Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Isla de la Pasion Cozumel Costo de Placer Prohibido Isla de la Pasion Cozumel Costo de Placer Prohibido

Isla de la Pasion Cozumel Costo de Placer Prohibido

7518 palabras

Isla de la Pasion Cozumel Costo de Placer Prohibido

El sol de Cozumel me pegaba como un beso ardiente en la piel mientras el ferry se mecía sobre las olas turquesas. Había encontrado esa oferta imparable: Isla de la Pasion Cozumel costo ridículamente bajo, un paraíso escondido para mochileros como yo. Ana, treinta años, harta de la rutina en la Ciudad de México, necesitaba desconectar. El aire salado me llenaba los pulmones, mezclado con el olor a coco tostado de los vendedores ambulantes. Bajé del barco con mi mochila ligera, el bikini ya listo bajo el vestido suelto, sintiendo la arena caliente colándose entre mis sandalias.

La isla era un sueño: palmeras que susurraban con la brisa, hamacas colgando como invitaciones al pecado, y el mar lamiendo la playa con un ritmo hipnótico. Caminé por el sendero de conchas trituradas, el crujido bajo mis pies como un secreto compartido. Ahí lo vi: Javier, un cozumeleno de piel bronceada, músculos tallados por años de remar kayaks, con una sonrisa que prometía travesuras. Estaba arreglando una sombrilla, su camiseta pegada al torso por el sudor, oliendo a sal y hombre.

Órale, qué chulo, pensé. Este wey me va a volver loca sin siquiera intentarlo.

¿Primera vez en la isla, morra? —me dijo con esa voz ronca, ojos cafés clavados en los míos, recorriéndome despacio.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Sí, carnal. Vine por el super bajo costo de Isla de la Pasion Cozumel. No me lo podía perder.

Él se acercó, el calor de su cuerpo invadiendo mi espacio personal. —Entonces déjame mostrarte los rincones que no salen en las guías. Soy Javier, tu guía personal gratis.

El primer acto fue puro flirteo bajo el sol. Caminamos por la playa, sus pies descalzos pisando la arena a mi lado, el sonido de las olas como fondo perfecto. Me contó de la isla: cómo el arrecife cercano hacía el agua cristalina, cómo las noches se llenaban de fiestas con ron y reggaetón. Yo le hablé de mi vida estresante, de jefes pendejos y noches solitarias. Su risa era grave, vibrante, y cada roce accidental —su mano en mi espalda baja al esquivar una ola— enviaba chispas por mi espina.

Nos sentamos en una hamaca doble, balanceándonos. El viento traía el aroma de su loción de coco mezclado con su sudor fresco. —Neta, Javier, esta isla ya me tiene calentita.

Él se giró, su aliento cálido en mi cuello. —Y yo que pensaba que eras tú la que me traía loco con ese vestido que deja ver todo.

La tensión crecía como la marea. Sus dedos trazaron mi muslo, lentos, probando. Yo no me aparté; al contrario, mi piel se erizó, el pulso acelerado latiendo en mis sienes. Esto es lo que necesitaba, un hombre que sepa lo que quiere sin juegos.

El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranjas y rosas, cuando llegamos a su cabaña al borde de la playa. Era humilde pero chida: techo de palmas, cama king con sábanas blancas ondeando, y una regadera al aire libre. —Entra, reina. Te invito un coco fresco —dijo, abriendo uno con su machete, el jugo dulce goteando por su antebrazo.

Bebí, el líquido frío bajando por mi garganta reseca, mientras él me observaba con hambre. Nuestras miradas chocaron, y ahí fue: lo besé primero, mis labios saboreando la sal de su piel, su lengua respondiendo con urgencia. Sus manos grandes me levantaron como si no pesara nada, presionándome contra la pared de madera áspera que raspaba mi espalda a través del vestido.

Te quiero ya, Ana. Dime que sí.
—susurró, voz entrecortada.

