Cartas de Amor y Pasion
Estaba sentada en el balcón de mi depa en la Roma, con el sol de la tarde calentándome la piel como una caricia prohibida. El ruido de los coches en Insurgentes se colaba mezclado con el aroma del puesto de elotes de la esquina, ese olor dulce y ahumado que siempre me hace agua la boca. Tenía entre las manos un sobre amarillento, uno de esos que llegan sin remitente pero con letra temblorosa que reconocí al instante. Cartas de amor y pasión, pensé, mientras el corazón me latía como tamborazo en una fiesta de pueblo.
Mi nombre es Ana, tengo treinta y dos, soltera por elección después de un desmadre de novio que me dejó harta de promesas vacías. Pero Javier... ay, Javier. Ese wey moreno de ojos negros como pozos de obsidiana, con esa sonrisa pícara que me hacía mojarme con solo pensarlo. Nos conocimos en una boda en Xochimilco, bailando cumbias hasta el amanecer, sus manos firmes en mi cintura, su aliento caliente en mi cuello oliendo a tequila reposado. Terminamos porque él se fue a Guadalajara por trabajo, pero nunca se borró de mi piel.
Abrí el sobre con dedos ansiosos. La carta estaba escrita en papel perfumado con vainilla, su olor me invadió como un recuerdo vivo.
Ana, mi reina, mi fuego. Cada noche te sueño desnuda bajo las trajineras, tu piel brillando con el agua del canal. Tus pechos redondos subiendo y bajando con cada jadeo, tu boca pidiendo más. Te extraño tanto que mi verga se pone dura solo con imaginarte. Vuelve a mí, déjame lamerte entera, hacerte mía de nuevo. Tuyo eterno, Javier.
Leí esas palabras y sentí un calor subiendo por mi entrepierna, como si sus dedos ya me rozaran ahí. Mi chucha se humedeció al instante, el calzón se me pegó como segunda piel. Neta, carnal, murmuré para mí misma, mordiéndome el labio. ¿Cómo wey, después de dos años?
Acto seguido, saqué el celular y marqué su número. Sonó tres veces antes de que contestara con esa voz ronca que me erizaba los vellos.
—¿Ana? ¿Eres tú, mi chula?
—Sí, pendejo. Tus cartas de amor y pasión me llegaron al alma... y a otros lados. ¿Cuándo vienes?
—Esta noche. En el Aeropuerto, vuelo directo. Prepárate, porque te voy a comer viva.
El resto del día fue una eternidad de anticipación. Me metí a bañar, el agua caliente cayendo en cascada sobre mis tetas, resbalando por mi vientre plano hasta mi monte de Venus depilado. Me toqué un poco, imaginando su lengua experta, pero me detuve. No, ahorita no. Guárdate para él, me dije, mientras el vapor empañaba el espejo y el jabón de lavanda llenaba el baño.
La noche cayó como manta negra sobre la ciudad, las luces de los neones parpadeando como promesas. Lo esperé en el aeropuerto con un vestido rojo ceñido que marcaba mis curvas, sin bra ni calzón, solo para provocarlo. Cuando salió por la puerta de llegadas, alto, con camisa blanca arremangada mostrando brazos musculosos, su mirada me atravesó como flecha. Corrió hacia mí y me levantó en brazos, su boca devorando la mía en un beso salado de sudor y deseo. Sabía a menta y a aventura, su lengua danzando con la mía mientras sus manos me apretaban el culo.
—Te extrañé, ricura. Tus cartas me mantuvieron vivo, jadeó contra mi oído, su aliento erizándome la nuca.
—Yo también, mi amor. Llévame a casa y hazme tuya.
En el taxi rumbo a mi depa, no pudimos aguantar. Sus dedos se colaron bajo mi vestido, rozando mis labios hinchados. Gemí bajito, el chofer nos miró por el retrovisor pero qué chingados, era nuestra noche. Olía a su colonia de sándalo mezclada con mi aroma de excitación, ese musk dulce que inunda el aire cuando estás a punto de explotar.
Llegamos al depa y apenas cerramos la puerta, nos arrancamos la ropa como animales. Su camisa voló, revelando pecho ancho cubierto de vello negro que lamí con gusto salado. Él me quitó el vestido de un jalón, mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras preciosas. Me cargó hasta la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso, las sábanas frescas contrastando con nuestra piel ardiente.
—Mírate, tan hermosa. Quiero devorarte, murmuró, bajando la boca a mi cuello, mordisqueando suave hasta dejar marcas rojas como besos de fuego.
Sus labios bajaron por mi clavícula, chupando mis tetas con hambre, la lengua girando alrededor de los pezones mientras succionaba fuerte. Sentí corrientes eléctricas bajando directo a mi clítoris, que palpitaba rogando atención. Gemí alto, mis uñas clavándose en su espalda, oliendo su sudor fresco como tierra mojada después de la lluvia.
Él siguió bajando, besando mi ombligo, lamiendo el sudor de mi vientre. Cuando llegó a mi entrepierna, separó mis muslos con manos firmes, exponiéndome al aire fresco de la habitación. Su aliento caliente me hizo arquear la espalda.
—Estás empapada, mi reina. Por mí, ¿verdad?
—Sí, pendejo. Lámeme ya.
Su lengua tocó mi clítoris como rayo, suave al principio, círculos lentos que me hicieron jadear. Saboreó mis jugos, ese sabor ácido y dulce como tamarindo maduro. Metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido de su chupeteo era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con mis gemidos que rebotaban en las paredes. Mi cuerpo temblaba, los muslos apretándole la cabeza, el olor de sexo impregnando todo.
Pero quería más. Lo empujé hacia arriba, volteándolo en la cama. Monté su cara primero, frotándome contra su boca hasta casi correrme, pero me bajé. Su verga estaba tiesa como palo de escoba, venosa y gruesa, la cabeza brillando con pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el pulso latiendo contra mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sal marina, mientras él gruñía como fiera.
—Chúpamela, Ana. Así, mi chula.
Me la tragué entera, garganta profunda, sintiendo cómo se hinchaba más. Él me agarró el pelo, guiándome, pero suave, siempre consensual, nuestros ojos conectados en esa danza de poder compartido. Luego no aguanté. Me subí encima, guiando su verga a mi entrada resbalosa. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirme llena. Era perfecto, como guante hecho a medida.
Cabalgamos como en chinampa salvaje, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de nuestros cuerpos chocando como ritmo de mariachi frenético. Él me volteó, poniéndome a cuatro, embistiéndome fuerte desde atrás. Sus bolas golpeaban mi clítoris, enviando chispas. Olía a nosotros, a pasión cruda, a amor revuelto con lujuria.
—Me vengo, Javier. ¡Duro!
—Yo también, mi vida. Juntos.
Explotamos al unísono, mi chucha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo mientras chorros calientes me llenaban. Grité su nombre, él el mío, el orgasmo ondulando como olas en el lago de Pátzcuaro. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante.
Después, en la quietud, con su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón calmarse, saqué otra carta del cajón. Se la leí bajito, riendo.
Estas cartas de amor y pasión nos trajeron de vuelta. Pero ahora, hagamos más que palabras.
Él sonrió, besándome el hombro.
—Prometido, mi reina. Esto es solo el principio.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el aroma de nuestro amor flotando en el aire como incienso. Afuera, la ciudad seguía su rumba, pero adentro, habíamos encontrado nuestro propio paraíso. Y supe que vendrían más cartas, más noches, más pasión infinita.