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Pasión de Gavilanes Desatada

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Pasión de Gavilanes Desatada

El sol del mediodía caía a plomo sobre la Hacienda Pasión de Gavilanes, tiñendo de oro los campos de agave y las buganvillas que trepaban por las paredes de adobe. Yo, Ana, acababa de llegar de la ciudad, huyendo del ruido y las rutinas que me ahogaban. Mi tía me había invitado a pasar unas semanas aquí, en este rincón de Jalisco donde el aire huele a tierra mojada y a promesas de libertad. No imaginaba que la verdadera pasión de gavilanes me esperaba entre los peones y el viento caliente.

Desde la veranda, lo vi por primera vez. Juan, el capataz, montaba a caballo como si fuera parte de él, su camisa blanca pegada al torso sudado por el sol. Sus ojos negros, fieros como los de un gavilán cazador, se cruzaron con los míos. Sentí un cosquilleo en la piel, un calor que subía desde el estómago.

¿Qué carajos me pasa con este güey?
pensé, mientras mordía mi labio y fingía arreglarme el pelo.

¡Qué onda, morra citadina! —gritó él, desmontando con gracia felina. Su voz ronca, con ese acento ranchero que vibra en el pecho, me erizó la nuca—. ¿Vienes a ver cómo se vive de verdad o nomás a posar?

Reí, sintiendo el pulso acelerarse. —Posar no, carnal. Vengo a sentir el pulso de la tierra.

Nos dimos la mano, y su palma callosa rozó la mía como una chispa. Olía a cuero, sudor limpio y un toque de tabaco. Esa noche, en la cena familiar, no pude dejar de mirarlo. Sus antebrazos fuertes cortando el mole, la forma en que su risa retumbaba como trueno lejano. La tensión crecía, invisible pero palpable, como el zumbido de las cigarras al atardecer.

Al día siguiente, me invitó a cabalgar por los potreros. El caballo se movía bajo mí, rítmico, y Juan cabalgaba a mi lado, su cuerpo tan cerca que sentía el calor de su piel. —Esta hacienda se llama Pasión de Gavilanes por los pájaros que revolotean libres, sin cadenas, —me explicó, su mirada fija en mis labios—. Pero también por la pasión que despierta en quien la pisa.

Desmontamos cerca de un arroyo, donde el agua cristalina cantaba sobre las piedras. Me quité las botas, sumergí los pies, y él se sentó a mi lado. Nuestros hombros se rozaron.

¡Ay, Dios! Su piel quema como chile fresco.
El silencio se llenó de miradas, de sonrisas cargadas. Su mano grande cubrió la mía, y no la retiré.

Ana, desde que te vi, siento que me picó un alacrán en la sangre, —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

Me volteé, nuestros rostros a centímetros. —Entonces déjame ser tu remedio, Juan.

Nos besamos allí, bajo el sauce, con el rumor del agua como testigo. Sus labios firmes, ásperos por el sol, sabían a café negro y deseo puro. Sus manos en mi cintura me apretaron, y gemí bajito contra su boca. El beso se profundizó, lenguas danzando como gavilanes en vuelo, hambrientos.

Pero nos detuvimos, jadeantes. —No aquí, mi reina. Vamos a mi cuarto en la caballeriza. Ahí nadie nos jode.

Regresamos a la hacienda al galope, el corazón latiéndome en la garganta. La noche caía como manta negra salpicada de estrellas. Entramos a su habitación, un espacio rústico con cama de madera, sábanas oliendo a lavanda silvestre y su esencia masculina. Cerró la puerta, y el mundo se redujo a nosotros.

Me desvistió despacio, sus dedos temblando de anticipación. —Eres preciosa, Ana. Como flor de cempasúchil en fiesta. Su voz era un ronroneo. Besó mi cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por mi clavícula. Sentí sus dientes rozando suave, enviando ondas de placer hasta mi centro.

Yo le arranqué la camisa, revelando su pecho ancho, velludo, marcado por el trabajo duro. Mis uñas trazaron sus músculos, oliendo su piel tostada, ese aroma terroso que me volvía loca.

¡Qué chingón está este pendejo! Me tiene empapada ya.

Cayó de rodillas, besando mi vientre, bajando hasta mis muslos. Sus manos separaron mis piernas, y su lengua encontró mi intimidad. ¡Ay, cabrón! Gemí fuerte cuando lamió mi clítoris, suave al principio, luego voraz. El sabor de mi excitación lo enloquecía, lo oía gruñir contra mí. Mis caderas se movían solas, empujando contra su boca caliente, húmeda. El cuarto se llenó de mis jadeos y el sonido chupante de su lengua devorándome.

¡Juan, no pares! ¡Me vas a matar de gusto! —supliqué, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.

Me levantó como pluma, tirándome a la cama. Se quitó los pantalones, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La miré con hambre, lamiéndome los labios. —Ven, déjame probarte, —le dije, incorporándome.

La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su dureza de hierro vivo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada, muscular. Él gimió, ¡Órale, morra, qué boca!, echando la cabeza atrás. La chupé profundo, mi lengua girando, mis manos masajeando sus bolas pesadas. Su pulso latía en mi garganta, y el olor de su excitación me mareaba.

No aguantó más. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave mis nalgas. —¿Lista para la pasión de gavilanes, mi amor?

¡Sí, métemela ya, güey! Te necesito dentro.

Se colocó detrás, frotando su verga contra mi entrada empapada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué rica sensación! Llenándome por completo, su grosor pulsando contra mis paredes. Empezó a moverse, lento al inicio, cada embestida un choque de cuerpos sudorosos. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, llenaba el aire. Sus manos en mis caderas, guiándome, fuerte pero tierno.

Aceleró, clavándome profundo, su vientre golpeando mis nalgas. Yo arqueaba la espalda, empujando contra él, mis tetas rebotando.

¡Esto es el paraíso! Su verga me parte en dos de placer.
Sudábamos juntos, el olor almizclado de sexo envolviéndonos. Me volteó de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos. Sus pupilas dilatadas, fieras.

Eres mía, Ana. Esta pasión no para.

Y tú mío, Juan. ¡Cógeme más fuerte!

Sus embestidas se volvieron salvajes, como gavilanes en picada. Mi clítoris rozaba su pubis, enviando chispas. El orgasmo creció, una ola rugiente. Grité su nombre cuando exploté, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, hundiéndose una última vez, llenándome con su leche caliente, espesa, que sentí chorrear dentro.

Colapsamos, entrelazados, respiraciones entrecortadas. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besó mi frente, mis labios hinchados. —Qué chido fue eso, mi vida. Como si los gavilanes nos bendijeran.

Nos quedamos así, piel contra piel, escuchando el latido de nuestros corazones sincronizados. El aire olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas. Afuera, el viento susurraba secretos en los campos de la hacienda.

Al amanecer, desperté con su brazo alrededor de mi cintura. Lo miré dormir, su rostro relajado, y supe que esta pasión de gavilanes apenas empezaba. No era solo carne; era fuego en las venas, un lazo que nos unía más allá de la noche. Me acurruqué contra él, lista para más días de entrega total, en esta tierra que nos vio nacer al deseo.

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