Pasión Capítulo 49 Fuego en la Carne
El calor de la noche mexicana se colaba por las ventanas abiertas del penthouse en Polanco, trayendo consigo el aroma dulce de las jacarandas y el lejano bullicio de la ciudad que nunca duerme. Ana se recargaba en el balcón, con un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo. Su piel morena brillaba bajo la luz de la luna, y el corazón le latía con fuerza, neta que esta espera me está matando, pensó mientras sorbía un sorbo de tequila reposado. Hacía semanas que no veía a Luis, ese vato alto y musculoso que la volvía loca con solo una mirada. Él andaba de viaje de negocios en Cancún, pero esta noche volvía, y ella ya sentía el cosquilleo entre las piernas, ese fuego que solo él sabía avivar.
Recordaba la última vez, en esa playa de la Riviera Maya, cuando el sol se ponía y sus cuerpos se enredaron en la arena tibia. El sabor salado de su sudor en la boca, el roce áspero de su barba contra sus pechos, los gemidos ahogados por el romper de las olas. Ay, cabrón, murmuró para sí, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo la tela fina. Esta era Pasión Capítulo 49 de su historia, como si fueran los protagonistas de una telenovela bien caliente, pero real, carnal, sin guion ni cortes comerciales.
El sonido de la llave en la cerradura la sacó de su ensimismamiento. Ahí estaba él, con la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, oliendo a mar y a colonia cara. Sus ojos oscuros la devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios carnosos.
—Nena, qué rica te ves —dijo con esa voz grave que le erizaba la piel—. Te extrañé tanto que casi me regreso en el avión.
Ana se acercó, contoneando las caderas, y lo abrazó fuerte, presionando su cuerpo contra el de él. Sintió su verga ya dura contra su vientre, y un jadeo se le escapó. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia, saboreando el tequila en su boca y el leve toque de menta en la de él. Las manos de Luis bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes, y ella metió las uñas en su nuca, tirando de su cabello.
—Entra ya, pendejo —susurró ella contra su boca—. No aguanto más.
Se adentraron en la sala, dejando un rastro de ropa por el camino. El vestido de Ana cayó al suelo con un susurro sedoso, revelando sus tetas redondas y perfectas, coronadas por pezones oscuros y tiesos. Luis se quitó la camisa, mostrando ese torso esculpido por horas en el gym, con vellos oscuros que bajaban hasta su abdomen marcado. El aire se llenó del olor almizclado de su excitación, mezclado con el perfume floral que ella usaba.
La llevó al sofá de piel blanca, tumbándola con gentileza pero firmeza. Se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, subiendo despacio, torturándola. Ana arqueó la espalda, el tacto de su lengua caliente contra la piel sensible la hacía temblar. Qué chingón es este wey, pensó, mientras sus dedos se enredaban en el cabello de él.
—Sí, ahí, mi rey —gimió cuando su boca llegó a su panocha depilada, húmeda y palpitante. La lengua de Luis lamió su clítoris con maestría, chupando suave al principio, luego más fuerte, introduciendo un dedo grueso que la llenaba justo como ella necesitaba. El sonido húmedo de su succionar se mezclaba con sus jadeos roncos, y el sabor salado de sus jugos lo volvía loco. Ana se retorcía, las caderas moviéndose al ritmo de su boca, el placer subiendo como una ola imparable.
Pero él se detuvo, alzando la vista con ojos brillantes de deseo.
—Aún no, corazón. Quiero saborearte toda la noche.
La levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó a la recámara, donde la cama king size los esperaba con sábanas de satén negro. La acostó boca abajo, besando su espalda, lamiendo el hueco de su cintura, mordisqueando sus nalgas redondas. Ana enterró la cara en la almohada, inhalando el aroma limpio de la tela, mientras sus manos exploraban su propia piel, impacientes. El roce de los dedos de Luis en su ano la sorprendió, un toque juguetón que la hizo gemir más fuerte.
—Estás cañón, Ana —gruñó él, volteándola y posicionándose encima. Su verga erecta, gruesa y venosa, rozaba su entrada, untándose con sus fluidos. Ella la tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre la dureza de acero. La masturbó despacio, viendo cómo él cerraba los ojos y soltaba un ¡chingao! gutural.
Internalmente, Ana luchaba con el torbellino de emociones.
Esto no es solo sexo, es nuestra conexión, nuestro vicio mutuo. Lo amo tanto que duele, pero qué rico duele.Recordaba las veces que habían discutido por celos tontos, pero siempre volvían a esto, a la pasión que los unía como imanes.
Luis empujó despacio, llenándola centímetro a centímetro. El estiramiento delicioso la hizo gritar de placer, sus paredes internas apretándolo como un guante caliente y húmedo. Empezaron un ritmo lento, mirándose a los ojos, sus respiraciones sincronizadas. El sonido de piel contra piel resonaba en la habitación, slap-slap rítmico, acompañado de gemidos y susurros sucios.
—Más duro, cabrón, dame todo —rogó ella, clavando las uñas en su espalda ancha.
Él aceleró, embistiéndola con fuerza, sus bolas golpeando su culo. Cambiaron de posición: Ana encima, cabalgándolo como una amazona, sus tetas rebotando con cada salto. Agarró sus manos, poniéndolas en sus pechos, mientras giraba las caderas, frotando su clítoris contra su pubis. El sudor les chorreaba por la piel, goteando entre sus cuerpos unidos, el olor a sexo crudo impregnando el aire.
La tensión crecía, un nudo apretado en el bajo vientre de ambos. Luis se sentó, abrazándola, besando su cuello mientras ella rebotaba más rápido. Sus lenguas se enredaron de nuevo, saboreando el sudor salado del otro. Ana sentía el orgasmo acercándose, un temblor que empezaba en los pies y subía como lava.
—Voy a venirme, Luis, no pares —jadeó.
Él la volteó a cuatro patas, penetrándola profundo desde atrás, una mano en su clítoris, la otra jalando su cabello. El placer explotó en ella como fuegos artificiales, un grito largo y animal saliendo de su garganta mientras su panocha se contraía en espasmos, ordeñando su verga. El calor líquido de su corrida la llenó segundos después, Luis gruñendo como un león, sus embestidas finales sacudiéndolos a ambos.
Colapsaron juntos, exhaustos y satisfechos, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos. El pecho de él subía y bajaba contra su espalda, su aliento caliente en su oreja.
—Eres lo mejor que me ha pasado, nena —murmuró, besando su hombro.
Ana sonrió en la penumbra, sintiendo el semen escurrir entre sus piernas, un recordatorio tangible de su unión. Pasión Capítulo 49, pensó, el mejor hasta ahora. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en esa cama, el mundo era solo ellos dos, en un afterglow que prometía más capítulos ardientes.
Se acurrucaron, sus dedos trazando patrones perezosos en la piel del otro, el corazón latiendo al unísono. Mañana habría café, risas y planes, pero esta noche era pura entrega, el fuego eterno de su pasión mexicana.