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Pasión Prohibida en la Wikipedia del Deseo

6652 palabras

Pasión Prohibida en la Wikipedia del Deseo

Estaba sola en el depa de Polanco, con el zumbido del aire acondicionado rompiendo el silencio de la noche. Carlos, mi marido, se había ido a un viaje de negocios a Guadalajara, dejándome con mis pensamientos y un calor que no era solo del verano chilango. Agarré la laptop, aburrida, y por puro desmadre tecleé "pasion prohibida wikipedia" en el buscador. La página se cargó con historias de amores imposibles, amantes que se devoraban en secreto, pasiones que ardían como chile en la boca. Leí sobre Romeos y Julietas modernos, cuñados que se miraban de reojo en las fiestas familiares, y sentí un cosquilleo entre las piernas. Neta, ¿por qué mi vida era tan pinche predecible?

Ahí estaba Diego, el mejor amigo de Carlos desde la uni. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hacía mojarme sin querer. Vivía en el depa de al lado, y cada vez que nos cruzábamos en el elevador, sus ojos se clavaban en mis chichis como si fueran el último taco al pastor del puesto.

¿Y si...?
pensé, mientras mis dedos bajaban solitos por mi panza hasta el encaje de mis calzones. La pantalla parpadeaba con relatos de deseo prohibido, y yo me imaginaba a Diego empujándome contra la pared del pasillo, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a colonia cara y sudor fresco.

Al día siguiente, bajé al gym del edificio con leggings ajustados que marcaban mi culo redondo. Diego ya estaba ahí, levantando pesas, su camisa pegada al torso sudado. Órale, qué mamado. Me vio en el espejo y se acercó, secándose la frente con una toalla.

"¿Qué onda, Ana? ¿Sola el finde?" dijo con esa voz grave que me erizaba la piel.

"Sí, Carlos anda en su rollo. Tú siempre tan fitness, wey", respondí coqueta, sintiendo el pulso acelerado.

Nos pusimos a platicar mientras hacíamos cardio. El sudor me corría por la espalda, y cada mirada suya era como una caricia. Le conté de mi búsqueda nocturna: "Pasión prohibida en Wikipedia, neta que me voló la cabeza esas historias". Él rio, bajito, y se acercó más. Su olor, ay Dios, mezcla de hombre activo y jabón, me mareaba. Nuestros brazos se rozaron accidentalmente, y sentí la electricidad subir por mi espinazo. Esa noche, en la regadera, me toqué pensando en él, el agua caliente cayendo como sus manos imaginarias sobre mi piel mojada.

Los días siguientes fueron un desmadre de tensión. Carlos seguía fuera, y Diego empezó a pasar más. Un café en mi cocina, olor a café de olla y pan dulce calentito. Hablábamos de todo: de la pinche tráfico de Insurgentes, de series en Netflix, pero siempre volvía el tema del deseo prohibido. "Es como nosotros, ¿no? Amigos de amigos, pero con chispas", murmuró una tarde, mientras pelábamos mangos en la barra. El jugo chorreaba pegajoso por mis dedos, y él los lamió sin pensarlo, sus labios rozando mi piel.

Me voy a venir aquí mismo
, pensé, el corazón latiéndome en la garganta.

La química era brutal. Cada roce era fuego: su mano en mi cintura al pasar, el calor de su muslo contra el mío en el sofá viendo una peli. Yo luchaba por dentro, es el cuate de tu marido, pendeja, pero el cuerpo no obedecía. Una noche, después de unas cheves frías en la terraza con vista a los luces de la Reforma, el aire olía a jazmín del jardín y a su loción. Estábamos sentados cerca, demasiado cerca. "Ana, desde que te vi hace años, me has vuelto loco", confesó, su voz ronca. Lo miré, los ojos brillando bajo la luna chilanga.

"Yo también, Diego. Pero es pasión prohibida, como en esa Wikipedia que leí. ¿Y si nos quemamos?"

Él no respondió con palabras. Se inclinó y me besó, suave al principio, labios carnosos probando los míos, sabor a cerveza y menta. Abrí la boca, nuestra lengua bailando, húmeda y caliente. Sus manos subieron por mi blusa, tocando mis tetas duras como piedras, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito. ¡Qué rico!

Lo jalé adentro, al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo. Caímos en la cama king size, sábanas frescas oliendo a lavanda. Diego me desnudó despacio, besando cada centímetro: el cuello salado de sudor, los hombros, bajando a mis chichis que chupó con hambre, succionando hasta que arqueé la espalda. Su lengua áspera, circling mis aureolas, me volvía loca. "Estás cañona, Ana", gruñó, mientras sus dedos exploraban mi panocha empapada, resbalosos de mis jugos. Metió dos, curvándolos, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis caderas moviéndose solas contra su mano.

Lo volteé, queriendo devorarlo. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La olí, almizcle puro de macho, y la lamí desde la base, lengua plana subiendo hasta la cabeza hinchada. Él jadeó, agarrándome el pelo. "Métetela, guapa". La tragué profunda, garganta relajada, saboreando su sal, sus bolas peludas rozando mi barbilla. Lo mame como nunca, rápida y profunda, hasta que tembló. Pero no lo dejé venir; lo monté, guiando su pija a mi entrada húmeda.

Deslicé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Pinche paraíso! Empecé a cabalgar, tetas rebotando, su mirada clavada en mí. El slap-slap de piel contra piel, sudor goteando, olor a sexo crudo llenando el aire. Él me agarró las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en mi ano para más placer. Aceleré, mi clítoris frotándose contra su pubis, oleadas de calor subiendo. "¡Córrete conmigo, Diego!", grité, y explotamos juntos. Su leche caliente inundándome, mis paredes contrayéndose, milking him, un orgasmo que me dejó temblando, visión borrosa, gusto a él en la boca.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos suaves. Olía a nosotros, mezcla de fluidos y piel saciada.

Esto fue lo mejor y lo peor
, pensé, pero el afterglow era puro éxtasis. "No me arrepiento, Ana. Vale la pena el riesgo", murmuró él, besándome la frente.

"Neta, es nuestra pasión prohibida, como en Wikipedia. Pero la repetimos, ¿va?" respondí, sonriendo pícara.

Carlos volvió al día siguiente, ajeno a todo. Diego y yo nos miramos en el elevador, una promesa secreta en los ojos. La vida siguió, pero ahora con fuego escondido, toques robados, noches de deseo cuando podíamos. Esa búsqueda en Wikipedia había despertado al animal en mí, y no había vuelta atrás. La pasión prohibida sabe más dulce cuando es nuestra.

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