Descubrir Mi Pasión
Estaba en mi depa en la Condesa, con el ruido de los coches en la avenida y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Ana, treinta y dos años, soltera por elección después de un par de novios que no me prendían ni tantito. Trabajaba en una agencia de publicidad, diseñando campañas que vendían sueños ajenos, pero los míos se sentían estancados, como un pozole frío. Neta, ¿cuándo voy a descubrir mi pasión de verdad? me preguntaba mientras me veía en el espejo, con mi blusa ajustada marcando las curvas que nadie parecía notar.
Todo cambió esa noche en la fiesta de mi carnala en una casa chida de Polanco. La música reggaetón retumbaba, el aire cargado de perfume caro y sudor fresco. Ahí lo vi: Diego, alto, moreno, con tatuajes asomando por la camisa desabotonada y una sonrisa que me hizo cosquillas en el estómago. Era DJ en antros de la Roma, con ese aire de chulo despreocupado que me volvía loca sin saber por qué. Nuestras miradas se cruzaron mientras bailaba con unas chelas en la mano.
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¿Qué onda, güey? ¿No bailas?me dijo acercándose, su voz grave como un bajo en un track de Bad Bunny.
Me reí, sintiendo el calor de su cuerpo cerca.
Es que no encuentro el ritmo, wey, le contesté coqueta, y de ahí platicamos toda la noche. Hablamos de la vida nocturna, de cómo él mezclaba beats que ponían a la gente en calentura, y yo le conté de mis diseños que nadie veía. Al final de la fiesta, me dejó su número. Esto podría ser el inicio de algo, pensé mientras me iba en Uber, con el corazón latiendo fuerte.
Los días siguientes fueron un juego de mensajes picantes. Él mandaba fotos de sus sesiones en el antro, yo le respondía con selfies en mi gym, mostrando el sudor brillando en mi piel morena. Quedamos en vernos en un café de la Juárez, con el aroma a café de chiapas y pan dulce envolviéndonos. Ahí, sentados en una mesita, sus dedos rozaron los míos al pasar el azúcar. El toque fue eléctrico, como una chispa que me recorrió el brazo hasta el pecho.
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Quiero descubrir tu pasión, Ana, me dijo mirándome fijo, sus ojos cafés intensos.
Me mordí el labio, sintiendo un calor húmedo entre las piernas. Descubrir mi pasión... ¿será él el que me ayude? Esa noche fuimos a su loft en la Roma, un lugar con vinilos por todos lados, luces tenues y el olor a incienso de copal flotando. Nos sentamos en el sofá, con una playlist suave sonando, y empezó el beso. Sus labios carnosos contra los míos, su lengua explorando con hambre contenida. Lo jalé de la camisa, sintiendo sus músculos duros bajo mis uñas.
Pero no fue rápido. Diego era paciente, como un DJ building up el drop. Me quitó la blusa despacio, besando mi cuello, inhalando mi perfume mezclado con el sudor del día.
Estás rica, nena, murmuró contra mi piel, y yo gemí bajito, arqueándome. Sus manos grandes masajearon mis tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. El roce era fuego puro, cada caricia enviando ondas de placer a mi clítoris que palpitaba ansioso.
Me recostó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como una caricia. Se desnudó, revelando su verga gruesa, venosa, ya tiesa y goteando precum. Chingado, qué pedazo de hombre, pensé, lamiéndome los labios. Bajó mi jeans y tanga, besando mi ombligo, mi monte de Venus, hasta llegar a mi concha empapada. Su lengua caliente lamió mis labios mayores, saboreando mi jugo salado-dulce, chupando el clítoris con succiones que me hicieron gritar.
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¡Ay, Diego, no pares, cabrón!le rogué, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.
Él reía, vibrando contra mi piel sensible.
Tranquila, mami, esto apenas empieza. Vamos a descubrir mi pasión juntos. Me metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras su boca no soltaba mi botón. El sonido chapoteante de mi humedad llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos y el zumbido del ventilador. Mi cuerpo temblaba, las piernas abiertas como alas, el olor a sexo crudo invadiendo todo.
Lo empujé para montarlo. Su verga entró en mí de un solo jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Cavalgaba despacio al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el choque de mis nalgas contra sus muslos. Él agarraba mis caderas, guiándome, sus ojos clavados en mis tetas rebotando. Esto es descubrir mi pasión, neta, pensé en medio del éxtasis, el sudor chorreando por mi espalda, el sabor salado en mis labios de morderme tanto.
La intensidad subió cuando me volteó a cuatro patas, su pecho pegado a mi espalda, mordisqueando mi oreja.
Te voy a chingar hasta que grites mi nombre, gruñó, embistiéndome fuerte, el slap-slap de piel contra piel como un ritmo tribal. Cada estocada tocaba mi cervix, ondas de placer irradiando desde mi concha hasta las yemas de los dedos. Olía a nosotros, a macho y hembra en celo, el aire espeso y caliente.
Mi orgasmo llegó como un tsunami. Grité, ¡Sí, Diego, chíngame más! contrayendo alrededor de su verga, chorros de squirt mojando las sábanas. Él no paró, prolongando mi clímax con embestidas expertas, hasta que rugió y se corrió dentro, su leche caliente inundándome, pulsando en chorros potentes.
Caímos exhaustos, jadeando, su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa y satisfecha. El afterglow era puro, con besos suaves y risas compartidas.
Descubriste tu pasión esta noche, ¿verdad?me dijo, y yo asentí, besándolo.
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Sí, wey, y fue contigo.
Desde esa noche, todo cambió. Salimos, follamos como animales en cada rincón: en su antro después de cerrar, con el bass retumbando; en mi depa con tacos de suadero de fondo. Descubrir mi pasión no fue solo sexo, fue encontrar esa hambre interna que Diego despertó, esa versión de mí salvaje y libre. Ahora, cada vez que lo veo, siento esa chispa, listo para arder de nuevo.