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Pasión Hidalguense Ardiente

7240 palabras

Pasión Hidalguense Ardiente

El sol de Hidalgo caía a plomo sobre las calles empedradas de Mineral del Monte, tiñendo de oro las fachadas de las casas coloniales. Yo, Ana, había llegado de la Ciudad de México buscando un respiro del ajetreo citadino, hospedándome en una posada familiar con vistas a los cerros. El aire olía a pino fresco y a tierra húmeda después de la lluvia matutina, y el sonido distante de las minas abandonadas me recordaba que aquí la historia se palpaba en cada esquina.

Era el día de la feria patronal, y el bullicio de la plaza principal me envolvió como un abrazo cálido. Música de banda retumbaba, con trompetas alegres y tambores que hacían vibrar el suelo bajo mis sandalias. Probé un pulque recién ordeñado, esa bebida espesa y dulce que subía como fuego lento por mi garganta, dejando un regusto terroso que me hizo suspirar. Qué chido está esto, pensé, mientras mis ojos se posaban en él.

Javier estaba allí, recargado contra un puesto de gorditas, con su camisa de manta arremangada mostrando unos antebrazos morenos y fuertes, forjados por el trabajo en su viñedo familiar. Sus ojos negros, profundos como los pozos de la Real del Monte, se clavaron en los míos con una sonrisa pícara. Era hidalguense de pura cepa, con esa pasión hidalguense que se dice corre por las venas de esta tierra: ardiente, sin reservas, como el chile en nogada que tanto presumen.

Órale, morra, ¿primera vez en la feria? —me dijo acercándose, su voz grave cortando el ruido como un cuchillo caliente en mantequilla.

Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Sí, wey, pero ya me late todo este desmadre.

Charlamos un rato, él contándome anécdotas de las pastoreñas y yo riéndome de sus chistes. Su olor a jabón rústico mezclado con el sudor ligero del día me llegó directo, despertando algo primitivo en mí. Cuando me invitó a bailar, no lo dudé. Sus manos en mi cintura eran firmes pero gentiles, guiándome en un son huasteco que aceleraba mi pulso. Sentía el calor de su pecho contra el mío, el roce de su pierna entre las mías, y el mundo se redujo a ese vaivén hipnótico.

La noche cayó como un manto estrellado, y terminamos en su camioneta, rumbo a su casa en las afueras, un rancho modesto pero acogedor con viñedos que trepaban por las laderas. El camino serpenteaba entre magueyes y nopales, y el viento traía aroma a jazmín silvestre. En el interior de la cabina, su mano rozó mi muslo accidentalmente —o no tanto—, enviando chispas por mi piel.

¿Qué chingados estoy haciendo?, pensé. Pero neta, esta pasión hidalguense me tiene loca. Javier no es como los fifís de la ciudad; él es real, crudo, y me hace sentir viva.

Al llegar, me sirvió un vaso de vino de su producción, tinto y robusto, con notas de mora y tierra volcánica. Brindamos en el porche, bajo la luz de la luna que plateaba su rostro anguloso. Nuestras rodillas se tocaban, y el silencio se cargaba de electricidad. Lo miré a los ojos, y supe que él también lo sentía.

—Ana, desde que te vi, no puedo sacarte de la cabeza —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

Me incliné, rozando sus labios con los míos. Fue un beso tentativo al principio, saboreando el vino en su lengua, pero pronto se volvió voraz. Sus manos subieron por mi espalda, desatando el lazo de mi blusa, y yo tiré de su camisa, exponiendo su torso musculoso, marcado por el sol. Olía a hombre, a tierra fértil, y gemí bajito cuando sus dedos trazaron mi espina dorsal.

Entramos a la casa, tropezando con la puerta en un enredo de risas y besos. La cama era amplia, con sábanas de algodón crudo que olían a lavanda del campo. Me recostó con cuidado, como si yo fuera un tesoro, y se tomó su tiempo explorándome. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al aire. Sentí su barba raspando mi piel sensible, y arqueé la espalda cuando alcanzó mis pechos, lamiendo un pezón con la lengua plana, succionando hasta que dolió de placer.

Eres tan rica, Ana —gruñó, mientras sus manos desabrochaban mi falda, deslizándola por mis caderas.

Yo no me quedé atrás. Mis uñas arañaron su espalda, bajando hasta su pantalón, liberando su verga dura y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. La acaricié despacio, oyendo sus jadeos roncos, y él se estremeció, presionando sus caderas contra mi palma.

La tensión crecía como una tormenta en los cerros. Nos dimos la vuelta, yo encima, frotándome contra él, sintiendo mi humedad empapar sus muslos. El olor almizclado de nuestra excitación llenaba la habitación, mezclado con el dulzor del vino. Javier me miró con ojos en llamas, pidiendo permiso con una caricia en mi mejilla.

—Sí, carnal, ya —susurré, guiándolo dentro de mí.

Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las vigas de madera. Su grosor me llenaba por completo, y comencé a moverme, cabalgándolo con ritmo creciente. Sus manos en mis nalgas, amasando, guiando mis caderas. Sudábamos juntos, piel resbaladiza chocando con piel, el slap-slap rítmico acompañando nuestros alientos entrecortados.

Esto es la pasión hidalguense pura, pensé en medio del delirio. No hay poses, no hay fingimientos; solo nosotros, crudos y conectados.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo, su peso delicioso aprisionándome contra el colchón. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, el glande golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. Mordí su hombro para no gritar, probando sal en su piel. Sus bolas chocaban contra mí, húmedas, y el placer subía en oleadas, tensando mis músculos.

Vente conmigo, mi amor —jadeó, acelerando, su frente perlada de sudor cayendo sobre mi pecho.

El orgasmo me golpeó como un rayo, contracciones violentas sacudiéndome entera, mi clítoris pulsando contra su pubis. Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, su semen caliente inundándome, prolongando mis espasmos. Nos quedamos así, unidos, respirando agitados, hasta que el mundo volvió a enfocarse.

Después, yacimos enredados, el aire fresco de la noche colándose por la ventana abierta, trayendo cantos de grillos y el aroma de la tierra nocturna. Javier me acarició el cabello, besando mi sien.

Qué chingonería, Ana. Eres increíble.

Sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo. —Tú tampoco te quedas atrás, hidalguense. Esta pasión hidalguense me ha dejado temblando.

Nos quedamos hablando hasta el amanecer, de sueños, de la vida en Hidalgo, de cómo el pulque y el vino unen a la gente. No hubo promesas locas, solo una conexión profunda, empoderadora. Me sentí mujer total, dueña de mi deseo, sin culpas ni remordimientos.

Al día siguiente, al despedirnos en la plaza con un beso largo y público, supe que volvería. Hidalgo no solo era tierra de minas y viñedos; era cuna de pasiones que queman el alma y dejan huella eterna.

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