La Pasion de Cristo la Muerte Ardiente
En las calles empedradas de San Miguel de Allende durante la Semana Santa el aire olía a incienso quemado y a flores de bugambilia marchitas. Leticia caminaba tomada de la mano de Cristóbal su novio de toda la vida el güey que la hacía reír con sus chistes pendejos y la volvía loca con solo una mirada. La procesión avanzaba lenta con los morenos cargando al Cristo de madera pesada sudor perlando sus frentes morenas bajo el sol del atardecer. El tañido de las campanas retumbaba en el pecho de Leticia como un latido acelerado.
¿Por qué carajos me siento así? pensó ella mientras veía la figura crucificada. Ese dolor en la cara del Cristo la ponía caliente de una forma que no entendía. La pasión de esa escena la hacía imaginar cosas prohibidas cosas que harían sonrojar a las señoras devotas.
Cristóbal notó su respiración agitada y le apretó la mano. —Neta, Leti, estás como tomate. ¿Qué te pasa, carnala? susurró él al oído su aliento cálido rozando la piel sensible de su cuello. Ella se mordió el labio sintiendo un cosquilleo que bajaba directo a su entrepierna. La multitud murmuraba oraciones pero para Leticia todo se reducía al sudor salado en la piel de su hombre y al aroma terroso de su colonia barata mezclada con el humo del copal.
La procesión llegó al zócalo donde se representaba La Pasion de Cristo la Muerte el momento culminante. El actor que hacía de Jesús clavado en la cruz gemía con voz ronca el cuerpo tenso brillando bajo las luces de los faroles. Leticia sintió un pulso entre las piernas un calor húmedo que empapaba sus calzones. Cristóbal la abrazó por la cintura sus dedos rozando disimuladamente el borde de su blusa. —Vamos a mi hotel, Leti. No aguanto verte así murmuró él con la voz grave como un trueno lejano.
Acto primero terminado. Caminaron rápido por callejones iluminados por velas el corazón de Leticia latiendo al ritmo de sus pasos. El hotel era un rincón chido con patio de buganvilias y habitaciones con techos altos. Subieron las escaleras jadeantes las manos ansiosas explorando ya. Dentro de la habitación el colchón crujió bajo su peso. Cristóbal la besó con hambre la lengua invadiendo su boca sabor a tequila y menta. Ella gimió saboreando la sal de su piel el olor a hombre puro que la mareaba.
—Cristo... mi Cristo susurró ella sin pensar recordando la escena. Él se rio bajito —Sí, soy tu Cristo, pero esta pasión va a ser de los dos, mamacita. Se quitó la camisa revelando el pecho moreno marcado por horas en el gimnasio casero. Leticia pasó las uñas por sus pectorales sintiendo los músculos duros como piedra el vello rizado humedeciéndose con su saliva mientras lo besaba bajando por el cuello.
La tensión crecía lenta como la procesión. Él la desvistió con calma desabotonando su vestido floreado dejando al aire sus tetas firmes pezones oscuros endurecidos por el fresco de la noche.
Quiero que me folle como si fuera la última noche antes de la muerte pensó ella. Que me haga sufrir de placer hasta el borde.Cristóbal chupó un pezón succionando fuerte el sonido húmedo llenando la habitación. Leticia arqueó la espalda gimiendo —Ay, cabrón, no pares... me tienes bien mojada.
Acto segundo. Sus manos bajaron explorando. Él metió los dedos en su panocha resbaladiza el calor envolviéndolo como lava. —Estás chorreando, Leti. Neta, esta pasión es pecaminosa dijo riendo mientras frotaba su clítoris en círculos lentos. Ella jadeaba el olor a sexo impregnando el aire mezclado con el jazmín del patio. Le abrió las piernas besando el interior de sus muslos la lengua trazando caminos de fuego hasta llegar a su centro. La saboreó lamiendo profundo el sabor salado dulce de su excitación. Leticia agarró su cabeza clavando los dedos en su cabello negro —¡Chúpame más, pendejo! ¡Sí, así!.
Pero no era solo físico. En su mente flashes de la cruz el cuerpo sufriente pero extasiado. La Pasion de Cristo la Muerte se mezclaba con su deseo transformándose en algo propio. Cristóbal se incorporó quitándose el pantalón su verga dura saltando libre gruesa venosa palpitando. Ella la tomó en la mano sintiendo el calor el pulso rápido como un corazón agonizante.
Esta es mi cruz mi pasión pensó. Quiero montarla hasta la muerte.
Él la volteó a cuatro patas el culo en pompa invitador. Entró lento primero la punta abriéndola el estiramiento delicioso haciéndola gritar. —¡Carajo, qué rica estás! gruñó empujando más profundo el sonido de carne contra carne resonando. Leticia empujaba hacia atrás cabalgándolo el sudor goteando por su espalda el olor almizclado envolviéndolos. Cada embestida era un latigazo de placer el roce interno incendiando nervios. —Más fuerte, Cristo mío... dame tu muerte suplicó ella la voz ronca.
La intensidad subía. Cambiaron posiciones ella encima montándolo como una amazona el cabello revuelto cayendo en cascada. Sus caderas giraban moliendo frotando su clítoris contra el pubis de él. Cristóbal amasaba sus tetas pellizcando pezones el dolor placer mezclado perfecto. —Me vengo, Leti... agárrate jadeó él. Ella aceleró sintiendo el orgasmo crecer como una ola desde el estómago explotando en temblores. ¡Sí! ¡La muerte! ¡Ay, Dios! gritó su coño contrayéndose ordeñándolo.
Él se corrió dentro chorros calientes llenándola el calor propagándose. Colapsaron juntos pieles pegajosas el aliento entrecortado. El afterglow era dulce besos suaves caricias perezosas. Afuera las campanas tañían media noche anunciando el fin de la muerte y el principio de resurrección.
Esta pasión no acaba con la muerte pensó Leticia acurrucada en su pecho. Es eterna como Semana Santa en el alma.Cristóbal la besó la frente —Te amo, mi pasionaria. Mañana repetimos la función. Ella sonrió el cuerpo saciado el corazón pleno oliendo a sexo y promesas.
En San Miguel las noches de pasión ardían más que las velas de la iglesia y La Pasion de Cristo la Muerte había sido solo el comienzo de su propio evangelio carnal.