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Saboreando la Fruta de la Pasion

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Saboreando la Fruta de la Pasion

El sol de mediodía caía a plomo sobre el Mercado de Coyoacán, pero el aire estaba cargado de aromas que me envolvían como un abrazo cálido: el dulzor de las piñas maduras, el picor de los chiles tostados y, sobre todo, ese perfume exótico que flotaba desde un puesto al fondo. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho años que huía del estrés de la oficina, me perdía entre los colores vibrantes de las frutas apiladas en pirámides perfectas. Mis sandalias resonaban suaves contra el piso empedrado, y el sudor perlaba mi escote bajo la blusa ligera de algodón.

Qué chido lugar para desconectarme, pensé, mientras mis ojos se posaban en un montón de frutos morados, rugosos por fuera, que prometían un jugo explosivo adentro. Fruta de la pasión. El nombre solo ya me erizaba la piel, como si susurrara promesas de placeres prohibidos.

—Órale, güerita, ¿ya probaste esta joya? —dijo una voz grave, con ese acento chilango juguetón que me hace derretir.

Levanté la vista y ahí estaba él: Javier, según el cartelito descolorido en su puesto. Alto, moreno, con una sonrisa que destellaba blanca contra su piel bronceada por el sol. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans desgastados que colgaban perfectos de sus caderas. Sus manos, grandes y callosas del trabajo, sostenían una fruta partida, revelando su interior anaranjado, lleno de semillas negras brillantes.

—No, wey, pero se ve riquísima —respondí, coqueta sin pensarlo, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Me tendió un pedazo. Nuestros dedos se rozaron, y una corriente eléctrica me recorrió el brazo. El jugo chorreó por mi mano al morderlo. Dios, el sabor: ácido dulce, cremoso, como un beso húmedo y salvaje. Gemí bajito sin querer, y él rio, con ojos que me devoraban.

—Te gusta, ¿verdad? La fruta de la pasión es así, despierta lo que traes guardado. ¿Quieres más?

Asentí, hipnotizada por su mirada oscura. Compré un kilo, pero él insistió en regalarme otra. Charlando, supe que era de aquí mismo, que su familia llevaba generaciones vendiendo frutas exóticas. Yo le conté de mi curro en publicidad, de cómo necesitaba un break de la ciudad loca. El tiempo voló entre risas y anécdotas, y el deseo crecía como una llama lenta, alimentada por sus roces casuales al pasarme las bolsas.

—Ven mañana temprano, te enseño el truco para pelarlas sin desperdiciar ni una gota —me dijo al despedirnos, su aliento cálido cerca de mi oreja.

Esa noche, en mi depa de la Roma, no pude dormir. El sabor de la fruta persistía en mi lengua, pero era su imagen la que me atormentaba. Me toqué pensando en él, imaginando esas manos en mi cuerpo.

¿Y si voy? Neta, ¿por qué no? Soy adulta, él también, y esa química... ay, cabrón.

Al día siguiente, regresé al mercado antes de que el sol apretara. Javier ya me esperaba, con una sonrisa pícara. Me llevó detrás del puesto, a un cuartito improvisado con mesas de madera y redes de frutas colgando del techo. El aire era denso, perfumado con maracuyá maduro y un leve sudor masculino que me mareaba.

—Mira, así se hace —susurró, partiéndola con un cuchillo afilado. El jugo salpicó su antebrazo, y sin pensarlo, lamí una gota que rodaba hacia su muñeca.

Sus ojos se oscurecieron. —Ana... ¿qué haces?

—Probando —dije, voz ronca, y lo besé. Sus labios sabían a fruta y a hombre, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Me apretó contra él, y sentí su dureza presionando mi vientre. ¡Qué chingón!

Las manos de Javier bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas bajo la falda corta. Gemí en su boca mientras él me subía a la mesa, rodeado de frutos que rodaban al suelo. El sonido de la tela rasgándose fue música: arrancó mis panties con un tirón juguetón.

—Estás mojada como esta fruta, preciosa —gruñó, metiendo dos dedos en mí, curvándolos justo ahí. Jadeé, arqueándome, el olor de mi excitación mezclándose con el dulzor afrutado.

Le desabroché la chamarra, arañando su pecho desnudo. Olía a sol, a tierra fértil, a deseo puro. Bajé la cremallera de sus jeans y liberé su verga, gruesa y palpitante, con una gota perlada en la punta. La envolví con la mano, masturbándolo lento mientras él me lamía el cuello, mordisqueando mi oreja.

No pares, pendejo, no pares, rogaba en silencio. Él leyó mi mente: se arrodilló, abriéndome las piernas. Su lengua trazó mi clítoris, chupando con maestría, intercalando dedos que me follaban profundo. El placer subía en oleadas, mis muslos temblando contra sus hombros. Grité su nombre cuando el primer orgasmo me partió en dos, jugos saliendo a chorros sobre su cara sonriente.

—Ahora tú —jadeé, bajando de la mesa. Lo empujé contra la pared, arrodillándome. Su verga entraba deliciosa en mi boca, salada y caliente, latiendo contra mi lengua. Lo chupé hondo, garganta relajada, mientras él enredaba dedos en mi pelo, gimiendo ¡órale, qué rico, Ana!

Pero quería más. Me puse de pie, giré y me incliné sobre la mesa, ofreciéndole mi culo. —Fóllame, Javier. Hazme tuya.

Él no se hizo rogar. La punta rozó mi entrada, untada en jugo de fruta que habíamos untado antes. Entró de un embiste, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, madre! El roce era perfecto, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas. Cada estocada mandaba chispas por mi espina, mis tetas rebotando contra la madera áspera.

Me volteó, levantándome en brazos como si no pesara nada. Mis piernas rodearon su cintura, y me penetró de nuevo, caminando hasta una colchoneta en el rincón. El sudor nos unía, resbaloso y caliente; su olor me volvía loca. Besos salvajes mientras él me taladraba, mi clítoris frotándose contra su pubis.

—Ven conmigo, preciosa —susurró, acelerando. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando, ordeñándolo con contracciones internas; él gruñendo, llenándome de calor líquido que chorreaba por mis muslos.

Caímos exhaustos, jadeando. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. El cuarto olía a sexo y a fruta de la pasión, esa que ahora sabía era mucho más que un fruto: era él, era nosotros.

Después, nos vestimos entre risas y besos suaves. Me dio una bolsa llena de frutas. —Para que recuerdes esto, y vuelvas por más.

Salí del mercado con piernas flojas, el cuerpo zumbando de placer residual. Neta, qué pedo tan chido. En el camino a casa, mordí una fruta, y su jugo me recordó su semen en mi lengua, su abrazo protector.

Semanas después, seguíamos viéndonos. Javier se volvió mi escape, mi pasión tangible. Cada bocado de esa fruta morada evocaba esa tarde: el calor de su piel, el ritmo de sus caderas, el éxtasis compartido. En México, la vida es así de jugosa, llena de sorpresas que te hacen vibrar hasta el alma.

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