Pasión Según San Mateo Bach Desnuda
Sofía se recargó en el sillón de cuero negro de su depa en la Roma Norte, con el calor de la tarde mexicana aún pegado a la piel. El sol se colaba por las cortinas entreabiertas, tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que su blusa de algodón se pegara a sus curvas. Frente a ella, Diego armaba el viejo tocadiscos, ese que habían comprado en un tianguis de la Lagunilla, con una sonrisa pícara que le hacía brillar los ojos cafés.
Órale, este Bach va a sonar chingón esta noche, pensó ella, mientras lo veía mover las manos con esa delicadeza que tanto la encendía. Habían quedado de noche para cenar tacos de suadero de la esquina, pero el plan cambió cuando Diego sacó el vinilo de Pasión según San Mateo de Bach. "Neta, Sofi, esta música es pura pasión, como tú", le dijo él, guiñándole el ojo.
La aguja rozó el surco y el aria inicial llenó el aire: coros graves que vibraban en el pecho como un latido profundo. Sofía sintió un cosquilleo en la nuca, el sonido envolviéndola como un abrazo cálido y prohibido. Diego se acercó, sentándose a su lado, su muslo rozando el de ella. Olía a jabón fresco y a esa colonia con notas de madera que la volvía loca. "Baila conmigo", murmuró él, extendiendo la mano.
Ella se levantó, la falda ligera flotando alrededor de sus piernas. Sus cuerpos se pegaron en un vaivén lento, siguiendo el ritmo de los violines que subían y bajaban como caricias invisibles. El aroma de su piel se mezclaba con el del incienso que ardía en la mesita, un sahumerio de copal que Diego había traído de Oaxaca.
¿Por qué esta música me pone así de caliente? Es como si Bach supiera de mis deseos más cabrones, se dijo Sofía, mientras sus pechos rozaban el torso firme de él.
La tensión crecía con cada acorde. Diego deslizó una mano por su espalda, bajando hasta la curva de sus nalgas, apretando suave pero firme. Ella jadeó, el sonido perdido en el crescendo del coro. "Estás riquísima, mamacita", le susurró al oído, su aliento caliente contra su lóbulo. Sofía giró la cara, capturando sus labios en un beso que sabía a tequila reposado y a promesas. Sus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras las cuerdas de Bach gemían en éxtasis.
Se separaron solo para respirar, ojos clavados uno en el otro. El vinilo seguía girando, ahora en el recitativo de Mateo, voz tenor que narraba pasión y entrega. Diego la llevó al sofá, tumbándola con cuidado, como si fuera una ofrenda. Sus dedos desabotonaron la blusa de Sofía, revelando la piel bronceada y los encajes negros de su brasier. Su toque es fuego, neta que me derrite, pensó ella, arqueando la espalda.
Él besó su cuello, bajando por la clavícula, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. El olor de su arousal flotaba en el aire, almizclado y dulce, mezclándose con las notas graves del órgano. Sofía metió las manos bajo la camisa de Diego, sintiendo los músculos duros de su abdomen, los vellos rizados que le erizaban la palma. "Quítatela, pendejo", le ordenó juguetona, tirando de la tela.
Desnudo de torso, Diego era una visión: pectorales marcados por horas en el gym de la colonia, piel morena reluciente bajo la luz tenue. La Pasión según San Mateo de Bach alcanzaba su clímax emocional, coros que rugían como un orgasmo contenido. Sofía abrió las piernas, invitándolo. Él se arrodilló, subiendo la falda, besando el interior de sus muslos. El roce de su barba incipiente la hizo temblar, un escalofrío que subía desde los dedos de los pies.
"Diego... no pares, wey", gimió ella, mientras sus labios encontraban el encaje húmedo. El sabor de su deseo lo invadió: salado, ácido, adictivo. Lamía despacio, la lengua trazando círculos alrededor del clítoris hinchado, succionando suave. Sofía clavó las uñas en el sofá, el cuero crujiendo bajo sus dedos. Los sonidos de Bach se volvían sus propios jadeos: arias que subían en falsete, cuerdas que vibraban como nervios expuestos.
La levantó en brazos, llevándola a la recámara. La cama king size los esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Se desvistieron mutuamente, risas entrecortadas y besos robados. La verga de Diego saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al ritmo de su pulso acelerado. Sofía la tomó en mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre la dureza. "Estás como piedra, amor", ronroneó, masturbándolo lento mientras él gemía.
Se tumbaron, ella encima, cabalgándolo con maestría. La penetración fue profunda, un estiramiento delicioso que la llenó por completo. El slap de sus cuerpos chocando se unía al forte del coro final. Sudor goteaba, mezclándose en el valle de sus pechos. Diego amasaba sus nalgas, guiando el ritmo, sus ojos fijos en los de ella.
Esto es mejor que cualquier pinche concierto, Bach nos bendice con esta pasión, pensó Sofía, mientras rotaba las caderas, rozando su punto G contra él.
La intensidad subía: ella aceleró, pechos rebotando, pezones duros rozando su pecho. Él se incorporó, chupando uno, mordisqueando suave. El placer era un torbellino sensorial: el olor almizclado de sus sexos, el sabor salado en sus labios, el sonido húmedo de la fricción, la vista de su rostro contorsionado en placer. "¡Me vengo, Diego! ¡Chíngame más fuerte!", gritó ella, el orgasmo explotando en oleadas, contracciones que ordeñaban su verga.
Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada. Sus bolas golpeaban el clítoris, prolongando las réplicas de ella. La Pasión según San Mateo de Bach llegaba a su resolución, un fade out sereno que contrastaba con su frenesí. Diego gruñó, profundo y animal, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo.
Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas, el vinilo llegando al final con un susurro. El aire olía a sexo y copal, sus respiraciones sincronizadas. Diego la besó en la frente, suave. "Eres mi pasión, Sofi, mejor que cualquier Bach". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. Neta, esta noche fue épica. La música nos unió como nunca.
Se quedaron así, escuchando el silencio post-orgásmico, cuerpos laxos y almas plenas. Afuera, la ciudad bullía con cláxones lejanos, pero en su mundo, solo existía esa conexión profunda, tejida por notas eternas y deseo mexicano puro.