpos. Olía a sexo puro, a mar y a nosotros. Mis uñas arañaban su pecho, leves marcas rojas como las llagas de la pasión.

Esto es mi cruz, mi éxtasis
, pensé, mientras él me tomaba las caderas, guiando el ritmo más rápido. Gemidos llenaban la habitación: mis ahhh agudos, sus gruñidos graves. El clímax se acercaba como la muerte inevitable, tensión enredándose en mi vientre.

—Córrete conmigo, Sofi, déjate morir en mis brazos —jadeó Raúl, su voz ronca. Empujaba hondo, golpeando ese punto que me deshacía. El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de su pubis en mi clítoris hinchado, el sabor de su cuello salado en mi boca, el zumbido del ventilador y olas furiosas afuera. Explosé primero, un grito gutural escapando mientras mi panocha se contraía en espasmos, jugos chorreando por su verga. Él siguió, hinchándose dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando bajo el mío.

Colapsamos juntos, enredados, pulsos latiendo al unísono. El afterglow era paz profunda, como resurrección. Raúl me acariciaba el cabello húmedo, besos suaves en la sien. —Fue como la pasión y muerte, pero con final feliz, ¿no? —rió bajito.

Sonreí, piel pegajosa contra la suya, el aroma de nuestro amor impregnando todo.

La Biblia nunca se sintió tan viva
. Afuera, el sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo sangre, pero en mí solo quedaba vida, deseo renovado. Esta Semana Santa no sería de ayuno, sino de banquete carnal. Y Raúl, mi Cristo personal, ya planeaba la siguiente ronda.

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