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Pa Que Son Pasiones

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Pa Que Son Pasiones

La noche en la Condesa estaba viva como siempre, con ese bullicio de risas, chelas chocando y el olor a tacos al pastor flotando en el aire. Yo, Ana, acababa de salir de una semana de puro estrés en la chamba, y mis cuates me habían arrastrado a este bar chido pa' desconectarme. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir pinche sexy, con el escote justo pa' que los ojos se fueran de paseo. Estaba en la barra, pidiendo un michelada bien fría, cuando lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa de pendejo que te derrite, camisa entreabierta dejando ver un pecho tatuado con un águila. Se llamaba Marco, lo supe porque uno de mis cuates lo saludó como carnal.

¿Qué onda, güey? ¿Ya te ligaste a la morra? —le dijo mi amigo, y Marco se rio, negando con la cabeza mientras me miraba directo a los ojos. Sus ojos cafés, intensos, como si ya supiera lo que me pasaba por la mente. Me acerqué, sintiendo el calor subiendo por mis piernas, el pulso acelerado contra el vidrio helado de la chela.

Pa' qué negarlo, güey —le contesté yo, juguetona—. Si las miradas matan, ya estoy muerta.

Charlamos un rato, de la ciudad que no duerme, de cómo el DF te come viva si no sabes disfrutarlo. Bailamos salsa en la pista improvisada, su mano en mi cintura, fuerte pero suave, el sudor de su cuello mezclándose con su colonia amaderada que me mareaba. Cada roce era eléctrico, como chispas en la piel. Sentía mi chucha húmeda ya, latiendo con el ritmo de la música. Pa' qué son pasiones, pensé, si no es pa' dejarse llevar.

Salimos de ahí casi a las dos, el aire fresco de la noche golpeándonos la cara, pero el calor entre nosotros ardía más. Caminamos hasta su depa en una colonia cercana, riéndonos de tonterías, pero con esa tensión que se palpa en el aire. Su mano rozaba la mía, accidentalmente, hasta que la tomó y me jaló hacia él en un callejón oscuro. Me besó ahí mismo, hambriento, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí bajito, mis manos en su pelo revuelto, tirando suave pa' que no parara.

¿Por qué resisto? Pa' qué son pasiones si no pa' quemarse vivas.

Llegamos a su depa, un lugar sencillo pero con buen gusto: plantas en las ventanas, posters de rock mexicano en las paredes, el olor a café viejo y algo de incienso. Cerró la puerta y me acorraló contra ella, besándome el cuello mientras sus manos subían por mis muslos, levantando el vestido. Sentí sus dedos ásperos, de quien trabaja con las manos, rozando mi tanga empapada. Pinche cabrón, pensé, me tiene de la mamila.

Te quiero desde que te vi, Ana —murmuró contra mi piel, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos—. Eres fuego puro.

Lo empujé al sofá, queriendo tomar el control. Me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mí a través del pantalón. La froté despacio, circular, oyendo sus jadeos roncos que me ponían más caliente. Le desabotoné la camisa, lamiendo sus pezones tatuados, salados por el sudor. Él gimió, agarrándome las nalgas con fuerza, amasándolas como masa de tamal. Bajé la cremallera, saqué su verga gruesa, venosa, palpitante. La olí primero, ese olor masculino, almizclado que me volvía loca. La lamí de abajo arriba, saboreando la gota salada en la punta, mientras él me veía con ojos vidriosos.

Mámamela, chula —suplicó, y yo lo hice, chupando profundo, mi lengua jugando en la cabeza, mis manos apretando sus bolas pesadas. Él se retorcía, gimiendo mi nombre, el sonido de su placer retumbando en mi cabeza como tambores.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me levanté, me quité el vestido despacio, quedando en tanga y bra. Sus ojos se devoraban mi cuerpo, mis tetas firmes, mis caderas anchas. Me jaló hacia él, quitándome la tanga con los dientes, su nariz rozando mi chucha depilada, oliendo mi excitación dulce y pegajosa. Me lamió ahí, lento al principio, su lengua plana lamiendo el clítoris hinchado. Gemí fuerte, mis piernas temblando, agarrando su cabeza pa' que no parara. ¡Qué chingón! El placer subía en olas, mi jugo corriéndole por la barbilla.

Lo monté entonces, guiando su verga a mi entrada húmeda. Entró de una, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Me moví despacio al inicio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, el choque de su pubis contra mi clítoris. Él me ayudaba, embistiéndome desde abajo, sus manos en mis tetas, pellizcando los pezones duros. El sudor nos unía, resbaloso, el sonido de carne contra carne, chapoteante, llenando la habitación. Aceleré, cabalgándolo como yegua salvaje, mis gemidos convirtiéndose en gritos.

¡Más fuerte, Marco! ¡Cógeme duro! —le pedí, y él volteó las posiciones, poniéndome a cuatro en el sofá. Me penetró por atrás, profundo, su vientre chocando mis nalgas, el azote de su piel contra la mía ecoando. Sentía sus bolas golpeándome el clítoris, su mano bajando pa' frotarlo. El orgasmo me vino como tsunami, mi chucha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer saliendo de mí. Él gruñó, embistiendo unas veces más, y se corrió dentro, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar.

Caímos exhaustos, jadeando, su cuerpo pesado sobre el mío. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, semen, mi esencia mezclada. Me besó suave ahora, tierno, mientras su verga se ablandaba dentro de mí.

Pinche mujer, me volaste la cabeza —dijo riendo bajito.

Nos quedamos así un rato, platicando en susurros, de sueños locos, de cómo la vida en la ciudad te obliga a buscar estos momentos. Me levantó en brazos hasta la cama, donde nos enredamos de nuevo, pero esta vez lento, explorándonos con caricias. Sus dedos en mi espalda, trazando círculos, mi boca en su cuello, mordisqueando suave. Hicimos el amor otra vez, de lado, mirándonos a los ojos, sintiendo cada pulso compartido. El segundo clímax fue más profundo, emocional, como si nos conociéramos de siempre.

Pa' qué son pasiones, si no pa' esto: conexión pura, cuerpos y almas en llamas.

Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, nos despertamos enredados en las sábanas revueltas. Tomamos café en la cocina, desnudos, riéndonos de la noche. No fue solo sexo; fue liberación, empoderamiento en cada toque consentido, cada gemido compartido. Salí de ahí con las piernas flojas, pero el corazón lleno, sabiendo que volvería. Porque pa' qué son pasiones, si no pa' vivirlas a todo lo que dan.

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