—Sí, cabrón, hazme tuya —gemí, jalando su camiseta.

Acto dos: la escalada. Me quitó el vestido con reverencia, sus ojos devorando mis curvas desnudas salvo el bikini diminuto. El aire nocturno me acariciaba los pezones endurecidos, y él los lamió despacio, su lengua caliente y áspera como lija suave. Olía a mar y a deseo crudo, su erección presionando contra mi vientre a través de sus shorts. Lo desvestí, mi mano envolviendo su verga dura, palpitante, gruesa como prometía su cuerpo. Qué pinga tan chingona, pensé, mojándome al instante.

Caímos en la cama, las sábanas frescas contra mi piel ardiente. Él besó mi cuello, mordisqueando, bajando por mi pecho. Desató mi bikini con dientes, succionando un pezón mientras sus dedos exploraban mi entrepierna. —Estás empapada, mami —gruñó, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, el sonido húmedo de mi excitación llenando la cabaña.

Yo arqueé la espalda, gimiendo alto, el placer como olas rompiendo. —Más, Javier, no pares, pendejo sexy. Me tienes al borde.

Se movió abajo, su aliento caliente en mi clítoris antes de lamerlo con maestría. Lengua plana, círculos rápidos, chupando suave. Sentí mi pulso en todas partes: en las orejas, en la garganta, en mi sexo hinchado. El olor de mi arousal mezclado con su sudor me volvía loca. Le jalé el pelo, guiándolo, mis caderas moviéndose solas. Esto es puro fuego, neta nunca sentí algo así.

Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga erecta brillaba con pre-semen, sabor salado y almizclado en mi boca. Lo tragué profundo, sintiendo su grosor estirarme la garganta, sus gemidos roncos como música. —¡Qué rico chupas, morra! Vas a hacer que me venga ya.

Pero no, quería más. Lo monté, frotándome contra él primero, lubricándonos mutuamente. Lentos círculos, su punta rozando mi entrada, el roce eléctrico. Luego bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme por completo. Estirado, perfecto, tocando lo más hondo. Empecé a cabalgar, pechos rebotando, sus manos en mis caderas guiándome. El slap-slap de piel contra piel, sudor goteando, el mar rugiendo afuera como testigo.

—Fuerte, Ana, métetela toda —jadeó, embistiéndome desde abajo, sus abdominales contrayéndose.

La intensidad subía: cambié a perrito, él detrás, jalándome el pelo suave, azotando mi culo con palmadas que ardían delicioso. Cada embestida profunda, su saco golpeando mi clítoris, me llevaba más cerca. Sudor chorreando por su pecho, goteando en mi espalda. Olía a sexo puro, a nosotros fundidos. Estoy a punto de explotar, no aguanto.

Acto tres: la liberación. Me giró boca arriba, piernas sobre sus hombros, penetrándome hondo y rápido. Nuestros ojos conectados, respiraciones sincronizadas. —Córrete conmigo, Javier —supliqué, uñas clavadas en su espalda.

Él aceleró, gruñendo: —¡Sí, putita mía, ahora!

El orgasmo me golpeó como un tsunami: contracciones violentas, visión borrosa, grito ahogado en su boca. Sentí su verga palpitar, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío. Colapsamos, pegajosos, jadeantes, el corazón latiendo desbocado contra mi pecho.

Después, el afterglow perfecto. Nos duchamos bajo la regadera abierta, agua tibia lavando el sudor, besos lentos, risas compartidas. —Neta, Ana, fuiste lo mejor que me ha pasado en esta isla —dijo, envolviéndome en una toalla.

Nos acostamos mirando las estrellas, el sonido de las olas arrullándonos. Valió cada peso del costo de este viaje. Isla de la Pasion Cozumel, mi nuevo vicio. Mañana más, pero esta noche, en sus brazos, todo era paz ardiente, deseo satisfecho con promesa de repetición.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.