Cuantos Capitulos Tiene Mi Abismo de Pasion
La noche caía suave sobre el departamento en Polanco, con el aroma a jazmín del balcón colándose por la ventana entreabierta. Rosa se recostaba en el sofá de piel beige, las piernas enredadas con las de Marco, su chulo de ojos café que siempre la hacía sentir como la reina del mundo. La tele murmuraba el final de un capítulo de Abismo de Pasión, esa telenovela que los tenía enganchados desde hace semanas. El sudor del día aún pegaba sus camisetas al cuerpo, y el roce de sus pieles ya encendía chispas.
—Órale, ¿y cuántos capítulos tiene Abismo de Pasión? —preguntó Rosa, girando la cara para oler el cuello de Marco, ese olor a jabón mezclado con su esencia masculina que la volvía loca.
Él sonrió, pasando la mano por su muslo moreno, subiendo despacito hasta el borde de su short.
«Esta mujer me trae de calesita», pensó Marco, sintiendo cómo su verga empezaba a endurecerse contra la tela.—No sé, mamacita, pero cada uno es un abismo más profundo. Como lo nuestro.
Rosa sintió un cosquilleo en el vientre, ese calor que subía como tequila puro. Se incorporó un poco, presionando sus pechos contra el brazo de él. La pantalla parpadeaba con los créditos, música dramática llenando el aire, pero sus ojos se clavaban uno en el otro. El deseo inicial era como un susurro: ¿seguimos viendo o nos metemos en nuestro propio drama pasional?
Marco apagó la tele con el control, dejando el cuarto en penumbras, solo iluminado por la luna que se colaba como una caricia plateada. La besó entonces, lento, saboreando sus labios carnosos con sabor a chicle de tamarindo. Sus lenguas bailaron, húmedas y calientes, mientras las manos de ella exploraban su pecho firme bajo la playera. Qué rico se siente su piel, pensó Rosa, como terciopelo caliente.
El beso se profundizó, y Marco la jaló sobre su regazo. Rosa montó a horcajadas, sintiendo la dureza de él presionando contra su concha a través de la ropa. Gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su garganta. —Pinche novela, siempre me pone cachonda —confesó ella, mordisqueando su oreja.
Él rio, una carcajada ronca que erizó la piel de Rosa. Sus manos grandes subieron por su espalda, desabrochando el bra debajo de la blusa.
«Quiero comérmela entera, despacito, hasta que grite mi nombre», se dijo Marco, mientras lamía el hueco de su clavícula, probando el salado de su sudor.
La tensión crecía como tormenta en el desierto: besos más urgentes, roces más firmes. Rosa se quitó la blusa, dejando al aire sus tetas redondas, pezones duros como piedras de obsidiana. Marco las tomó en sus palmas, masajeándolas con pulgares expertos, haciendo que ella arqueara la espalda. El aire se llenó del aroma de su excitación, ese olor almizclado que los volvía animales.
Se levantaron del sofá en un enredo de cuerpos, tropezando con la mesita de centro. Risitas nerviosas rompieron la intensidad un segundo, pero el fuego no se apagaba. Marco la cargó hasta la recámara, sus brazos fuertes como ramas de ahuehuete. La cama king size los recibió con sábanas frescas de algodón egipcio, contrastando con el calor de sus pieles.
Allí, en el medio, el conflicto interno de Rosa afloró.
«¿Y si esto es solo pasión fugaz como en la novela? No, con él es real, profundo». Lo miró a los ojos, vulnerable. —¿Sabes? En Abismo de Pasión siempre hay traiciones, pero contigo quiero todos los capítulos felices.
Marco la tumbó suave, quitándole el short y las panties de encaje negro. —Cariño, nuestro abismo no tiene fin. —Besó su ombligo, bajando por el monte de Venus, inhalando su esencia dulce y salada. Su lengua trazó líneas de fuego en sus muslos internos, haciendo que Rosa se retorciera, las uñas clavándose en las sábanas.
La escalada era imparable. Él se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Rosa la tomó en su mano, sintiendo el calor vivo, la suavidad de la piel sobre el acero. La masturbó despacio, viendo gotas de precum brillar a la luz de la lámpara. —Qué chulada, pendejo —dijo juguetona, lamiendo la punta, saboreando el gusto salado y ligeramente dulce.
Marco gruñó, un sonido primitivo que vibró en el pecho de ella. La penetró con los dedos primero, dos gruesos curvándose dentro de su concha húmeda, frotando ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido de sus jugos era obsceno, chapoteante, mezclado con jadeos. Rosa empujaba las caderas, persiguiendo más, el placer construyéndose en espiral.
—Te quiero dentro —suplicó ella, voz ronca.
Él se posicionó, la punta rozando su entrada resbaladiza. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el estirón perfecto, el llenado completo. Marco empezó a moverse, embestidas profundas y pausadas, sintiendo las paredes de ella apretándolo como guante de terciopelo caliente.
El ritmo aceleró, piel contra piel en palmadas rítmicas, sudor perlando sus cuerpos. Rosa clavó las piernas en su espalda, urgiéndolo más hondo. El olor a sexo, a nosotros, me marea, pensó ella, mientras lamía el sudor de su cuello. Él mordía sus hombros, dejando marcas rojas de pasión consentida.
La intensidad psicológica subía paralela: recuerdos de noches pasadas, promesas susurradas. —Eres mi todo, mi reina —jadeaba Marco, acelerando, sus bolas golpeando contra ella.
Rosa sentía el orgasmo acechando, una ola gigante en el horizonte. Cambiaron posiciones; ella encima, cabalgándolo como amazona, tetas rebotando, manos en su pecho para apoyo. Controlaba el ritmo, girando caderas, frotando su clítoris contra el pubis de él. El placer era eléctrico, rayos por la espina dorsal.
—Ya casi, no pares —gimió ella, voz quebrada.
Marco la ayudó, manos en sus nalgas, guiándola. El clímax la golpeó como tsunami: cuerpo convulsionando, concha contrayéndose en espasmos, un grito ahogado saliendo de su garganta. Olas de éxtasis la barrieron, visión borrosa, gusto metálico en la boca.
Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre, verga hinchándose al eyacular chorros calientes dentro de ella. Se derrumbó sobre su pecho, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, se quedaron unidos, él aún dentro, suave ahora. Caricias perezosas, besos suaves. El aroma a sexo impregnaba el cuarto, mezclado con el jazmín del balcón. Rosa trazó círculos en su espalda.
«Este es nuestro abismo, infinito, sin capítulos amargos».
—¿Y ahora qué? ¿Vemos el próximo capítulo de la novela? —bromeó Marco, besando su frente.
Ella rio, apretándolo más. —No, güey. Sigamos escribiendo el nuestro.
La noche se extendía, promesa de más pasiones, más abismos compartidos. En ese departamento luminoso, su historia no tenía fin, solo capítulos de puro fuego.