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La Letra del Llanto de Pasión

7258 palabras

La Letra del Llanto de Pasión

La noche en la terraza de esa casa en las Lomas de Chapultepec olía a jazmines frescos y a tequila reposado recién servido. Tú, con tu vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de tu cuerpo, sentías el calor del verano mexicano pegándose a tu piel como una promesa. La música de un trío de mariachis flotaba en el aire, sus guitarras roncas y violines vibrantes llenando el espacio con notas que te erizaban la nuca. Habías venido a esta fiesta de viejos amigos, pero desde que viste a Rodrigo, el tipo alto con ojos negros como el obsidiano y esa sonrisa pícara que te deshacía, el mundo se redujo a él.

Se acercó con un vaso en la mano, su camisa blanca abierta un par de botones, dejando ver el vello oscuro de su pecho. Órale, preciosa, ¿sigues tan chida como siempre? dijo con esa voz grave, mexicana hasta la médula, que te hacía cosquillas en el vientre. Tú reíste, sintiendo el pulso acelerarse, el roce de su brazo al rozarte accidentalmente enviando chispas por tu espina dorsal. Charlaron de tonterías: el pinche tráfico de la CDMX, esa vez que se emborracharon en la Condesa, pero debajo de las palabras, la tensión crecía como la humedad entre tus muslos.

El trío empezó una ranchera conocida, pero Rodrigo te miró fijo y sacó del bolsillo un papel arrugado. Mira, escribí esto hace tiempo pensando en ti. Se llama llanto de pasión letra, pero neta, es puro sentimiento. Tus ojos se clavaron en la hoja mientras él la desplegaba bajo la luz de las guirnaldas. La letra estaba garabateada a mano, con versos que hablaban de lágrimas calientes rodando por la piel en éxtasis, de cuerpos que lloran de tanto placer. Leíste en silencio: "En tu llanto de pasión se quiebra mi alma, letra tatuada en la carne ardiente..." El aroma de su colonia, mezclado con el sudor ligero de la noche, te invadió las fosas nasales, y sentiste un tirón profundo en el bajo vientre.

¿Por qué carajos me afecta tanto esto? Es solo una letra, pero suena como si me estuviera desnudando con cada palabra.

Él se acercó más, su aliento cálido contra tu oreja. ¿Quieres que te la cante? Asentiste, hipnotizada, y su voz ronca empezó a recitarla bajito, solo para ti. Cada sílaba vibraba en tu pecho, haciendo que tus pezones se endurecieran bajo la tela delgada. La fiesta seguía a lo lejos: risas, clinks de copas, el humo de cigarros puros, pero para ti solo existía él, su mano rozando la tuya, el calor de su cuerpo irradiando como un horno.

Acto seguido, te tomó de la cintura y te llevó a bailar al ritmo de la música. Sus caderas contra las tuyas, el roce firme de su erección creciente presionando tu monte de Venus. Siempre has sido mi debilidad, carnala murmuró, y tú sentiste el sabor salado de su cuello cuando lo besaste impulsivamente, lamiendo una gota de sudor que sabía a sal y a hombre. La tensión subía como la marea en Acapulco: sus dedos trazando la curva de tu espalda, bajando hasta apretar tu nalga con posesión juguetona. ¡Ay, pendejo, me vas a volver loca! exclamaste riendo, pero tu voz salió entrecortada, cargada de deseo.

La noche avanzaba, y el trío pausó. Rodrigo te guió adentro de la casa, por pasillos iluminados tenuemente, hasta una habitación con balcón que daba a las luces de la ciudad. Cerró la puerta, y el mundo se silenció salvo por vuestras respiraciones agitadas. Te besó entonces, un beso hambriento, lengua invadiendo tu boca con gusto a tequila y menta. Sus manos expertas desabrocharon tu vestido, dejándolo caer como una cascada roja al piso. Quedaste en lencería negra, temblando no de frío, sino de anticipación. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el fuego en tu piel.

Esto es lo que necesitaba, neta. Su toque me hace sentir viva, deseada como una diosa.

Él se quitó la camisa, revelando músculos torneados por horas en el gym, un tatuaje en el pectoral que decía algo sobre pasión eterna. Te tumbó en la cama king size, sus labios bajando por tu cuello, mordisqueando la clavícula hasta llegar a tus senos. Chupó un pezón con voracidad, el sonido húmedo y succionante llenando la habitación, mientras su mano se colaba entre tus piernas. Sentiste sus dedos abriendo tus labios vaginales, resbaladizos de tu propia excitación, oliendo a almizcle femenino puro. Estás chorreando, mi reina gruñó, y tú arqueaste la espalda, gimiendo bajito.

La escalada fue lenta, tortuosa. Te volteó boca abajo, besando cada vértebra de tu espina, sus dientes raspando la piel sensible de tus nalgas. Lamidas largas en el interior de tus muslos, el aliento caliente anunciando su llegada a tu centro. Cuando su lengua tocó tu clítoris, fue como un rayo: ondas de placer recorriéndote entera, el sabor de tu esencia en su boca mezclándose con gemidos ahogados. ¡Qué rico sabe tu coño, amor! dijo con acento chilango puro, y tú empujaste contra su cara, cabalgando su lengua mientras la letra de su poema resonaba en tu mente: llanto de pasión letra que ahora se convertía en realidad.

Pero querías más. Lo volteaste, montándolo como una amazona. Su verga dura, gruesa, venosa, palpitando contra tu entrada. La frotaste contra ti, lubricándola con tus jugos, el olor almizclado intensificándose. Lentamente, te hundiste en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llenaba, estirándote deliciosamente. ¡Carajo, qué prieta estás! jadeó él, manos en tus caderas guiando el ritmo. Cabalgaste con furia creciente, senos rebotando, sudor perlando vuestros cuerpos, el slap-slap de piel contra piel compitiendo con vuestros alaridos.

La tensión psicológica estalló en oleadas: recuerdos de noches pasadas, el miedo a la vulnerabilidad, pero todo se disolvía en placer puro. Cambiaron posiciones – él encima, embistiéndote profundo, bolas golpeando tu perineo, su peso delicioso aplastándote en éxtasis. Mordiste su hombro, dejando marcas, mientras lágrimas calientes rodaban por tus mejillas. Llanto de pasión, sí, justo como en la letra. Él lo notó, besó tus lágrimas saladas. Llora por mí, preciosa, llora de gusto.

El clímax llegó como un volcán: tú primero, contrayéndote alrededor de su miembro en espasmos violentos, gritando su nombre mientras el mundo explotaba en luces blancas. Él te siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándote con chorros calientes que sentiste palpitar dentro. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

En el afterglow, yacían enredados en sábanas revueltas que olían a sexo y a jazmín traído del balcón. Rodrigo acarició tu cabello húmedo, recitando de nuevo fragmentos de su llanto de pasión letra, ahora con voz suave, post-orgásmica. Esto es lo que siempre quise, estar así contigo. Tú sonreíste, sintiendo una paz profunda, el corazón latiendo en calma. La ciudad brillaba afuera, pero aquí dentro, en sus brazos, habías encontrado tu propio verso de eternidad. El deseo inicial se había transformado en algo más: conexión real, pasión que no se apaga con la madrugada.

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