Pasión Prohibida Capítulo 57 Fuego Bajo la Piel
Ana sentía el calor del atardecer colándose por las cortinas de su departamento en Polanco, ese aroma a jazmín del jardín de abajo mezclándose con el café que acababa de preparar. Su esposo, Roberto, andaba de viaje en Monterrey por unos días, y el silencio de la casa la ponía nerviosa, como si el aire mismo esperara algo. ¿Cuántas veces he fantaseado con esto? pensó, mientras se pasaba la mano por el cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave.
El timbre sonó, y su corazón dio un brinco. Era Marco, el vecino del piso de arriba, ese tipo alto, moreno, con ojos que prometían pecados sin decir palabra. Habían empezado como un simple buenos días en el elevador, pero las miradas se habían vuelto fuego puro, toques casuales que duraban de más. Pasión prohibida, se decía ella en sus noches solitarias, escribiendo en su diario como si fuera una novela que no podía soltar. Capítulo tras capítulo de deseo contenido.
Abrió la puerta con una sonrisa que intentaba ser casual. Marco traía una botella de mezcal en la mano, su camisa blanca pegada al pecho por el sudor del día, oliendo a colonia fresca y algo más, algo masculino que le erizaba la piel.
"¿Qué onda, Ana? Traje esto pa' que probemos. Roberto no está, ¿verdad?"
Su voz grave, con ese acento chilango que la volvía loca, la hizo tragar saliva. Neta, ¿por qué me tiemblan las piernas? Entró, y el espacio entre ellos se cargó de electricidad. Se sentaron en el sofá de piel beige, sirviendo shots en vasos helados. El mezcal bajaba ardiente por su garganta, despertando sabores ahumados y un calor que se extendía al vientre.
Hablaron de todo y nada: del tráfico en Insurgentes, de la pinche lluvia que no paraba, pero sus ojos se devoraban. La rodilla de él rozó la de ella, y Ana no se movió. Al contrario, su mano se posó ahí, suave al principio, como preguntando permiso.
"Sabes que esto es una locura, ¿verdad?", murmuró ella, pero su voz salió ronca, traicionera.
Marco se acercó, su aliento cálido contra su oreja. "Lo sé, pero neta, no aguanto más verte así, tan rica, tan cerca."
El beso llegó como una tormenta. Sus labios se encontraron, suaves al inicio, explorando el sabor del mezcal en la lengua del otro. Ana sintió el roce áspero de su barba incipiente contra su mejilla, el calor de sus manos grandes subiendo por su espalda, desabrochando el primer botón de su blusa. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras sus dedos se enredaban en el pelo de él, tirando suave para profundizar el beso.
La tensión del principio se rompió como una presa. Se levantaron del sofá enredados, tropezando con la mesita, riendo bajito entre besos. El dormitorio estaba a unos pasos, pero el camino se llenó de caricias: él le mordisqueó el lóbulo de la oreja, enviando chispas por su espina; ella le arañó la nuca, sintiendo los músculos tensos bajo sus uñas.
En la cama, la luz del atardecer pintaba sus cuerpos en tonos naranjas. Ana se quitó la blusa despacio, dejando que él viera sus senos libres bajo el brasier de encaje negro. Los ojos de Marco se oscurecieron, y gruñó bajito, un sonido animal que la mojó al instante. "Eres una diosa, Ana. Pinche tentación."
Él se desnudó rápido, revelando un torso marcado por horas en el gym, vello oscuro bajando hasta donde su deseo latía duro y listo. Ana lo tocó, envolviéndolo con la mano, sintiendo el pulso caliente, la piel sedosa sobre la rigidez. Marco jadeó, cerrando los ojos. Me encanta tenerlo así, rendido, pensó ella, ganando confianza, poder en ese toque.
Se tumbaron, piel contra piel. El olor de sus cuerpos mezclados –sudor limpio, perfume y excitación cruda– llenaba la habitación. Él besó su cuello, bajando lento por el pecho, lamiendo un pezón hasta endurecerlo, chupando con hambre que la hacía arquearse. "¡Órale, Marco!", gimió ella, las caderas moviéndose solas, buscando fricción.
Sus manos exploraban: ella le apretaba las nalgas firmes, él le separaba los muslos, rozando con los dedos el centro húmedo de su ser. Entró un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, donde el placer explotaba en olas. Ana mordió la almohada para no gritar, pero el sonido se escapó igual, ronco y desesperado. El roce era perfecto, resbaloso, con ese shlick húmedo que volvía loco a cualquiera.
"Te quiero adentro", susurró ella, mirándolo a los ojos. No había dudas, solo pura necesidad mutua. Marco se colocó, frotándose primero contra su entrada, lubricándose con sus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono, sintiendo el calor apretado, el latido compartido.
Empezaron un ritmo lento, profundo. Cada embestida era un choque de caderas, piel palmoteando suave, sudada. Ana clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que él llevaría con orgullo. "Más fuerte, cabrón", lo retó ella, y él obedeció, acelerando, el colchón crujiendo bajo ellos. El aire se llenó de gemidos, de respiraciones entrecortadas, del olor almizclado del sexo.
Internamente, Ana luchaba un segundo: Esto es prohibido, pero qué padre se siente ser libre por fin. El conflicto se disolvía en placer, en la forma en que él la llenaba, en cómo sus cuerpos encajaban como piezas perfectas. Marco le susurraba guarradas al oído: "Tu coño es una delicia, Ana, tan apretadito pa' mí". Ella reía entre moans, empoderada, respondiendo con "Cógeme como hombre, no pares".
La intensidad subió. Él la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas, embistiendo con fuerza animal. Ana se tocaba el clítoris, círculos rápidos que la llevaban al borde. Sentía cada vena de él deslizándose dentro, el golpe de sus bolas contra su piel, el sudor goteando de su frente a su espalda. "Me vengo, Marco, ¡no pares!" gritó, y el orgasmo la sacudió como un rayo, contracciones que lo ordeñaban, jugos corriendo por sus muslos.
Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo. Se derrumbaron juntos, exhaustos, pegajosos, respirando como después de una carrera.
En el afterglow, yacían enredados, el corazón de él latiendo contra su pecho. Marco le acariciaba el pelo, besándole la sien. "Esto fue chido, Ana. Neta, no me arrepiento."
Ella sonrió, trazando círculos en su piel. Pasión prohibida, capítulo 57, pensó, como si cerrara una página en su diario mental. El conflicto seguía ahí, sutil, pero el placer lo opacaba. Mañana volvería la rutina, Roberto regresaría, pero esta noche era suya. Se sentía viva, deseada, poderosa. El jazmín del jardín subía de nuevo por la ventana, mezclándose con su aroma compartido, prometiendo más capítulos en esta historia que no quería terminar.