Cañaveral de Pasiones Cap 20
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones, ese mar verde y alto que se mecía con la brisa caliente de Veracruz. Ana caminaba entre las cañas, sintiendo cómo el sudor le perlaba la piel morena, pegando su blusa ligera al cuerpo. Cada paso crujía bajo sus botas, y el aire olía a tierra húmeda, a savia dulce y a algo más primitivo: deseo. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal en secreto, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada.
¿Y si hoy es el día en que todo explota? pensó, mientras se adentraba más. Recordaba sus encuentros previos, como capítulos de una novela prohibida que solo ellos escribían. Este sería el cap 20, el de las confesiones ardientes, el que no olvidarían.
De repente, un silbido bajo, juguetón.
"¡Ven pa'cá, mi reina! Te tengo una sorpresa que te va a dejar sin aliento."La voz de Marco, ronca y llena de picardía mexicana, la hizo sonreír. Se giró y lo vio: alto, fornido, con la camisa abierta mostrando el pecho velludo brillando de sudor. Sus ojos negros la devoraban como si fuera el último mango maduro del verano.
—¡Pendejo! —rió ella, acercándose—. Me asustaste, pero ya sé que traes lo que quiero.
Él la jaló entre las cañas altas, donde nadie los vería. El cañaveral los envolvía como un nido secreto, las hojas susurrando promesas. Sus cuerpos se pegaron de inmediato; Ana sintió el calor de él, el bulto duro presionando su vientre. Olía a hombre de campo: tierra, sudor limpio y un toque de tabaco.
—Te extrañé, Ana. Cada noche sueño con tu boca, con cómo me chupas el alma —murmuró, besándola con hambre. Sus labios eran ásperos, sabían a sal y a café de olla. Ella respondió, enredando los dedos en su pelo negro revuelto, gimiendo bajito cuando su lengua invadió su boca.
El beso se volvió feroz, manos explorando. Marco le levantó la blusa, exponiendo sus pechos llenos, los pezones duros como piedras de caña. ¡Qué rico se siente su toque! Los pellizcó suave, luego chupó uno, succionando con fuerza que la hizo arquear la espalda. El sonido húmedo de su boca, el roce de la barba incipiente contra su piel... todo la encendía.
—Estás mojada ya, ¿verdad, mi amor? —preguntó él, metiendo la mano en su falda vaquera, rozando el encaje de sus calzones. Ella asintió, jadeando.
—Sí, güey, me tienes empapada. Tócala, siente lo que me haces.
Acto primero: la chispa. Se tumbaron sobre una cama de hojas secas, el suelo cálido y mullido. Marco le quitó la falda con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de sus muslos morenos. Ana lo miró, el corazón latiéndole como tambor de son jarocho.
Este hombre es mío, y hoy lo voy a marcar para siempre.
El aire se llenó de sus suspiros. Él lamió su interior, la lengua experta encontrando su clítoris hinchado. ¡Ay, Dios! Esa presión, ese calor... Ella se retorcía, agarrando las cañas que crujían a su alrededor. El sabor de ella lo volvía loco; gemía contra su carne, vibraciones que la acercaban al borde.
—No pares, Marco, órale, más fuerte —suplicó, las uñas clavadas en su espalda.
Pero él se detuvo, juguetón. —Aún no, mi vida. Quiero que explotes conmigo.
Se incorporó, quitándose la ropa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando al cielo. Ana la tomó, acariciándola con devoción, sintiendo el pulso caliente bajo la piel. Es tan grande, tan mía. La lamió desde la base, saboreando el precum salado, metiéndosela hasta la garganta mientras él gruñía como fiera.
—¡Qué chingona eres, Ana! Me vas a hacer venir ya.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Se pusieron a cuatro patas, él detrás, frotando la punta contra su entrada húmeda. El olor a sexo flotaba pesado, mezclado con la dulzura del cañaveral. Ana empujó hacia atrás, impaciente.
—Métemela ya, carnal. Quiero sentirte hasta el fondo.
Él obedeció, embistiéndola lento al principio. El estiramiento delicioso la hizo gritar de placer. Cada thrust era un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel chapoteando. Las cañas se mecían con ellos, testigos mudos de su frenesí. Marco le agarraba las caderas, marcándola con dedos firmes, mientras ella se tocaba el clítoris, acelerando el fuego.
Esto es el paraíso, este cañaveral de pasiones donde nos perdemos. Pensaba en sus vidas: ella, maestra en el pueblo; él, cortador de caña. Prohibidos por familias tercas, pero unidos por algo más fuerte que el ron más bravo.
La segunda oleada vino con un cambio de posición. Ana encima, cabalgándolo como jinete en rodeo. Sus pechos rebotaban, él los amasaba, pellizcando pezones que dolían de placer. El sudor les chorreaba, mezclándose en el punto donde se unían. Sonidos: jadeos roncos, carne golpeando, cañas susurrando "más, más".
—Te amo, Ana. Eres mi todo —confesó él, los ojos brillantes.
—Yo más, pendejo mío. No pares, estoy cerca...
El clímax se acercaba como huracán. Ella aceleró, moliendo contra él, sintiendo su verga pulsar dentro. El orgasmo la golpeó primero: un estallido de luces detrás de los párpados, el cuerpo convulsionando, chorros de placer empapándolo todo. Gritó su nombre, el cañaveral entero pareció temblar.
Marco la siguió, gruñendo profundo, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo. Se derrumbaron juntos, exhaustos, piel pegajosa y corazones galopando.
En el afterglow, yacían abrazados bajo el sol filtrado por las cañas. El viento secaba su sudor, trayendo aroma a flores silvestres. Ana trazaba círculos en su pecho, oyendo su respiración calmarse.
Capítulo 20 completado. ¿Cuál será el 21? Uno donde le diga que lleva su hijo, quizás.Sonrió para sí.
—Esto fue épico, mi reina. Como si el cañaveral nos bendijera.
—Sí, amor. Aquí, en este cañaveral de pasiones cap 20, encontramos nuestro hogar.
Se besaron suave, saboreando la paz post-sexo. El mundo afuera podía esperar; por ahora, eran solo ellos, eternos en su paraíso verde.