El Reparto de Pasión
La noche en mi departamento de Polanco olía a jazmín del balcón y a la salsa que burbujeaba en la estufa. Yo, Ana, acababa de mudarme a este repartito chido de la colonia, con vistas al skyline de la Ciudad de México que parpadeaba como luciérnagas coquetas. Tenía veintiocho años, soltera por elección, y un cuerpo que no pasaba desapercibido: curvas que se marcaban bajo el vestido negro ajustado que me puse esa noche para la cena con los vecinos del piso de arriba. Javier y Sofía, la pareja perfecta, me habían invitado con una nota simpática en el elevador: "Ven a probar nuestro repartito de sabores". Sonreí al recordarlo, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo hambre.
Subí las escaleras con tacones que resonaban como un latido acelerado. Javier abrió la puerta, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que hacía que sus ojos cafés brillaran. "¡Pásale, morra! Ya estamos listos pa'l desmadre", dijo con ese acento chilango puro, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera de quien trabaja con las manos, y me rozó la cintura al guiarme adentro. Sofía salió de la cocina, una diosa rubia con raíces mexicanas, tetas firmes bajo una blusa escotada y jeans que abrazaban sus caderas. Neta, qué envidia sana, pensé, mientras ella me abrazaba fuerte, su perfume a vainilla invadiendo mis sentidos.
La mesa estaba puesta con velas titilantes, tacos al pastor humeantes, guacamole fresco y una botella de tequila reposado que brillaba ámbar. Nos sentamos, charlando de la vida en el repartito: el gym del edificio, las fiestas en el roof top, lo padre que era convivir. Pero el aire se cargaba de electricidad con cada mirada. Javier me servía tequila, sus dedos rozando los míos, y Sofía reía con voz ronca, contando anécdotas picantes de sus viajes.
"¿Sabes qué, Ana? Nosotros creemos en el reparto de pasión. Nada de egoísmos, todo compartido",soltó ella de repente, guiñándome el ojo. Sentí un calor subir por mi pecho, mis pezones endureciéndose contra la tela. ¿Era una indirecta? Mi mente divagaba: ¿Y si...? Pinche curiosidad, me estás matando.
La cena avanzó con toques casuales: la pierna de Javier contra la mía bajo la mesa, suave al principio, luego insistente. Sofía se inclinó para servirme más salsa, su aliento cálido en mi oreja. "Prueba esto, está calientito". El picor en la lengua se mezcló con el ardor en mi entrepierna. Hablamos de fantasías, de cómo el cuerpo pide lo que el corazón calla. Yo confesé, con la lengua suelta por el tequila, que siempre quise probar algo más allá de lo vanilla. Ellos se miraron, sonriendo como lobos juguetones. Esto va pa'rato, pensé, el pulso latiéndome en las sienes.
Acto seguido, Sofía puso música: un corrido romántico con guitarra que vibraba en el pecho. Javier se levantó, extendiendo la mano. "Baila conmigo, reina". Su cuerpo pegado al mío, duro donde debía, suave donde importaba. Sentí su verga semierecta presionando mi vientre, y un gemido se me escapó. Sofía se unió por detrás, sus manos en mis caderas, labios rozando mi cuello. Olía a sudor limpio y deseo. ¿Esto es real? Mi clítoris palpita como loco. Nos movíamos en trio, fricción deliciosa, hasta que Javier me besó, lengua invasora, sabor a tequila y menta. Sofía mordisqueó mi lóbulo: "¿Quieres unirte a nuestro pasión reparto, Ana? Todo tuyo, sin prisas".
Consentí con un beso compartido, nuestras lenguas danzando en un remolino húmedo. Bajamos al sofá amplio, luces bajas proyectando sombras sensuales. Javier desabrochó mi vestido con dedos temblorosos de excitación, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sofía las lamió primero, lengua áspera en mis pezones, succionando hasta que arqueé la espalda. ¡Qué chingón! Cada roce como fuego líquido. Yo manoseé la bragueta de Javier, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La apreté, sintiendo el calor irradiar a mi palma. Sofía se quitó la blusa, sus chichis perfectas balanceándose, y yo las besé, mordiendo suave, saboreando sal de piel.
La tensión escalaba como tormenta en el Popo. Javier me quitó las panties, húmedas de anticipación, y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua experta lamió mi coño empapado, chupando el clítoris con succión perfecta. Gemí alto, "¡Pinche wey, no pares!", mientras Sofía se sentaba en mi cara, su panocha rosada y jugosa rozando mis labios. La probé, dulce-amarga, lamiendo pliegues resbalosos, inhalando su aroma almizclado. Javier metía dedos, curvándolos en mi G, mientras su boca devoraba. Me voy a venir, neta, el mundo se nubla. Vibraciones de placer recorrían mi espina, piernas temblando.
Pero no solté aún. Cambiamos posiciones: yo a cuatro patas, Javier detrás, su verga embistiéndome lento al principio, estirándome delicioso. Cada embestida chapoteaba, mi jugo chorreando por sus bolas. Sofía debajo, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mi clítoris y sus huevos. "¡Qué rico tu reparto de pasión, carnales!", grité, perdida en sensaciones: piel sudada chocando, resuellos jadeantes, olor a sexo crudo mezclándose con velas. Javier aceleró, nalgadas suaves que ardían placenteras. Sofía se masturbaba viéndonos, dedos hundidos, gimiendo mi nombre.
Inner struggle: ¿Soy puta por gozar tanto? No, wey, esto es empoderamiento puro, mi cuerpo manda. Pequeña resolución: pedí más, "Córrete adentro, Javier, lléname". Él rugió, caliente chorro inundándome, contracciones ordeñándolo. Sofía y yo nos corrimos juntas, ella frotando su clítoris contra mi muslo, yo convulsionando, chorros de placer escapando.
Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose. Javier besó mi frente, Sofía acurrucada en mi pecho, tetas aplastadas suaves. El aire olía a semen, sudor y satisfacción.
"Esto fue el mejor pasión reparto de mi vida",murmuré, riendo bajito. Bebimos agua fría, charlando susurros de repetir, sin presiones. Me vestí con piernas flojas, besos de despedida en la puerta. Bajé al mío, el eco de gemidos en mi cabeza, cuerpo zumbando afterglow. Mañana, el repartito sería distinto: lleno de promesas calientes. Pinche vida chida.