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Diario de una Pasion Como Termina

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Diario de una Pasion Como Termina

Este diario de una pasion como termina lo empecé hace un mes, cuando Javier cruzó mi camino como un huracán de testosterona y sonrisas pendejas. Vivo en Polanco, en un depa chido con vista al skyline de la CDMX, y él es mi vecino del piso de arriba. Alto, moreno, con esa barba recortada que me hace imaginarla raspando mi piel. Neta, desde el primer día que lo vi cargando cajas al mudarse, supe que algo iba a pasar. Su camisa pegada al sudor, marcando cada músculo del pecho, y yo ahí, fingiendo regar mis plantas en el balcón.

El aire olía a lluvia fresca esa tarde, y el sonido de la ciudad abajo era como un rugido lejano. Me acerqué con una sonrisa coqueta: "¿Necesitas una mano, guapo?" le dije, y él volteó con ojos que brillaban como luces de neón. "Claro, preciosa, pero solo si prometes no romper nada con esas curvas tuyas", respondió, guiñándome el ojo. Pendejo encantador. Ahí empezó todo. Ayudé a subir unas cajas, rozando mi brazo contra el suyo, sintiendo el calor que desprendía su piel como si fuera un horno encendido. Mi corazón latía fuerte, tan tan tan, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera.

Hoy conocí a mi perdición. Javier. Su voz grave me eriza la piel. ¿Cuánto aguantaré antes de caer?

Acto primero: la tensión. Pasaron días de saludos en el elevador, miradas que duraban un segundo de más, roces accidentales que no lo eran. Una noche, toqué su puerta con una botella de tequila reposado que "casualmente" tenía extra. "Para celebrar tu llegada, wey", le dije. Entré a su depa, minimalista pero con olor a su colonia, madera y hombre. Nos sentamos en el sofá, shots van entrando, risas que se vuelven susurros. Su mano en mi rodilla, subiendo despacio, y yo sintiendo el pulso en mi clítoris como un tamborazo de cumbia.

Lo besé primero. Sus labios gruesos, su lengua explorando mi boca con hambre, saboreando el tequila y mi saliva dulce. "Netas, no sabes las ganas que tenía de esto", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Olía a sudor limpio y deseo. Mis manos bajaron a su entrepierna, sintiendo la verga dura como piedra bajo los jeans. La apreté, y él gimió, un sonido ronco que me mojó la panocha al instante. Pero paramos ahí esa noche. Solo besos, caricias sobre la ropa, promesas de más. Me fui a mi cama, masturbándome furiosa, imaginando cómo sería él dentro de mí.

Los días siguientes fueron puro fuego lento. Mensajes calientes: "Pienso en tus chichis todo el día". Encuentros en el gym del edificio, donde sudábamos juntos en la elíptica, yo viéndolo por el espejo, su culo perfecto en shorts ajustados. Una vez, en los vestidores, me acorraló contra la pared. "No aguanto más, mami". Me bajó los leggings, lamió mi concha empapada, su lengua danzando en mi clítoris hinchado. Sabía a sal y miel, gemí tapándome la boca para no alertar a nadie. Él chupaba como experto, dedos adentro curvándose en mi punto G, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó temblando, piernas de gelatina. Le devolví el favor de rodillas, tragando su verga gruesa, venosa, hasta la garganta. Su semen caliente me llenó la boca, salado y espeso. Pero aún no follábamos. La espera nos volvía locos.

Esta pasion me consume. Cada roce es electricidad. ¿Cómo termina esto? No quiero saber, solo sentir.

El medio acto: escalada brutal. Una viernes por la noche, después de unas chelas en un rooftop bar de Reforma, volvimos tambaleándonos. El viento fresco lamía mi piel expuesta en el vestido corto, y Javier me cargaba como a una novia, besándome el cuello. Entramos a mi depa, puertas cerrándose con un clac definitivo. Lo empujé al colchón king size, me quité la ropa despacio, dejándolo ver mis tetas firmes, pezones duros como balas, mi panocha rasurada brillando de jugos.

"Ven, cabrón, fóllame ya", le ordené, montándome en él. Su verga entró de un jalón, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. El sonido de piel contra piel, plaf plaf plaf, mezclándose con nuestros gemidos. Sudor resbalando por su pecho tatuado, yo lamiéndolo, salado y adictivo. Él me agarraba las nalgas, clavando dedos, marcándome. Cambiamos posiciones: él encima, embistiéndome duro, su aliento caliente en mi oreja: "Eres tan rica, tan apretada, mi puta deliciosa". Yo arañaba su espalda, sintiendo cada vena pulsando dentro, mi clítoris frotándose contra su pubis. El olor a sexo impregnaba el cuarto, almizcle y fluidos.

Pero no era solo físico. Entre folladas, hablábamos. Él de su chamba en marketing, yo de mis diseños gráficos. Risas, confesiones. "Esto es más que cogidas, ¿verdad?", me dijo una madrugada, mientras fumábamos un cigarro post-orgasmo, cuerpos enredados. Yo asentí, corazón apretado. La pasión crecía, pero con ella el miedo. ¿Y si se acababa? ¿Y si él quería más, compromiso, o nada?

Internamente luchaba. Es solo placer, no te enganches, pendeja. Pero cada vez que me penetraba, sentía algo profundo, almas conectándose en el vaivén. Una noche, en la ducha, agua caliente cayendo como lluvia tropical, él me tomó por detrás. Jabón resbaloso en mis tetas, su verga deslizándose entre mis cachetes antes de entrar. Gemí alto, vapor empañando espejos, su mano en mi garganta suave, posesiva. " Te quiero toda para mí", gruñó. Orgasme tras orgasmo, olas que me ahogaban en placer.

La intensidad me asusta. Su cuerpo en el mío es hogar. Pero toda pasion tiene fin. ¿Cómo termina la mía?

El final acto: la culminación. Una semana después, en su depa, preparamos tacos al pastor con su taquero particular –humo de carbón, piña caramelizada, ese olor que grita México–. Comimos en la terraza, luces de la ciudad titilando como estrellas caídas. Vino tinto fluyendo, manos entrelazadas. "Hablemos en serio", dijo él. Mi estómago se revolvió. ¿Terminaba aquí?

Pero no. Me llevó a la cama, desnudándonos con reverencia. Esta vez lento, sensual. Besos en cada centímetro: pies, muslos, el interior de mis rodillas que me hace cosquillas. Lamió mi ano, juguetón, mientras dedos follaban mi concha. Yo lo volteé, mamando sus huevos, lengua en la verga hasta que suplicó. Nos unimos en 69, saboreándonos mutuo, gemidos vibrando en gargantas. Luego, él adentro, misionero profundo, ojos clavados. Sentía cada pulso, su corazón contra el mío, sudor mezclándose, alientos sincronizados.

La tensión explotó. "Vente conmigo, amor", jadeó. Mi orgasmo fue total, concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él se derramó dentro, chorros calientes inundándome, semen goteando. Colapsamos, risas exhaustas, caricias perezosas. En afterglow, pieles pegajosas, el cuarto oliendo a nosotros, sexo crudo y amor naciente.

"Esto no termina, mi reina. Es el comienzo", murmuró, besando mi frente. Y supe que tenía razón. Este diario de una pasion como termina no es un fin, sino un capítulo. La pasión no muere; evoluciona, se enciende eterna en noches mexicanas de fuego y ternura.

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