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La Pasion de Cristo Original

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La Pasion de Cristo Original

Las calles empedradas de Tepoztlán vibraban con el eco de las procesiones de Semana Santa. El aire cargado de incienso y el tañido grave de las campanas te envolvían como un manto pesado, mientras caminabas entre la multitud. Tú, Magdalena, con tu piel morena brillando bajo las luces tenues de las velas, sentías un calor que no venía solo de la noche primaveral. Tus ojos se posaron en él: Jesús, el hombre que cargaba la cruz en la representación de La Pasión de Cristo original, esa versión que el pueblo había revivido por generaciones, pero que esta vez te golpeaba diferente, como un llamado carnal disfrazado de devoción.

Sudor perlando su pecho desnudo bajo la túnica raída, sus músculos tensos se movían con cada paso, y cuando sus ojos oscuros te encontraron, fue como si el mundo se detuviera. Órale, qué hombre, pensaste, mientras un cosquilleo subía por tu espina dorsal. Él sonrió de lado, un guiño juguetón que prometía pecados deliciosos. Después de la procesión, lo viste en la plaza, quitándose el disfraz improvisado, con una cerveza en la mano. "Qué chido verte por aquí, chava", te dijo con esa voz ronca que olía a tequila y tierra mojada.

Charlaron bajo las luces de papel china, el aroma de elotes asados mezclándose con su colonia varonil. Hablaba de la obra, de cómo La Pasión de Cristo original no era solo sufrimiento, sino una entrega total, un fuego que quema y renace. "Imagínate si en vez de clavos, fueran caricias que duelen de placer", murmuró, y su mano rozó la tuya. El pulso se te aceleró, el corazón latiendo como tambores en tus oídos.

¿Y si me entrego yo? ¿Y si esta noche es mi pasión?
Consentiste con una mirada, y lo seguiste a su posada, un rincón acogedor con paredes de adobe y una cama amplia cubierta de sábanas blancas como sudarios.

En la habitación, la luz de una vela parpadeaba, proyectando sombras danzantes en su piel olivácea. Te acercó despacio, sus dedos callosos trazando la curva de tu cuello, enviando chispas eléctricas por tu cuerpo. "Estás bien rica, Magdalena", susurró, su aliento cálido contra tu oreja, oliendo a menta y deseo. Tú respondiste besándolo, tus labios suaves chocando con los suyos firmes, lenguas explorando con hambre contenida. El sabor salado de su sudor te inundó la boca, mientras tus manos bajaban por su espalda, sintiendo los músculos duros como la madera de la cruz que había cargado.

Se quitó la camisa con un movimiento fluido, revelando el pecho ancho marcado por el esfuerzo de la noche. Tus uñas rozaron sus pezones oscuros, endureciéndolos al instante, y él gimió bajito, un sonido gutural que te humedeció entre las piernas. No mames, esto es mejor que cualquier sermón, pensaste, mientras él desabrochaba tu blusa, liberando tus senos plenos. Sus labios bajaron, chupando un pezón con succión suave, la lengua girando en círculos que te hicieron arquear la espalda. El placer era un latigazo dulce, como azotes de pasión en vez de castigo.

Caísteis en la cama, el colchón crujiendo bajo vuestros pesos. Sus manos expertas bajaron tu falda, dedos hurgando bajo la tela de tus panties, encontrando tu concha ya empapada. "Mira nomás cómo estás de mojada, carnala", rio él, metiendo un dedo despacio, curvándolo para rozar ese punto que te hace ver estrellas. Tú jadeaste, el sonido de tu respiración entrecortada llenando la habitación, mezclada con el chapoteo húmedo de sus movimientos. Olía a sexo incipiente, a tu aroma almizclado unido al suyo terroso. Le quitaste los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante en tu palma. La piel suave sobre el acero duro te fascinó; la lamiste desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum, mientras él gruñía "¡Ay, wey, qué chingona!"

La tensión crecía como una tormenta, vuestros cuerpos enredados en un baile lento. Él te volteó boca abajo, besando tu nuca, lamiendo la sal de tu piel, mientras sus dedos abrían tus nalgas, explorando con ternura. "Dime si quieres parar, mi reina", murmuró, y tú negaste con la cabeza, empujando contra él. Era todo consentimiento, puro fuego mutuo. Se posicionó detrás, la cabeza de su verga rozando tu entrada, untándose en tus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente, llenándote hasta el fondo. El roce era abrasador, cada vena pulsando contra tus paredes sensibles, y gritaste de placer, el sonido amortiguado por la almohada.

Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el slap-slap de piel contra piel resonando como palmas en la procesión. Tus caderas se alzaban a su encuentro, clavándote más en él, mientras una mano suya bajaba a frotar tu clítoris hinchado, círculos rápidos que te llevaban al borde.

Esto es la pasión de Cristo original, pero en carne viva, en éxtasis puro
, pensaste en medio del delirio, el sudor goteando de su frente a tu espalda, mezclándose en ríos calientes. Él aceleró, gruñendo palabras sucias y tiernas: "Te cojo como si fueras mi salvación, Magdalena, ¡qué rica panocha tienes!" Tú respondías con gemidos, "Más fuerte, Jesús, dame todo", el placer acumulándose como una ola imparable.

El clímax te golpeó primero, un estallido desde tu centro que se expandió en temblores violentos, contrayendo tu concha alrededor de su verga, ordeñándolo. Gritaste su nombre, el mundo disolviéndose en blanco, pulsos retumbando en tus oídos, el sabor de tus propios labios mordidos. Él te siguió segundos después, embistiendo una última vez profunda, derramándose dentro de ti con un rugido animal, chorros calientes inundándote, su cuerpo colapsando sobre el tuyo en temblores compartidos. Permanecisteis así, jadeantes, el olor a semen y sudor impregnando el aire, pieles pegajosas unidas en el afterglow.

Después, recostados bajo la sábana revuelta, él te acariciaba el cabello, besando tu frente. "Fue como revivir La Pasión de Cristo original, pero con finales felices", bromeó, y tú reíste, el pecho subiendo y bajando contra el suyo. El corazón se te serenaba, pero un residuo de fuego ardía bajo la piel, prometiendo más noches de entrega. Afuera, las campanas repicaban el amanecer, pero en esa cama, habíais escrito vuestra propia redención, carnal y eterna. El deseo no se había extinguido; solo esperaba la siguiente procesión para renacer.

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