Pasión de Gavilanes Capítulo 111 Fuego en la Carne
La noche caía suave sobre la casa en las afueras de Guadalajara, con ese calor pegajoso que invita a quitarse la ropa. Yo, Ana, estaba recargada en el sofá de la sala, con las piernas cruzadas y un vaso de tequila reposado en la mano. El aire olía a jazmín del jardín y a la piel sudada de Diego, mi carnal, mi todo, que se había acomodado a mi lado con esa sonrisa pícara que me deshace. La tele estaba prendida en el canal de las novelas, y justo empezaba Pasión de Gavilanes capítulo 111. "Órale, wey, esta es la buena", le dije, dándole un codazo juguetón. Él soltó una carcajada ronca, su mano grande posándose en mi muslo desnudo bajo la falda corta.
La pantalla se llenó de drama: los hermanos Reyes, con sus camisas abiertas mostrando pechos morenos y fuertes, y las hermanas Henao, con ojos de fuego y curvas que hipnotizan. En ese capítulo, la tensión entre Gaviota y Franco explotaba en un beso salvaje bajo la lluvia. El agua chorreaba por sus cuerpos, pegando la blusa transparente a los senos de ella, y él la apretaba contra la pared como si quisiera devorarla. Sentí un cosquilleo en el estómago, el tequila quemándome la garganta, y miré de reojo a Diego. Sus ojos brillaban, fijos en la tele, pero su mano subía despacito por mi pierna, rozando la piel sensible del interior del muslo. Qué rico se siente su toque áspero, pensé, mordiéndome el labio.
"Mira nomás cómo se avientan", murmuró Diego, su voz grave vibrando en mi oído. Su aliento olía a tabaco y a deseo, cálido contra mi cuello. Yo asentí, pero mi cuerpo ya respondía: los pezones endureciéndose bajo la blusa ligera, un calor húmedo creciendo entre mis piernas. En la novela, Gaviota gemía bajito mientras Franco le besaba el cuello, sus manos explorando sin prisa. Diego imitó el movimiento, sus labios rozando mi oreja. "Tú eres más sabrosa que esa Gaviota, mi reina", susurró, y su dedo índice trazó un círculo lento en mi piel, subiendo hasta el borde de mis panties. El corazón me latía a mil, el sonido de la lluvia en la tele mezclándose con mi respiración agitada.
No mames, Diego, me estás poniendo como loca. Si sigue así, lo jalo pa'cá y le hago lo que sea.
El capítulo avanzaba, la pasión de los protagonistas escalando. Franco levantaba la falda de Gaviota, sus dedos hundiéndose en su carne temblorosa. Yo no aguanté más. Giré el cuerpo hacia Diego, tirando el vaso vacío al piso con un clink sordo. Mis labios chocaron con los suyos en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a tequila y sal. Él gruñó, profundo, como un animal, y me jaló a su regazo. Sentí su verga dura presionando contra mi panocha a través de la tela, palpitante y caliente. "Te quiero, cabrón", jadeé contra su boca, mis uñas clavándose en su espalda ancha.
Acto seguido, sus manos grandes me arrancaron la blusa con un riiiip que sonó como música prohibida. Mis tetas saltaron libres, los pezones rosados erectos por el aire fresco y su mirada hambrienta. Él las tomó en sus palmas callosas, masajeándolas con rudeza suave, pellizcando justo lo necesario pa' que un rayo de placer me recorriera la espina. Olía a su sudor macho, mezclado con el aroma almizclado de mi propia excitación. "Qué chingonas están, Ana, neta", dijo, bajando la cabeza pa' mamarme un pezón. Su lengua caliente giraba, chupando fuerte, y yo arqueé la espalda, gimiendo alto, el sonido rebotando en las paredes de la sala.
Lo empujé pa' atrás, quitándole la playera con prisa. Su pecho moreno brillaba bajo la luz tenue de la tele, músculos tensos y vello oscuro invitándome. Bajé mis manos a su pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta ya húmeda de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave y dura. "Mírala, qué mamada de verga tienes", le dije, acariciándola de arriba abajo, lento, torturándolo. Él jadeó, sus caderas empujando hacia mí, ojos negros fijos en los míos con esa intensidad que me hace sentir suya y dueña al mismo tiempo.
En la tele, Pasión de Gavilanes capítulo 111 llegaba al clímax: Gaviota de rodillas, mamando a Franco con devoción. Yo sonreí maliciosa y me deslicé del sofá, arrodillándome entre sus piernas abiertas. El piso fresco contra mis rodillas, el olor de su excitación golpeándome como una ola. Lamí la punta de su verga, saboreando el salado dulce, y luego la engullí hasta la garganta. Diego metió las manos en mi pelo, guiándome sin forzar, gimiendo "¡Sí, mi amor, así, chúpamela rica!". Mi boca subía y bajaba, lengua girando alrededor del tronco, saliva chorreando por mis labios. Sentía mi panocha palpitando, empapada, rogando atención.
No lo dejé acabar ahí. Me levanté, quitándome la falda y las panties de un jalón, quedando desnuda frente a él. Mi cuerpo curvilíneo, piel canela brillando de sudor, tetas pesadas moviéndose con cada respiro. Diego se paró, me cargó como si no pesara nada y me recargó en la pared, igual que en la novela. Sus manos en mis nalgas, abriéndome, y su verga rozando mi entrada húmeda. "Córrete adentro, Diego, hazme tuya", le rogué, piernas enroscadas en su cintura. Él empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, su grosor pulsando contra mis paredes sensibles. Gemí fuerte, uñas en su cuello, oliendo su pelo mojado de sudor.
Empezó a bombear, fuerte y profundo, cada embestida sacándome alaridos. El plaf plaf de piel contra piel, mis jugos chorreando por sus bolas, el aroma sexual espeso en el aire. "¡Más, pendejo, rómpeme!", gritaba yo, perdida en el placer. Él aceleró, gruñendo mi nombre, su boca devorando la mía. Sentía el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre, mis músculos contrayéndose alrededor de su verga. "Me vengo, Ana, ¡juntos!", rugió, y explotamos al unísono. Mi coño se apretó como tenaza, oleadas de éxtasis recorriéndome, piernas temblando. Él se vació dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo convulsionando contra el mío.
Nos deslizamos al piso, enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. La tele seguía con créditos rodando, pero ya no importaba. Diego me besó la frente, suave, su mano acariciando mi espalda sudada. "Eres mi pasión, mi gavilán", murmuró, y yo reí bajito, acurrucándome en su pecho. El corazón aún latiéndonos rápido, piel pegajosa y satisfecha. Afuera, la noche susurraba promesas de más noches así, ardientes y sin fin.
En ese momento, supe que Pasión de Gavilanes capítulo 111 no era solo una novela: era el pretexto perfecto pa' nuestra propia historia de fuego y carne.