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Fuego de Pasion Monica Naranjo

6466 palabras

Fuego de Pasion Monica Naranjo

La noche en la Condesa ardía como si el DF entero se hubiera encendido. El antro La Perla Negra retumbaba con el ritmo de cumbia rebajada mezclada con pop español. Yo, Diego, acababa de entrar con mis cuates, sudando un poco por el calor pegajoso de la calle. El aire olía a tequila reposado, perfume caro y ese sudor dulce de cuerpos en movimiento. Mis ojos se clavaron en ella de inmediato: Mónica, con su melena negra suelta cayendo como cascada sobre hombros bronceados, bailando sola en la pista. Llevaba un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva, como si el fuego de pasión de Mónica Naranjo le corriera por las venas.

Neta, la rola que sonaba era Fuego de Pasión de Mónica Naranjo, esa voz rasposa y llena de alma que te eriza la piel. Ella se movía al compás, ojos cerrados, caderas ondulando como serpiente. Órale, qué mamacita, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a la entrepierna. Me acerqué con una cerveza en la mano, el hielo derritiéndose rápido por el bochorno. “¿Te late la rola?”, le grité por encima del ruido. Ella abrió los ojos, negros como obsidiana, y sonrió con labios carnosos pintados de rojo fuego.

“¡Más que late, carnal! Es mi himno personal. Fuego de pasión Mónica Naranjo, ¿sabes? Me prende el alma”. Su voz era ronca, con ese acento chilango puro que me volvía loco. Se llamaba Mónica, casualmente, y juraba que la cantante era su tocaya espiritual. Hablamos un rato, riendo de pendejadas, mientras el DJ subía el volumen. Su piel olía a vainilla y jazmín, mezclado con el calor de su cuerpo. Cada vez que se reía, su pecho subía y bajaba, rozando mi brazo accidentalmente. El deseo empezó como chispita: su mano en mi hombro, mi mirada en el sudor perlado de su cuello.

¿Y si la invito a bailar? Neta se ve que quiere juego. Su boca se ve tan rica, suave como mango maduro.

La invité, y no dudó. En la pista, sus caderas contra las mías, el fuego crecía. Sentía el calor de su culo apretado contra mi pelvis, mi verga empezando a endurecerse bajo los jeans. Ella giró, pegándose de frente, sus chichis firmes presionando mi pecho. “Estás cañón, Diego”, murmuró en mi oído, su aliento caliente con sabor a margarita. Yo la tomé de la cintura, bajando las manos despacio, sintiendo la tela delgada del vestido bajo mis dedos. El bass de la música vibraba en nuestros cuerpos, como un latido compartido.

Salimos del antro pasadas las dos, el aire nocturno fresco contrastando con nuestro calor. Caminamos por calles empedradas de la Roma, riendo, tomados de la mano. “¿Vives cerca?”, preguntó ella, mordiéndose el labio. “Sí, en un depa chido a dos cuadras”. No hizo falta más. En el elevador, ya nos devorábamos con los ojos. Apenas cerré la puerta del departamento, sus labios chocaron contra los míos. Sabían a sal y tequila, dulces y urgentes. La besé con hambre, lengua explorando su boca cálida, manos subiendo por sus muslos suaves.

La llevé al sillón, quitándole el vestido de un jalón. Debajo, lencería negra que enmarcaba sus tetas perfectas, pezones duros como piedritas. “Qué rico te ves, Mónica”, gemí, besando su cuello, lamiendo el sudor salado. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito, “Tócame, Diego, no pares”. Sus uñas arañaban mi espalda, enviando descargas de placer. Olía a sexo inminente, ese aroma almizclado de su excitación mezclándose con mi colonia. Le quité el bra, chupando un pezón rosado, sintiendo su pulso acelerado bajo mi lengua. Ella metió la mano en mis pantalones, agarrando mi verga dura como fierro. “Estás listo pa’ mí, wey”, susurró, masturbándome lento, su palma caliente y suave.

Esto es puro fuego, carnal. Su piel quema, su mirada me derrite. No aguanto más.

La tumbé en la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Le bajé el tanga, revelando su panocha depilada, labios hinchados y mojados brillando a la luz tenue de la lámpara. El olor era embriagador, dulce y salado, invitándome. Lamí despacio, desde el clítoris hinchado hasta su entrada, saboreando su néctar. Ella jadeaba, “¡Sí, así, cabrón! Come mi chochito”. Sus muslos temblaban alrededor de mi cabeza, caderas empujando contra mi boca. Metí dos dedos, curvándolos, sintiendo sus paredes calientes contrayéndose. Gritó mi nombre, el sonido ronco como la voz de su tocaya en esa rola de fuego de pasión.

No aguanté. Me quité la ropa rápido, mi verga saltando libre, venosa y palpitante. Ella se arrodilló, mirándome con ojos lujuriosos. “Dame eso”, dijo, lamiendo la punta, saboreando el pre-semen salado. Su boca era un horno húmedo, succionando profundo, lengua girando alrededor del glande. Gemí fuerte, agarrando su pelo, follando su garganta suave. “Para, o me vengo ya”, rogué. Ella rio, juguetona, “Aún no, pendejo. Quiero sentirte adentro”.

La puse en cuatro, admirando su culo redondo, perfecto. Escupí en mi mano, lubricando mi verga, y la penetré despacio. ¡Dios! Su concha era apretada, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Empujé hondo, sintiendo cada centímetro. Ella empujaba hacia atrás, “¡Más fuerte, Diego! Dame todo tu fuego”. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos. Sudábamos a chorros, el olor a sexo intenso, sus jugos chorreando por mis bolas. Cambiamos: ella encima, cabalgándome salvaje, tetas rebotando, uñas en mi pecho. Yo pellizcaba sus pezones, viendo su cara de éxtasis puro.

El clímax se acercaba como tormenta. “Me vengo, Mónica”, gruñí, sintiendo las bolas apretarse. “¡Dentro, lléname!”, rogó ella, su panocha contrayéndose en espasmos. Exploté, chorros calientes inundándola, mientras ella gritaba, orgasmos chocando como olas. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, corazón latiendo fuerte contra el mío.

Después, en la penumbra, fumamos un cigarro en la ventana, viendo las luces de la ciudad. “Eso fue fuego de pasión Mónica Naranjo total”, dijo ella, riendo suave. Yo la besé la frente, oliendo su pelo. “Neta, lo mejor que he vivido”. No prometimos nada, pero el aire vibraba con posibilidad. Se vistió despacio, yo la vi irse con una sonrisa, su vestido rojo ondeando como llama eterna. Me quedé pensando en su sabor, su calor, sabiendo que esa noche había encendido algo que no se apagaría fácil.

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