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Eva Pasión de Gavilanes

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Eva Pasión de Gavilanes

Eva caminaba por el amplio patio de la hacienda en las afueras de Culiacán, donde el sol de mediodía hacía que el aire oliera a tierra seca y jazmines silvestres. Su piel morena brillaba con un leve sudor que delineaba las curvas de su figura voluptuosa bajo una blusa de algodón blanco, casi transparente. Llevaba el cabello negro suelto, cayendo en ondas salvajes hasta su cintura, y unos jeans ajustados que acentuaban sus caderas anchas. Hacía calor, un calor que se metía hasta los huesos, pero Eva se sentía viva, como si el mismo sol le avivara un fuego interno que no se apagaba desde hace semanas.

Qué chinga, este calor me tiene loca, pensó mientras se abanicaba con la mano. La hacienda era su orgullo, heredada de su familia, con establos llenos de caballos finos y jardines que perfumaban el viento con rosas y bugambilias. Hoy esperaban visitas: Alejandro, el capataz vecino, un moreno alto y musculoso que manejaba su propio rancho con mano firme. Lo conocía de fiestas pasadas, de esas donde la banda tocaba corridos y el tequila corría como río. Siempre había habido una chispa entre ellos, miradas que se cruzaban demasiado tiempo, roces casuales que dejaban la piel erizada.

El motor de una camioneta retumbó en la entrada. Eva se enderezó, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Bajó los escalones con paso firme, sus botas resonando contra la piedra. Alejandro salió del vehículo, quitándose el sombrero vaquero para saludar. Sus ojos cafés la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en sus labios carnosos.

Órale, Eva, estás más rica que nunca. ¿Qué onda con ese glow?

Neta, Ale, tú que vienes a verme con esa cara de pendejo enamorado —rió ella, acercándose para darle un abrazo que duró un segundo de más. Su pecho rozó el de él, duro como roble, y olió su aroma: jabón fresco mezclado con cuero y sudor masculino. El pulso se le aceleró, un latido sordo entre las piernas.

Entraron a la casa, donde el aire era más fresco gracias a los ventanales abiertos. Sirvió refresco de tamarindo, frío y dulce, que goteaba condensación por los vasos. Hablaron de caballos, de la próxima feria ganadera, pero las palabras eran solo excusa. Sus rodillas se tocaban bajo la mesa de madera, y cada roce enviaba chispas por la espina dorsal de Eva.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Eva sentía su centro humedecerse, un calor líquido que la hacía apretar los muslos. Este wey me prende con solo mirarme, ya quiero sentirlo encima.

Al atardecer, pusieron música. Una ranchera de Los Tigres del Norte llenó el salón, con trompetas vibrantes y acordeón que invitaba a mover las caderas. Alejandro la tomó de la mano.

Ven, Eva, baila conmigo como en las fiestas de pueblo.

Ella se pegó a su cuerpo, sintiendo la dureza de su verga contra su vientre a través de los pantalones. Sus manos grandes la sujetaban por la cintura, bajando despacio hasta sus nalgas, amasándolas con posesión. El sudor de ambos se mezclaba, salado en la piel, mientras sus bocas se buscaban. El primer beso fue fuego: labios suaves chocando, lenguas enredándose con sabor a tamarindo y deseo puro. Eva gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su garganta.

Ale, no mames, me tienes mojadísima —susurró contra su boca, mordiéndole el labio inferior.

Él gruñó, levantándola en brazos como si no pesara nada. Sus piernas se enredaron en su cintura, y la llevó al cuarto principal, donde la cama king size con sábanas de lino blanco esperaba. La tiró suave sobre el colchón, el aire acondicionado zumbando de fondo, pero el calor entre ellos era sofocante. Eva se quitó la blusa de un tirón, dejando ver sus senos grandes, pezones oscuros endurecidos como piedras preciosas. Alejandro se desvistió rápido, su torso esculpido por años de trabajo en el rancho reluciendo bajo la luz tenue del atardecer que entraba por la ventana.

Se arrodilló entre sus piernas, besando su ombligo, bajando por el vientre suave hasta el borde de los jeans. Desabrochó el botón con los dientes, un juego que la hizo arquear la espalda. El zipper bajó lento, revelando la tanga de encaje negro empapada. Olía a ella, a almizcle femenino dulce y embriagador. Alejandro inhaló profundo, lamiendo por encima de la tela.

Chíngame, Eva, tu olor me vuelve loco. Eres pura pasión de gavilanes, salvaje y ardiente.

Eva jadeó, enredando los dedos en su cabello corto. Sí, soy Eva, pasión de gavilanes, y este pendejo me va a hacer volar. Él le quitó la tanga, exponiendo su panocha hinchada, labios rosados brillando de jugos. Su lengua la invadió, plana y caliente, lamiendo desde el clítoris hasta el entrada, saboreando su esencia salada y dulce como miel de maguey. Eva gritó, caderas elevándose, el placer como olas chocando. Chupaba su botón con succiones rítmicas, metiendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas.

¡Ay, wey, no pares! Me vengo, me vengo... —Sus muslos temblaron, un orgasmo la atravesó como rayo, jugos brotando que él bebió con avidez.

Aún palpitante, Eva lo empujó boca arriba. Quería devorarlo. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza morada goteando precum. La tomó en mano, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada. La masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gemía. Luego, se la metió a la boca, succionando profundo, lengua girando alrededor del glande. Sabía salado, varonil, y ella lo tragaba hasta la garganta, ahogando arcadas por puro gusto.

Eva, pasión de gavilanes, me vas a matar así —jadeó él, manos en sus tetas, pellizcando pezones.

No aguantó más. Eva se montó encima, guiando la verga a su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, estirándose alrededor de su grosor. Pinche verga chingona, me llena toda. Comenzó a cabalgar, nalgas rebotando contra sus muslos, senos saltando hipnóticos. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus gemidos roncos. Alejandro la sujetaba las caderas, embistiendo arriba, profundo, golpeando su cervix con cada thrust.

Cambiaron posiciones: él encima, misionero feroz, piernas de ella sobre sus hombros para penetrar más hondo. Sudor chorreaba de su frente al valle de sus senos, lamiéndolo ella con deleite salado. El olor a sexo impregnaba la habitación, almizcle y fluidos mezclados. Eva clavaba uñas en su espalda, dejando surcos rojos, mientras él la chingaba sin piedad, bolas golpeando su culo.

¡Más duro, Ale! Dame todo, cabrón.

El clímax se acercaba, tenso como cuerda de guitarra. Eva sintió el orgasmo nacer en su vientre, expandiéndose en espasmos que apretaban su verga como puño. Gritó su nombre, cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando las sábanas. Alejandro rugió, hinchándose dentro, eyaculando chorros potentes que la llenaban hasta rebosar, caliente y espeso.

Colapsaron juntos, pechos agitados, pieles pegajosas. Él se quedó adentro, suave ahora, besándola lento, lenguas perezosas. El aire olía a ellos, a pasión consumada. Eva acarició su rostro barbado, sintiendo una paz profunda.

Eres increíble, Eva. Pasión de gavilanes pura, me tienes enganchado —murmuró él, rozando su nariz con la de ella.

Y tú mi chingón, Ale. Esto apenas empieza —sonrió, sabiendo que el fuego entre ellos ardía eterno, como el sol sinaloense.

Se durmieron entrelazados, el viento nocturno trayendo ecos de grillos y el aroma de tierra húmeda, prometiendo más noches de éxtasis en la hacienda.

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