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La Pasional Letra Que Enciende la Piel

6235 palabras

La Pasional Letra Que Enciende la Piel

Era una noche calurosa en la Condesa, de esas donde el aire huele a jazmín y a tacos de la esquina que se cuelan por la ventana entreabierta. Yo, Ana, acababa de llegar a mi depa después de un día eterno en la oficina, con el cuerpo pesado pero la mente inquieta. Sobre la mesa de la cocina, ahí estaba: un sobre color crema, sin remitente, pero con mi nombre escrito en una letra cursiva que reconocí al instante. La pasional letra de Javier.

Mi corazón dio un brinco, como si me hubieran inyectado adrenalina pura. Javier, ese wey que me había dejado con el alma hecha trizas hace dos años, pero con el cuerpo marcado por sus caricias. Abrí el sobre con dedos temblorosos, el papel crujió suave bajo mis uñas pintadas de rojo. Dentro, una hoja perfumada con su colonia favorita, esa que huele a madera y deseo prohibido.

Ana mía,
Cada noche te sueño, tu piel morena brillando bajo la luna de Polanco, tus gemidos ahogados en mi cuello. No aguanto más esta distancia. Ven a mí, déjame lamer cada curva de tu cuerpo hasta que grites mi nombre. Mañana, 10 pm, el bar El Vino Tinto. No falles, o me muero de ganas.
Tuyo, Javier.

Leí esas palabras una y otra vez, sintiendo un calor traicionero subir por mis muslos. Neta, ¿por qué ahora? pensé, mientras mi mano bajaba instintivamente a mi entrepierna, rozando la tela húmeda de mis panties. Su pasional letra me había prendido fuego, recordándome cómo sus dedos expertas me abrían como un secreto. Me tiré en el sofá, el cuero pegándose a mis piernas desnudas, y me masturbé despacio, imaginando su boca en mí, su lengua danzando. Pero no fue suficiente. Quería lo real.

Acto uno: la decisión. Me arreglé con esmero, un vestido negro ceñido que acentuaba mis chichis y mi culo redondo, tacones que resonaban como promesas en el pasillo. El taxi olía a limón y sudor ajeno, pero mi mente estaba en otra: en Javier, en su mirada oscura que siempre me desnudaba antes de tiempo.

El bar El Vino Tinto estaba atestado de parejas coqueteando bajo luces tenues, el jazz flotando como humo de cigarro. Lo vi de inmediato, sentado en la barra, con camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes. Nuestras miradas chocaron, y sentí un pulso en mi clítoris, como si ya estuviera dentro de mí.

—Ana, güey, estás más rica que nunca —dijo con esa voz ronca que me eriza la piel.

—Tu pasional letra me mató, Javier. No sabes las ganas que me diste.

Nos besamos ahí mismo, lento al principio, sus labios sabiendo a tequila y menta. Su mano en mi nuca, tirando suave de mi pelo, y yo presionándome contra él, sintiendo su verga dura contra mi vientre. El mundo se desvaneció: solo existía el roce de su barba incipiente en mi mejilla, el calor de su aliento en mi oreja.

Salimos tambaleantes, riendo como pendejos enamorados, hacia su auto. En el camino a su penthouse en Lomas, sus dedos jugaban con mi muslo, subiendo peligrosamente. Si me toca ahora, exploto, pensé, mordiéndome el labio hasta saborear sangre.

Acto dos: la escalada. Su depa era puro lujo, ventanales con vista a la ciudad iluminada, velas ya encendidas como si supiera que vendría. Me empujó contra la pared apenas cruzamos la puerta, sus besos ahora feroces, devorándome la boca mientras sus manos arrancaban mi vestido. Quedé en bra y tanga, expuesta, vulnerable, pero empoderada por su hambre.

—Te extrañé tanto, Ana. Tu coño, tus tetas, todo —gruñó, lamiendo mi cuello, bajando a mis pezones que se endurecieron al instante bajo su lengua áspera.

Caí de rodillas, ansiosa, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, oliendo a hombre puro. La tomé en mi boca, saboreando la sal de su pre-semen, chupando con hambre mientras él gemía, enredando sus dedos en mi pelo.

—Así, mami, trágatela toda.

Me levantó como si no pesara, llevándome a la cama king size, sábanas de seda fresca contra mi espalda ardiente. Se hundió entre mis piernas, su aliento caliente en mi monte de Venus. Lamía despacio, círculos en mi clítoris, metiendo dos dedos que curvaba justo ahí, en mi punto G. Grité, arqueándome, el sonido de mi humedad chorreando audible en la habitación. Olía a sexo, a nosotros, a jazmín mezclado con sudor.

Pero no era solo físico. En mi mente, flashbacks: nuestras noches en la playa de Cancún, su risa cuando me hacía venir una y otra vez. ¿Por qué lo dejé? Este cabrón me completa. Le rogué que me cogiera, y lo hizo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sus embestidas empezaron suaves, profundas, nuestros ojos clavados. Sentía cada vena pulsando dentro, su pubis rozando mi clítoris con cada choque.

—Más fuerte, pendejo, rómpeme —le supliqué, arañando su espalda, oliendo su sudor salado.

Aceleró, la cama crujiendo, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. Volteó posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis chichis rebotando, sus manos amasándolas. El clímax se acercaba, una ola gigante en mi vientre. Él se tensó debajo, gruñendo mi nombre, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, chorros de placer mojando las sábanas. Su semen caliente llenándome, marcándome de nuevo.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa y brillante. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse, su mano acariciando mi cabello húmedo. La ciudad brillaba afuera, indiferente a nuestro éxtasis.

—Esa pasional letra fue mi salvación —murmuré, besando su piel salada.

—Y tú eres mi vicio, Ana. No te suelto más.

Nos quedamos así, envueltos en silencio roto solo por nuestras respiraciones sincronizadas. El deseo no se apagó; se transformó en algo más profundo, una promesa de noches como esta. Mañana escribiría mi respuesta, con mi propia pasional letra, sellando este reencuentro. Por fin, el sueño me venció, con su calor envolviéndome como un amante eterno.

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