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El Color de la Pasión Capítulo 100 Fuego Desnudo

7057 palabras

El Color de la Pasión Capítulo 100 Fuego Desnudo

Valeria caminaba por los jardines de la hacienda en las afueras de Guadalajara, el aire tibio de la noche jaliciense cargado con el aroma dulce de las gardenias y el humo lejano de una fogata. La fiesta bullía a lo lejos: risas, mariachis tocando La Bikina con trompetas que vibraban en el pecho, y el tintineo de copas de tequila reposado. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una segunda piel, el escote profundo revelando el valle entre sus senos, y sus tacones altos crujían sobre la grava fina. Hacía meses que no veía a Diego, su amor intermitente, ese pendejo encantador que la volvía loca con solo una mirada.

Él estaba allí, recargado en una columna de piedra, con camisa blanca desabotonada hasta el pecho moreno, pantalón ajustado que marcaba sus muslos fuertes. Sus ojos negros la encontraron de inmediato, como imanes. Valeria sintió un cosquilleo en el vientre, un calor que subía por sus piernas, humedeciendo ya el encaje de sus bragas. ¿Por qué siempre me hace esto? Ese cabrón sabe que soy suya, pensó, mordiéndose el labio inferior.

Diego se acercó con paso felino, el olor de su colonia mezclada con sudor masculino invadiendo sus sentidos. "Nena, ¿qué onda? Te ves chingona esta noche", murmuró cerca de su oído, su aliento cálido rozando la piel sensible de su cuello. Ella giró la cabeza, sus labios a centímetros de los de él. "Tú tampoco te quedas atrás, güey. Pero no creas que por eso te voy a perdonar lo de la otra vez". La tensión entre ellos era palpable, un hilo estirado a punto de romperse. Habían peleado por celos tontos, por noches en que él desaparecía con "amigos", pero aquí, bajo las estrellas, el deseo borraba todo.

Quiero arrancarle la ropa aquí mismo, que todos vean cómo me come con los ojos. Pero no, hay que saborearlo despacio, se dijo Valeria, mientras su mano rozaba accidentalmente el brazo de él, sintiendo los músculos tensos bajo la piel suave.

La música cambió a un bolero lento, y Diego la tomó de la cintura, pegándola a su cuerpo. Bailaron en silencio, sus caderas moviéndose al ritmo, el bulto creciente en los pantalones de él presionando contra su monte de Venus. "Siento tu calor, mi reina", susurró él, su voz ronca como grava. Ella arqueó la espalda, dejando que sus senos rozaran el pecho de Diego. El roce era eléctrico, enviando chispas por su espina dorsal. Olía a él, a hombre, a pasión contenida.

Acto primero cerrado, se escabulleron hacia la parte trasera de la hacienda, donde un pasillo oscuro llevaba a una suite privada. La puerta se cerró con un clic suave, y de pronto estaban solos. Valeria lo empujó contra la pared, besándolo con hambre. Sus lenguas se enredaron, saboreando el tequila dulce y salado en la boca del otro. Manos ansiosas: las de él amasando sus nalgas firmes, las de ella desabotonando su camisa para clavar uñas en su torso definido.

"Te extrañé tanto, pinche Valeria. No sabes las noches que me la jalé pensando en ti", confesó Diego, jadeando mientras bajaba el vestido de ella, exponiendo sus pechos llenos, pezones duros como piedras preciosas. Ella rio bajito, un sonido gutural y sexy. "Órale, cabrón, muéstrame cuánto me quieres entonces". Lo jaló hacia la cama king size, con sábanas de satén blanco que crujían bajo su peso. La habitación olía a lavanda fresca y a su excitación mutua, ese almizcle inconfundible que llenaba el aire.

En el medio del acto, la intensidad subió como la marea en Puerto Vallarta. Diego la recostó con gentileza, besando cada centímetro de su piel: el hueco de la clavícula, el contorno de sus senos, lamiendo los pezones hasta hacerla gemir. "¡Ay, Diego, qué rico! No pares, mi amor". Sus manos expertas bajaron por su vientre plano, despojándola de las bragas empapadas. El dedo medio rozó su clítoris hinchado, trazando círculos lentos que la hicieron arquearse, las uñas clavándose en las sábanas. Es como fuego líquido en mis venas, este hombre me deshace, pensó ella, mientras el pulso le martilleaba en las sienes.

Él se arrodilló entre sus piernas, inhalando su aroma femenino, ese néctar dulce y salado. "Estás chorreando por mí, nena. Qué delicia". Su lengua se hundió en ella, lamiendo pliegues suaves, chupando el botón de placer con maestría. Valeria gritó, un sonido ahogado por la almohada, sus muslos temblando alrededor de la cabeza de Diego. El sonido húmedo de su boca devorándola era obsceno, delicioso, mezclado con sus jadeos entrecortados. "¡Más, chingado, más! Me vengo, Diego, ¡me vengo!". El orgasmo la sacudió como un terremoto, olas de placer contrayendo su interior, jugos calientes brotando en la lengua ávida de él.

Pero no pararon. Diego se quitó la ropa con prisa, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, la punta brillando de precúm. Valeria la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel aterciopelada sobre acero. "Qué vergón tan chulo tienes, amor. Ven, métemela toda". Lo guió dentro de ella, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirarla, llenarla por completo. Se movieron en sincronía, él embistiendo profundo, ella clavando talones en su espalda. El slap-slap de carne contra carne resonaba, sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo impregnando todo.

Internamente, Valeria luchaba con el torbellino:

Este es el color de la pasión, capítulo 100 de nuestra historia loca, donde el rojo de mi vestido se funde con el fuego en su mirada. No lo suelto nunca más
, pensó mientras él aceleraba, gruñendo como animal. "¡Te aprieto tanto, mi vida! ¡Vas a explotar!". Diego se tensó, su miembro hinchándose dentro, y eyaculó con un rugido, chorros calientes inundándola, mientras ella llegaba al pico otra vez, contracciones ordeñándolo hasta la última gota.

En el final, colapsaron enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El corazón de Valeria latía desbocado contra el de él, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Diego besó su frente, su nariz, sus labios hinchados. "Eres mi todo, Valeria. No más juegos, ¿eh? Somos tú y yo pa' siempre". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña. "Simón, güey. Pero la próxima vez, trae más tequila".

Se quedaron así, bajo la luz tenue de la luna filtrándose por las cortinas, el eco distante de la fiesta recordándoles el mundo exterior. El aroma de sus cuerpos unidos persistía, un recordatorio tangible de la pasión desatada. Valeria cerró los ojos, sintiendo el peso reconfortante de Diego sobre ella, el pulso calmado latiendo en unisono. Este capítulo cierra con fuego desnudo, pero el libro apenas empieza, reflexionó, mientras el sueño los envolvía en una paz profunda, empoderada por el amor mutuo que los unía.

La hacienda guardaba sus secretos, y el color de la pasión capítulo 100 se escribía en sus memorias con letras de fuego eterno.

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