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Pasiones Prohibidas en la Iglesia Pasión de Cristo

6486 palabras

Pasiones Prohibidas en la Iglesia Pasión de Cristo

Entré a la Iglesia Pasión de Cristo con el corazón latiéndome como tambor en fiesta. El aire estaba cargado de incienso, ese olor dulzón que se te mete en la nariz y te hace sentir pecadora de solo respirarlo. Era un domingo por la tarde en el corazón de la colonia Roma, con sus fachadas elegantes y el bullicio de la ciudad filtrándose por las ventanas altas. Yo, Ana, de veintiocho años, había vuelto después de meses sin pisar un templo. No por fe ciega, sino por esa necesidad de paz que te come el alma cuando la vida te aprieta.

Me senté en una banca de madera pulida, el roce fresco contra mis piernas desnudas bajo la falda ligera. El sol se colaba en rayos dorados, bailando sobre las imágenes de santos y el crucifijo imponente al frente. Ahí lo vi: a él, Javier, arrodillado unas bancas adelante. Su espalda ancha, camisa blanca ajustada que marcaba cada músculo, cabello negro revuelto como si acabara de salir de la cama. Neta, ¿por qué me mojo con solo mirarlo? pensé, sintiendo un calor traicionero entre las piernas.

La misa terminó y la gente se fue escurriendo. Yo me quedé, fingiendo rezar, pero mis ojos lo seguían. Él se levantó, se giró y nuestras miradas chocaron. Sus ojos cafés, profundos como pozos, me sonrieron con picardía. Se acercó, oliendo a jabón fresco y algo más, masculino, que me revolvió las tripas.

¿Qué onda, morra? ¿Primera vez aquí en la Iglesia Pasión de Cristo? —dijo con voz grave, sentándose a mi lado sin pedir permiso.

—No, pero hace rato que no vengo. Tú pareces de los que no se pierden ni una —respondí, juguetona, cruzando las piernas para que mi falda subiera un poquito.

Charlamos de todo y nada: del cura que predicaba como rockstar, de la vida en la ciudad que te chinga el alma. Javier era carpintero, voluntario en la iglesia, con manos callosas que imaginé recorriéndome la piel. La tensión crecía con cada risa, cada roce accidental de rodillas. El templo se vació, solo quedamos nosotros y el eco de nuestros susurros.

Acto uno: la chispa. Ese fue el comienzo, el deseo inicial que me picaba como comezón imposible de rascar.

La luz del atardecer teñía todo de rojo pasión, como si la iglesia misma aprobara lo que se avecinaba. Javier me tomó la mano, su palma áspera contra mi piel suave, y me llevó a una salita lateral, detrás del altar. Olía a cera de velas y madera antigua, un aroma que me erizaba la piel.

Aquí nadie nos ve, Ana. Solo tú y yo, como en un confesionario privado —murmuró, acercando su rostro al mío. Su aliento cálido olía a menta, y sus labios rozaron los míos en un beso tentativo.

Yo respondí con hambre, enredando mis dedos en su pelo.

¡Qué chingón besas, cabrón! Esto es mejor que cualquier rezo
, pensé mientras su lengua exploraba mi boca, saboreando a dulce y salado. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome la cintura, y yo arqueé el cuerpo contra él, sintiendo su dureza presionando mi vientre.

Nos quitamos la ropa con urgencia contenida. Su camisa voló, revelando un pecho moreno, pectorales firmes que lamí con gusto, saboreando el sudor salado de su piel. Él desabrochó mi blusa, liberando mis senos, y los tomó con reverencia, chupando un pezón hasta que gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes sagradas.

Eres una diosa, Ana. Tu concha debe estar chorreando para mí —dijo con slang callejero, metiendo la mano bajo mi falda. Sus dedos encontraron mi humedad, resbaladizos, y yo jadeé, abriendo las piernas para él.

Me recargó contra la mesa de ofrendas, el borde duro mordiendo mi nalga, pero el placer lo borraba todo. Me bajó las panties, y su boca se hundió entre mis muslos. ¡Ay, wey, tu lengua es pecado puro! Lamía mi clítoris con maestría, sorbiendo mis jugos como néctar, mientras yo tiraba de su pelo y mis caderas se movían solas. El olor de mi excitación se mezclaba con el incienso, un perfume pecaminoso que nos envolvía.

Pero no quería correrme aún. Lo empujé al suelo, sobre una alfombra mullida, y le bajé el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en la mano, sintiendo su pulso caliente, y la metí en mi boca. Sabía a hombre puro, salado y almizclado. Lo chupé profundo, hasta la garganta, mientras él gruñía:

¡Puta madre, qué rica mamada! No pares, morra.

La tensión subía como olla exprés. Nos volteamos, yo encima, frotando mi concha empapada contra su polla. Nuestros cuerpos sudados se pegaban, piel con piel, resbalosos. El corazón me retumbaba en los oídos, mezclado con sus jadeos y el lejano tañido de una campana.

Acto dos: la escalada. Ahí, en medio del conflicto interno —¿y si nos cachan? ¿es esto blasfemia?—, el deseo ganaba, puro y crudo.

Finalmente, me hundí en él. Su verga me llenó centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué llena me sientes, Javier! Como si fueras hecho para mí. Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, el roce húmedo y obsceno. Sus manos amasaban mis nalgas, guiándome más rápido.

Córrete conmigo, Ana. Quiero sentirte apretándome —gruñó, pellizcando mis pezones.

El clímax nos golpeó como rayo. Mi concha se contrajo en espasmos, chorros de placer mojando su pubis, mientras él se vaciaba dentro de mí, caliente, espeso, marcándome. Grité su nombre, el eco profanando el silencio sagrado de la Iglesia Pasión de Cristo.

Nos quedamos jadeando, cuerpos entrelazados en el suelo fresco. Su semen goteaba de mí, un recordatorio pegajoso y satisfactorio. Me besó la frente, tierno ahora, y yo me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón calmarse al ritmo del mío.

Esto no fue pecado, fue bendición —susurró, acariciándome el pelo.

Salimos de la iglesia al anochecer, el aire fresco de la calle besando nuestra piel aún ardiente. Caminamos de la mano por las calles empedradas, riendo bajito de nuestra locura. En mi mente, la imagen de la Iglesia Pasión de Cristo quedó grabada: no como lugar de culpa, sino de liberación.

Acto tres: el eco. Ahora, cada domingo, vuelvo. No por misa, sino por él. Por esa pasión que Cristo mismo parece bendecir desde su cruz.

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