Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Los Dos Soñando en una Noche de Pasión Los Dos Soñando en una Noche de Pasión

Los Dos Soñando en una Noche de Pasión

6654 palabras

Los Dos Soñando en una Noche de Pasión

La noche en Puerto Vallarta caía como un manto de estrellas sobre el malecón, con el rumor del mar chocando contra la arena tibia. Yo, Marco, había llegado esa tarde desde Guadalajara, buscando un respiro de la rutina del jale en la oficina. El aire olía a sal y a esas flores tropicales que perfuman todo, y el sonido de las olas me invitaba a soltarme. Ahí la vi, en la terraza del bar playero: Carla, con su vestido rojo ceñido que marcaba cada curva como si fuera esculpida por los dioses. Su risa se mezclaba con la música de un mariachi lejano, y sus ojos negros brillaban bajo las luces de neón.

Órale, wey, esta morra está cañón, pensé mientras pedía un tequila reposado. Me acerqué con una sonrisa pícara, ofreciéndole un shot. "Salud, reina, por noches que no se olvidan". Ella volteó, su perfume a vainilla y coco invadiéndome las fosas nasales, y me miró de arriba abajo. "¡Claro que sí, guapo! Soy Carla, ¿y tú?". Su voz era ronca, como miel caliente, y en ese instante supe que la química entre nosotros iba a explotar.

Charlamos un rato, neta conectando al tiro. Ella era de Mazatlán, diseñadora gráfica freelance, con esa vibra libre y sensual que te hace querer comértela con los ojos. Hablamos de la vida, de cómo el mar nos llama siempre, y entre risas y tragos, nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa. Ese toque eléctrico me puso la piel chinita; sentí su calor subiendo por mi pierna.

Los dos soñando en una noche de pasión, sin saberlo aún
, me dije, mientras el deseo empezaba a bullir en mi pecho.

La tensión crecía con cada mirada. Sus labios carnosos se humedecían con el tequila, y yo imaginaba su sabor salado y dulce. "Vamos a caminar por la playa", propuso ella, tomándome de la mano. Sus dedos entrelazados con los míos eran suaves pero firmes, prometiendo más. Caminamos descalzos sobre la arena fresca, el viento juguetón levantando su falda y revelando muslos bronceados que olían a loción solar. El sonido de las olas era como un latido compartido, acelerándose con nosotros.

Nos detuvimos bajo un palmar, donde la luna pintaba todo de plata. Ella se giró hacia mí, su aliento cálido en mi cuello. "Marco, desde que te vi, siento que esto es inevitable". La besé entonces, suave al principio, probando sus labios como un tequila añejo: ardiente, profundo, con un toque de limón en su lengua. Sus manos subieron por mi espalda, clavándose con urgencia, y gemí bajito contra su boca. El beso se volvió feroz, lenguas danzando en un ritmo que hacía eco en mi verga, ya dura como piedra.

Acto de escalada

La llevé a mi hotel, un boutique chulo frente al mar, con balcón y vista infinita. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Le quité el vestido de un jalón, revelando su cuerpo perfecto: pechos firmes con pezones oscuros endurecidos, cintura estrecha y caderas que invitaban a pecar. "Estás de infarto, Carla", le susurré, oliendo su piel sudada, ese aroma almizclado de mujer en celo que me volvía loco. Ella me arrancó la camisa, sus uñas raspando mi pecho, dejando rastros rojos que ardían delicioso.

Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. La besé por todo el cuello, bajando a sus tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, cabrón, qué rico lo haces!". Su voz era música, ronca y jadeante, mezclada con el zumbido del ventilador y el lejano romper de olas. Mis manos exploraron su concha, ya empapada, resbaladiza como miel caliente. La toqué despacio, círculos en su clítoris hinchado, sintiendo cómo palpitaba bajo mis dedos.

Esto es puro fuego, los dos soñando en una noche de pasión que se hace real
, pensé mientras ella me bajaba el pantalón. Su mano envolvió mi verga, dura y venosa, masturbándome con un ritmo experto que me hacía ver estrellas. "Mira cómo te la pongo, papi", dijo con picardía mexicana, lamiendo la punta con su lengua rosada. El sabor salado de mi pre-semen en su boca me hizo gruñir. Se la metió entera, chupando con hambre, sus labios estirados y babosos alrededor de mi tronco. El sonido húmedo de su succión, slurp-slurp, era obsceno y adictivo.

Pero no quería acabar así. La volteé boca abajo, besando su espaldita hasta su nalga redonda. Le separé las piernas, oliendo su excitación pura, ese olor terroso y dulce que grita "cógeme". Lamí su concha desde atrás, lengua hundiéndose en sus labios mayores, saboreando sus jugos como el mejor pozol picante. Ella se retorcía, empujando contra mi cara, gritando "¡Sí, wey, no pares! ¡Me vas a hacer venir!". Su clítoris era un botón hinchado que succioné, dedos adentro curvándose contra su punto G. Tembló entera, su coño contrayéndose en oleadas, chorros calientes mojando mi barbilla mientras gritaba su orgasmo.

Ahora era mi turno. Ella se subió encima, cabalgándome como jinete experta. Su concha me tragó entero, apretada y caliente, paredes vaginales masajeando cada centímetro. "¡Qué verga tan rica, Marco!", jadeó, rebotando con tetas saltando hipnóticas. Yo la agarré de las caderas, embistiéndola desde abajo, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. El sudor nos unía, salado en mi lengua cuando lamí su cuello. El ritmo aceleró, sus gemidos volviéndose gritos, mis bolas tensándose listas para explotar.

Clímax y cierre

"¡Ven conmigo, amor!", suplicó ella, y eso me rompió. La volteé, poniéndola en misionero, piernas sobre mis hombros para entrar profundo. Cada estocada era un trueno, su concha ordeñándome, mis embestidas golpeando su cervix con un slap-slap rítmico. Olía a sexo puro, a nosotros dos fundidos. Sentí el orgasmo subir como lava, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras ella se corría otra vez, uñas en mi espalda, ojos en blanco de placer extremo.

Colapsamos jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. El aire olía a semen y sudor, el mar cantando arrullo afuera. La besé suave, probando nuestros sabores mezclados. "Neta, Carla, fuiste lo máximo", murmuré. Ella sonrió, acurrucándose en mi pecho, su corazón latiendo contra el mío.

Fuimos los dos soñando en una noche de pasión, y ahora es nuestro sueño hecho carne
.

Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando susurros de volver a vernos, de más noches así. El sol salió tiñendo el cielo de rosa, pero en nosotros quedó el fuego eterno. Esa noche nos cambió, nos unió en un lazo de deseo puro y consentido, empoderándonos mutuamente en el arte del placer.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.