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Pasion Y Poder Casting

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Pasion Y Poder Casting

Entré al estudio en Polanco con el corazón latiéndome como tamborazo en fiesta. El aire olía a café recién hecho y a ese perfume caro que usan los ejecutivos, mezclado con el leve aroma a maquillaje de las chicas que esperaban su turno. Yo, Ana, veintiocho años, curvas que mi mamá dice que son herencia de la abuela oaxaqueña, y un sueño clavado en la frente: ser la protagonista de Pasión y Poder, la nueva telenovela que todos comentan. "Órale, carnala, tú puedes", me dije mientras ajustaba mi falda ajustada, negra como la noche, que marcaba mis caderas sin ser vulgar.

El pasillo estaba lleno de posters gigantes de galanes y divas pasadas, pero el que me llamó fue el del casting oficial: Pasión y Poder Cast. Ahí estaba el nombre del productor, Ricardo Salazar, un tipo de cuarenta y tantos, con fama de tener el poder en la mirada. Lo había visto en entrevistas, moreno, alto, con esa sonrisa que dice "yo mando aquí". Mi piel se erizó solo de imaginarlo. ¿Sería verdad lo que chismeaban las weyas en el grupo de WhatsApp? Que en los castings privados pasa de todo, pero siempre con acuerdo mutuo, puro fuego consensuado.

Me llamaron. "Ana López, al foro tres". Entré temblando un poquito, pero con la cabeza en alto. El foro era chido: luces suaves, sofá de cuero negro que crujía al tocarlo, y en el centro, Ricardo, sentado como rey en su trono, con camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes, venas marcadas que gritaban fuerza. Olía a él: colonia amaderada, con un toque de sudor fresco del día ajetreado. "

¡Pásale, Ana! Siéntate, relájate
", dijo con voz grave, como ronroneo de jaguar. Sus ojos cafés me recorrieron despacio, deteniéndose en mis labios pintados de rojo pasión.

Empecé la lectura. La escena era intensa: mi personaje seduciendo al galán en una hacienda. Leía mis líneas, pero él me interrumpía con sugerencias. "Siente el poder, Ana. Pasión y poder, eso es el cast", murmuró, acercándose. Su aliento cálido rozó mi oreja, y sentí un cosquilleo bajarme por la espalda hasta las nalgas. "¿Quieres probar la química real?", preguntó, y su mano rozó mi rodilla accidentalmente. No accidental. Mi pulso se aceleró, el corazón martilleando contra las costillas. No mames, Ana, esto es lo que querías. Consensuado, chingón, empoderador.

Asentí, mordiéndome el labio. "Sí, Ricardo. Muéstrame". Él se levantó, imponente, y me tendió la mano. Su palma era áspera, de hombre que trabaja, no solo manda. Me puso de pie, y de pronto estábamos cerca, cuerpos casi tocándose. El aire se cargó de electricidad, como antes de tormenta en el DF. "

Ensayemos
", susurró, y sus labios capturaron los míos. Beso suave al principio, explorando, lengua tibia probando mi sabor a menta y deseo. Gemí bajito, mis manos subiendo por su pecho firme, sintiendo los músculos contraerse bajo la camisa.

La tensión creció como olla exprés. Me empujó contra el sofá, pero con cuidado, preguntando con la mirada: ¿sí? Asentí, enciéndeme. Le quité la camisa, revelando torso moreno, vello oscuro que bajaba en línea tentadora hasta el pantalón. Olía a macho sudado, delicioso, primitivo. Mis uñas arañaron suave su piel, oyendo su gruñido ronco, como león herido de placer. "Qué chula eres, pinche diosa", masculló, voz entrecortada. Bajó mi blusa, exponiendo mis senos plenos, pezones duros como piedras de obsidiana. Los lamió, succionó, enviando chispas directas a mi entrepierna húmeda.

El medio acto ardía. Mis pensamientos volaban:

Esto es poder, Ana. Tú lo eliges, tú lo gozas. No es sumisión, es fusión
. Le desabroché el pantalón, liberando su verga erecta, gruesa, palpitante, con venas que latían como mi clítoris. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, y él jadeó. "¡Órale, qué mano!" La besé, saboreando su gusto salado, almizclado, mientras él gemía mi nombre. Me recostó, quitándome la falda y las tangas de encaje. Sus dedos exploraron mi coño mojado, resbaloso, círculos lentos en el clítoris que me hicieron arquear la espalda, gimiendo fuerte, eco en el foro vacío.

La intensidad subía. Me penetró con dos dedos primero, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. "Estás chorreando, mi reina", dijo, y yo reí, empoderada. "Dame más, pendejo sexy", exigí, y él obedeció. Se colocó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada, caliente, pesada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Nuestros cuerpos chocaban, sudor perlando pieles, slap-slap de carne contra carne, mezclado con nuestros jadeos y "¡Sí, así!".

El ritmo aceleró. Él embestía profundo, yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas como trofeos. Olía a sexo puro: jugos míos, sudor nuestro, pasión desatada. Mis tetas rebotaban con cada thrust, él las amasaba, pellizcando pezones. Internamente gritaba:

Esto es el cast perfecto, pasión y poder en cada embestida. Soy la protagonista
. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como jinete en rodeo, caderas girando, sintiendo su verga golpear mi G directo. Él gemía "¡No mames, Ana, me vas a matar!", manos en mis nalgas, guiándome.

El clímax se acercaba, como volcán en Popocatépetl. Mis paredes se contraían alrededor de él, ordeñándolo. "¡Me vengo!", grité, y exploté, olas de placer sacudiéndome, coño pulsando, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, tensándose, y se corrió dentro, chorros calientes bañándome, mezclándose con mi orgasmo. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono. Su semen goteaba lento, cálido, recordatorio de unión.

El afterglow fue dulce. Me abrazó, besos suaves en la frente. "Fuiste perfecta, Ana. El papel es tuyo", susurró, pero yo sabía que no era solo el rol. Era conexión real, poder compartido. Me vestí despacio, piernas temblorosas, sintiendo su esencia aún en mí. Salí del foro con sonrisa de reina, el aire nocturno de la ciudad refrescando mi piel enrojecida. Pasión y poder cast, murmuré, saboreando la victoria. Mañana, el mundo sería mío.

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