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Pasión Prohibida Capítulo 54 El Susurro del Pecado

6594 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 54 El Susurro del Pecado

En el corazón de Polanco, donde las luces de neón besan las azoteas de los edificios elegantes, Ana sentía que su mundo se tambaleaba cada vez que lo veía. Luis, ese morenazo con ojos que ardían como el tequila reposado, era el hijo del socio rival de su familia. Neta, era una pasión prohibida, de esas que te queman por dentro y no te dejan ni dormir. Hacía meses que se cruzaban miradas en las fiestas de la alta sociedad mexicana, pero esta noche, en la terraza de un penthouse durante una gala benéfica, el aire se cargó de electricidad.

Ana se ajustó el vestido rojo ceñido que realzaba sus curvas, oliendo a jazmín y vainilla de su perfume importado. El bullicio de la ciudad subía como un ronroneo: cláxones lejanos, risas de juanes bien trajeados y el tintineo de copas de cristal. Su piel erizada notaba la brisa nocturna, pero era el roce accidental de la mano de Luis lo que la ponía a mil.

¿Por qué carajos me hace esto? Es un pendejo por mirarme así, pero yo soy peor por desearlo tanto, pensó Ana, mordiéndose el labio mientras fingía charlar con unas amigas.

Luis se acercó, su colonia amaderada invadiendo su espacio. "Ana, guapa, ¿bailamos? Tu esposo está ocupado con los negocios, ¿no?", murmuró con esa voz grave que le erizaba los vellos de la nuca. Ella asintió, el corazón latiéndole como tamborazo en una fiesta de pueblo. Sus cuerpos se pegaron en la pista improvisada, el calor de su pecho contra sus senos, el roce de sus muslos bajo la tela fina. Cada giro era una promesa silenciada, un secreto que olía a deseo crudo.

La tensión creció como la espuma de un chamoy en una michelada. Ana sentía su verga endureciéndose contra su vientre, y un jadeo se le escapó. "No podemos seguir así, Luis. Esto es pasión prohibida capítulo 54 de nuestra novela maldita", susurró ella, recordando cómo en privado llamaban así a sus encuentros clandestinos, como si fueran episodios de una telenovela caliente que solo ellos escribían.

Se escabulleron por las escaleras de servicio, riendo nerviosos como chavos en su primera cita. El elevador privado los llevó al lobby desierto, y de ahí a un taxi rumbo a un hotel boutique en Reforma. El chofer ni se inmutó, acostumbrado a parejas como ellos. Dentro del cuarto, iluminado por luces tenues y velas de aroma a sándalo, Ana lo empujó contra la puerta. "Te deseo desde que te vi, wey. Neta, me tienes loca", confesó, sus labios chocando con los de él en un beso hambriento.

Sus lenguas danzaban, saboreando el ron dulce que habían bebido arriba. Las manos de Luis recorrieron su espalda, bajando el zipper del vestido con dedos temblorosos de anticipación. La tela cayó como una cascada roja, revelando su lencería de encaje negro. Él gruñó, aspirando el olor almizclado de su piel, mezclado con el sudor ligero de la excitación. Ana le desabotonó la camisa, arañando suavemente su pecho moreno, cubierto de vello que le hacía sentir tan macho.

Esto es pecado puro, pero qué rico pecado, pensó ella mientras lo besaba por el cuello, lamiendo la sal de su piel. Luis la levantó en brazos, sus músculos tensos como cuerdas de guitarra, y la llevó a la cama king size. Las sábanas de algodón egipcio eran frescas contra su espalda ardiente. Él se arrodilló entre sus piernas, besando su ombligo, bajando despacio, torturándola con la barba incipiente que raspaba sus muslos internos.

"Déjame probarte, reina", ronroneó, separando sus labios con los dedos. Ana arqueó la espalda al sentir su lengua caliente y húmeda en su clítoris, lamiendo con maestría, succionando como si fuera el fruto más dulce de un mango maduro. El sonido de sus chupadas era obsceno, mezclado con sus gemidos ahogados. "¡Ay, Luis! ¡Más, cabrón, no pares!", suplicó ella, enredando los dedos en su pelo negro revuelto. El aroma de su excitación llenaba la habitación, terroso y dulce, mientras sus jugos lo empapaban.

La tensión subía como el volcán Popocatépetl en erupción. Ana sentía el pulso en su centro, latiendo furioso, cada lamida enviando chispas por su espina. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca, mientras su boca no cejaba.

No aguanto más, voy a explotar como piñata en quinceañera
, gritó en su mente, las caderas moviéndose solas contra su rostro barbudo.

Luis se incorporó, quitándose el pantalón con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. "Ven, métemela ya", exigió, guiándolo a su entrada húmeda. Él empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono, el sonido de carne contra carne empezando como un ritmo lento.

Se movieron en sincronía, él embistiendo profundo, ella clavando las uñas en su espalda. El slap-slap de sus cuerpos resonaba, sudor perlando sus pieles, oliendo a sexo puro. "¡Eres tan chingona, Ana! Tan apretadita para mí", gruñó él, acelerando, sus bolas golpeando su culo con cada estocada. Ella lo rodeó con las piernas, urgiéndolo más hondo, sintiendo cómo la llenaba por completo, rozando su cervix en oleadas de placer.

El clímax se acercaba como tormenta en el desierto sonorense. Ana lo miró a los ojos, esos pozos negros de lujuria. "¡Córrete conmigo, amor prohibido!", gritó, contrayendo sus paredes alrededor de él. Luis rugió, embistiendo salvaje, su semen caliente inundándola en chorros potentes mientras ella explotaba, estrellas detrás de sus párpados, el cuerpo convulsionando en éxtasis puro. Ondas de placer la recorrieron, jugos mezclándose, el olor almizclado intensificándose.

Se derrumbaron jadeantes, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con sus respiraciones agitadas. Luis besó su frente, trazando círculos perezosos en su vientre. "Esto fue el mejor capítulo hasta ahora, mi pasión prohibida", murmuró, riendo bajito.

Ana sonrió, el corazón lleno de una paz culpable. Neta, valió cada riesgo. Que vengan el 55 y todos los que sigan, pensó, acurrucándose contra su pecho. Afuera, la ciudad seguía su ritmo eterno, ajena a su secreto ardiente. En ese momento, nada importaba más que el latido compartido, el sabor salado en sus labios y la promesa de más noches como esta.

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