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La Pasion de Cristo Secuela

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La Pasion de Cristo Secuela

Las calles empedradas de Taxco bullían de vida esa noche de Jueves Santo. El aroma a incienso quemado se mezclaba con el dulzor de las cempasúchiles y el sudor de la multitud apiñada. Yo, Ana, una chilanga de treinta y tantos que había escapado del caos de la Ciudad de México para Semana Santa, me abrí paso entre la gente. Llevaba un rebozo ligero sobre los hombros, pero el calor me hacía sudar, pegando la blusa a mis tetas generosas. Qué chingón está este ambiente, pensé, mientras el tamborileo de las matracas anunciaba el inicio de la Pasión de Cristo.

Ahí estaba él, en el centro del escenario improvisado: Alejandro, el actor que interpretaba a Jesús. Alto, moreno, con barba espesa y ojos negros que brillaban bajo las luces de los faroles. Su túnica ceñida marcaba los músculos de su pecho, y cuando cargó la cruz, un jadeo colectivo escapó de la muchedumbre. Pero yo solo lo veía a él. Su piel olivácea relucía con sudor, como si de verdad llevara el peso del mundo. Mi coño se contrajo involuntariamente, un calor traicionero subiendo por mis muslos. ¿Qué carajos me pasa? Esto es sagrado, pendeja.

La representación terminó con el clavo en la cruz, y la gente se dispersó murmurando oraciones. Yo me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo, pero en realidad espiándolo mientras se quitaba la corona de espinas. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, una curva pícara en sus labios carnosos.

Ven, acércate, parecía decir su gesto.
Caminé hacia él como hipnotizada, el corazón latiéndome en la garganta.

—Buenas noches, güerita. ¿Te gustó la obra? —me dijo con voz grave, ronca como el tequila reposado.

—Estuvo padre, carnal. Tú como Cristo... qué presencia, ¿no? —respondí, mordiéndome el labio sin darme cuenta. Olía a él: tierra húmeda, sudor masculino y un toque de colonia barata pero excitante.

Charlamos un rato. Se llamaba Alejandro, era de Guerrero, actor local que montaba estas obras cada año. Hablamos de la fe, de cómo la Pasión siempre le removía algo profundo. —Pero ¿y si hubiera una secuela? —dijo de pronto, guiñándome el ojo—. La Pasion de Cristo Secuela, donde resucita no solo en espíritu, sino en carne viva.

Mi pulso se aceleró. No mames, ¿está coqueteando? Reí nerviosa, sintiendo mis pezones endurecerse contra la tela. —Suena pecaminoso, pero intrigante. ¿Qué pasaría en esa secuela tuya?

—Ven y te lo cuento —me invitó, señalando una posada cercana con balcones de herrería y luces tenues. No lo pensé dos veces. El deseo era un fuego que me lamía las entrañas.

Subimos las escaleras crujientes hasta su habitación. El aire estaba cargado de jazmín del patio abajo y el eco distante de una guitarra ranchera. Cerró la puerta, y de repente su boca estaba en la mía. Beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a tabaco y pasión contenida. Sus manos grandes me apretaron la cintura, subiendo a amasar mis nalgas firmes. ¡Qué rico se siente su verga dura contra mi vientre! Gemí bajito, el sonido ahogado por su garganta.

—Imaginemos que soy él, resucitado —susurró, quitándome la blusa con urgencia. Mis tetas saltaron libres, pesadas y ansiosas. Él las devoró con la mirada, luego con la boca: chupó un pezón, tirando suave con los dientes, mientras su mano se colaba bajo mi falda. Tocó mi panocha empapada, resbaladiza de jugos. —Estás chorreando, Ana. Esto es la secuela que soñé.

Me tendí en la cama de sábanas ásperas, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Él se desvistió lento, como en un ritual. Su cuerpo era un templo: abdomen marcado, verga gruesa y venosa erguida como una cruz de carne. El olor de su excitación me invadió, almizcle puro que me mareaba. Lo jalé hacia mí, lamiendo su pecho salado, bajando hasta su ombligo. Mi lengua trazó la V de su pelvis, y él gruñó, enredando dedos en mi cabello negro.

Quiero devorarlo todo, que me folle como si fuera la redención, pensé, mientras lo tomaba en la boca. Su verga llenaba mi garganta, pulsando caliente, sabor salado y varonil. Él jadeaba, caderas moviéndose suave: —¡Así, mamacita, chúpamela rica!

La tensión crecía como tormenta. Me volteó boca abajo, besando mi espalda en columna, hasta llegar a mis nalgas. Separó mis cachetes y lamió mi ano primero, juguetón, luego hundió la lengua en mi coño. ¡Ay, cabrón, qué lengua tan diabla! Arqueé la espalda, mojaduras goteando por mis muslos. Sus dedos entraron, dos, tres, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, el cuarto llenándose de nuestros sonidos obscenos: chapoteos húmedos, respiraciones entrecortadas.

—Te voy a llenar, Ana. Esta es la pasion de cristo secuela, mi resurrección en ti —dijo, colocándose detrás. La punta de su verga rozó mi entrada, resbalando en mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, como si me partiera en dos de placer. Empujó hondo, y grité su nombre, uñas clavadas en las sábanas.

Follamos como posesos. Él embestía fuerte, bolas golpeando mi clítoris, mientras yo me mecía contra él, buscando más. Sudor nos unía, pieles resbalosas chocando con palmadas rítmicas. Le mordí el hombro, saboreando su sal, y él me jaló el pelo suave, exponiendo mi cuello para morderlo. Es puro fuego, este hombre. Me tiene al borde. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje. Mis tetas rebotaban, él las atrapaba, pellizcando pezones. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros fundidos.

La intensidad subió. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, más rápido, más profundo. —¡Córrete conmigo, Ana! ¡Dame tu pasion! —rugió. Mi coño se apretó como puño, oleadas de placer explotando desde el útero. Grité, temblando, jugos salpicando su pubis. Él se hinchó dentro, corriéndose con un bramido gutural, semen caliente inundándome, desbordando.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados. Su verga aún palpitaba suave dentro de mí, un recordatorio cálido. Besos lentos ahora, lenguas perezosas. El aire fresco de la noche entraba por la ventana, secando nuestro sudor. Esto fue más que sexo, fue resurrección, pensé, acurrucada en su pecho velludo.

—¿Y esa secuela? —le pregunté risueña, trazando círculos en su piel.

—Esta fue la primera toma, mi amor. Habrá más noches —respondió, besándome la frente.

Me quedé dormida con su aroma envolviéndome, el eco de la guitarra lejana como bendición. En Taxco, la Pasión no terminaba en la cruz; renacía en la carne, ardiente y eterna.

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