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Pasión HP Ardiente

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Pasión HP Ardiente

El bullicio del Comic Con en el Centro Citibanamex de la Ciudad de México me tenía vibrando de emoción. El aire estaba cargado con el olor a elotes asados y churros recién hechos que los vendedores ambulantes ofrecían por todos lados, mezclado con el aroma dulce de los perfumes baratos y el sudor de la multitud. Tenía veintiocho años y, aunque ya no era una chavita, mi amor por el mundo de Harry Potter seguía tan vivo como cuando leía los libros a escondidas en la secundaria. Vestida con mi capa de Gryffindor y la varita en la mano, caminaba entre stands de cómics y cosplayers, sintiendo el roce suave de la tela contra mi piel morena.

Entonces lo vi. Alto, con el cabello negro revuelto y esas gafas redondas que le daban un aire misterioso. Su disfraz de Harry Potter era perfecto: la cicatriz en la frente, la bufanda roja y verde al cuello. Se paraba frente a un póster gigante de Hogwarts, charlando con unos güeyes. Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo. Órale, qué chido se ve este pendejo, pensé, mordiéndome el labio. Tenía que hablarle.

Expecto patronum —le dije juguetona, apuntándole con mi varita.

Él se volteó, sus ojos verdes brillando con picardía. Era guapo, con una mandíbula marcada y músculos que se adivinaban bajo la camisa blanca entreabierta. —Soy Harry, ¿y tú quién eres, bruja? —respondió con voz grave, acento chilango puro, extendiendo la mano.

Me presenté como Lupita, Slytherin orgullosa pero con corazón de león. Charlamos de pociones, quidditch y esa pasión HP que nos unía desde chavos. Risas, roces casuales de manos que enviaban chispas por mi espina. El calor de la convención nos envolvía, pero el suyo era diferente, como fuego lento que me hacía apretar los muslos. "¿Quieres una cerveza fría en mi hotel cerca de aquí? Para seguir platicando de nuestra pasión HP", me propuso, y asentí sin pensarlo dos veces. Consentimiento total, pura química adulta.

¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien este calor en el estómago, como si su mirada me desnudara ya.

Salimos tomados de la mano, el sol de la tarde pegando fuerte en Insurgentes. El taxi olía a cloro y cigarro viejo, pero su muslo pegado al mío era lo único que importaba. Tocaba mi rodilla con dedos firmes, subiendo despacio, y yo respondía arqueando la espalda. Llegamos al hotel, un lugar decente con vista al skyline, y subimos al elevador. Ahí, solos, nos devoramos con los ojos. Su aliento mentolado rozó mi cuello cuando se acercó.

—Lupita, desde que te vi supe que eras mi Hermione salvaje —murmuró, y me besó. Sus labios carnosos, calientes, sabían a chicle de tamarindo y deseo. Gemí bajito, el slap húmedo de nuestras lenguas resonando en el espacio chiquito. Mis manos en su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la piel sudorosa. Bajamos en su piso, tropezando hacia la habitación, riendo como pendejos enamorados.

La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. La habitación era fresca, con sábanas blancas crujientes y el zumbido del aire acondicionado. Él me quitó la capa despacio, besando mi hombro desnudo, el vello erizándose con cada roce de sus labios ásperos. Olía a colonia barata y hombre, ese aroma almizclado que me ponía cachonda. Me desabroché la blusa, dejando ver mis chichis firmes, pezones duros como piedras.

—Qué mamacita tan rica —gruñó, tomándolas en sus manos grandes, masajeando con pulgares que me arrancaban jadeos. Chupó uno, lengua girando, dientes rozando suave. Sentí la humedad crecer entre mis piernas, el calzón empapado pegándose a mi concha hinchada. Le bajé el pantalón, y ¡órale!, su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando con esa pasión HP que prometía arrasar todo.

No aguanto más, carnal. Quiero sentirlo adentro, rompiéndome en mil pedazos de placer.

Nos tumbamos en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestros cuerpos. Él besó mi vientre, bajando lento, oliendo mi excitación que flotaba en el aire como perfume prohibido. Lamidas en los muslos internos, mordiscos juguetones que me hacían retorcer. Cuando su lengua tocó mi clítoris, grité: —¡Sí, pendejo, así! —Movía la cabeza como experto, chupando, succionando, dedos curvados dentro de mí rozando ese punto que me volvía loca. El sonido chapoteante de mi jugo, mis gemidos roncos llenando la habitación. Orgasmos pequeños me sacudían, piernas temblando, uñas clavadas en su nuca.

Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga en mi boca, salada, caliente, latiendo contra mi lengua. La chupé profunda, garganta relajada, saliva goteando. Él jadeaba: —¡Qué chingona, Lupita! Me vas a hacer venir. —Pero lo paré, subiéndome encima. Froté mi concha mojada en su punta, lubricándola, torturándonos. —Entra ya, Harry —supliqué.

Despacio, centímetro a centímetro, me llenó. Estirándome, quemándome de placer. El roce interno, venas pulsando contra mis paredes sensibles. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando nuestras pieles. Él agarraba mi culo, guiándome, embistiendo desde abajo con fuerza controlada. El plaf plaf de carne contra carne, nuestros alaridos mezclándose: —¡Más duro! ¡Sí, así, mi bruja!

La tensión crecía, como hechizo acumulando poder. Sentía su verga hincharse más, mis paredes contrayéndose. Internalmente, luchaba con el éxtasis: No pares, déjate ir, esto es nuestra pasión HP pura, sin filtros. Cambiamos posiciones, él atrás, perro estilo, jalándome el pelo suave, nalgadas que ardían delicioso. Olía a sexo crudo, a nosotros fundidos.

El clímax llegó como avalancha. —¡Me vengo! —grité, el mundo explotando en luces blancas, concha ordeñándolo en espasmos. Él rugió, llenándome con chorros calientes, profundo, eterno. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas, corazones tronando al unísono.

Después, en la penumbra, fumamos un cigarro compartido —claro, con su consentimiento mutuo—, riendo de tonterías. Su cabeza en mi pecho, dedos trazando mi cadera. —Esa pasión HP fue épica, ¿verdad? —dijo, y asentí, besando su frente.

Quién diría que un cosplay en Comic Con me daría la noche más chida de mi vida. Mañana quién sabe, pero esta conexión queda grabada en mi alma de muggle ardiente.

Nos dormimos envueltos, el aroma de nuestro amor flotando, prometiendo más aventuras en este mundo mágico y carnal.

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