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Reflexion de la Pasion de Cristo

6621 palabras

Reflexion de la Pasion de Cristo

En la penumbra de la iglesia de San Miguel en Puebla, el aire cargado de incienso y murmullos devotos me envolvía como un sudario cálido. Era Viernes Santo, y yo, Ana, había llegado temprano para mi reflexión de la pasión de Cristo. Las velas parpadeaban, proyectando sombras danzantes sobre las imágenes del Nazareno azotado, coronado de espinas. Me arrodillé en el banco de madera pulida, el olor a cera quemada invadiendo mis fosas nasales, mientras el eco de las oraciones resonaba en mi pecho.

Pero esa tarde, algo se removía dentro de mí más allá de la fe. Mis pensamientos divagaban. Imaginaba el cuerpo de Jesús, fuerte y marcado por el sufrimiento, sudando bajo el sol de Jerusalén. Ese dolor sagrado despertaba en mí un fuego prohibido, un anhelo que me hacía apretar las piernas bajo la falda ligera.

¿Por qué este calor en mi vientre, Dios mío? ¿Es pecado desear así?
Me mordí el labio, sintiendo el pulso acelerado en mi cuello.

Entonces lo vi. Alejandro, el hombre que ayudaba en las procesiones cada año. Alto, de piel morena como el café de olla, con ojos negros que brillaban como obsidianas. Llevaba una camisa blanca ajustada que delineaba sus hombros anchos, y sus manos callosas sostenían una cruz de madera. Nuestras miradas se cruzaron cuando se acercó a encender más velas. Su sonrisa fue un rayo: "¿Todo bien, carnala? Te ves pensativa."

Mi corazón dio un brinco. Chingao, qué guapo está el wey, pensé, mientras el aroma de su colonia fresca, mezclada con sudor masculino, me golpeaba. Asentí, la voz ronca: "Sí, nomás en mi reflexión de la pasión de Cristo. Me pone intensa esta Semana Santa."

Él se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío accidentalmente. El contacto fue eléctrico, piel contra tela, enviando chispas por mi espina. Hablamos en susurros. Me contó de su vida: carpintero, devoto pero con un lado salvaje. Yo le confesé mis dudas, cómo la pasión del Señor me hacía cuestionar mis propios deseos. Sus dedos rozaron mi mano al pasar un rosario. Qué piel tan suave tiene, como terciopelo caliente.

La misa terminó, la gente se fue en procesión. Nosotros nos quedamos. "Ven a mi taller, Ana. Ahí puedo mostrarte mi propia reflexión de la pasión", dijo con voz grave, su aliento cálido en mi oreja. No lo pensé dos veces. Caminamos por las calles empedradas de Puebla, el sol del atardecer tiñendo todo de oro. Su mano en mi cintura, firme pero gentil, me hacía sentir viva, deseada.

Acto dos: La escalada

El taller era un rincón acogedor en una casa colonial, con olor a madera fresca y virutas perfumadas. Cerró la puerta, y el mundo exterior desapareció. Nos sentamos en un banco improvisado, una botella de mezcal entre nosotros. "Brinda por la pasión, Ana", murmuró, sirviéndome un trago. El líquido ahumado bajó ardiente por mi garganta, despertando sabores terrosos en mi lengua.

Nos acercamos. Sus labios rozaron los míos primero, suaves como pétalos de bugambilia, luego urgentes. Lo besé con hambre contenida, saboreando el mezcal en su boca, el salado de su piel. Mis manos exploraron su pecho bajo la camisa, sintiendo los músculos tensos, el latido fuerte de su corazón.

Esto es mi cruz, mi éxtasis propio. Como Cristo en el Calvario, pero con placer en vez de dolor
.

Alejandro me levantó en brazos, sus manos fuertes bajo mis nalgas, llevándome a una manta sobre el suelo de madera. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire fresco erizó mis pezones, que él lamió con lengua experta, enviando ondas de placer a mi centro. ¡Ay, cabrón, qué rico! gemí, arqueándome. Olía a su excitación, almizcle puro, mezclado con el pino del taller.

Sus dedos bajaron mi falda, rozando mis bragas húmedas. "Estás chorreando, mi reina", susurró, voz ronca de deseo. Asentí, jadeante: "Tómame, Alejandro. Hazme tuya en esta reflexión de la pasión." Me penetró con los dedos primero, lentos círculos que me hicieron retorcer, el sonido húmedo de mi arousal llenando el aire. Luego, se desabrochó los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, la piel sedosa sobre acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado, mientras él gruñía: "¡Qué chingona boca tienes, Ana!"

La tensión crecía. Me posicioné a horcajadas sobre él, frotándome contra su longitud, lubricándonos mutuamente. Nuestros jadeos se mezclaban con el crujir de la madera bajo nosotros. Entró en mí de un solo empujón suave, llenándome por completo. Dios, qué grande, me parte en dos de placer. Cabalgamos despacio al principio, sintiendo cada roce, cada vena pulsando dentro. Sus manos amasaban mis senos, pellizcando pezones, mientras yo clavaba uñas en su pecho, dejando marcas rojas como las llagas del Señor.

El ritmo aceleró. Sudor perló nuestras pieles, goteando salado en mi boca cuando lo besé. El taller olía a sexo crudo, a pasión desatada. "Más fuerte, carnal", le rogué, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada. Mis paredes se contraían alrededor de él, el orgasmo building como una tormenta. Pensé en mi reflexión inicial: esta era la verdadera pasión, carne contra carne, alma con alma.

Acto tres: El éxtasis y la calma

Explotamos juntos. Mi clímax me sacudió como un rayo, olas de placer convulsionando mi cuerpo, chillidos ahogados saliendo de mi garganta. Él se tensó, gruñendo profundo, su semen caliente inundándome en chorros potentes. Colapsamos, entrelazados, pieles pegajosas de sudor, respiraciones entrecortadas sincronizándose.

Yacimos allí, el corazón latiendo al unísono. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, mi cabeza en su pecho escuchando el eco de su pulso. El aroma de nuestro amor perduraba, dulce y animal.

Esta ha sido mi reflexión de la pasión de Cristo: no solo sufrimiento, sino entrega total, placer redentor
.

"¿Vienes mañana a la procesión?", preguntó él, voz perezosa, besando mi frente. Sonreí, trazando círculos en su abdomen. "Claro, mi Cristo personal. Pero esta vez, con más fuego."

Nos vestimos entre risas y besos robados, el sol poniente filtrándose por la ventana. Salimos a la calle, manos unidas, el mundo vibrante de colores y vida mexicana. En mi interior, una paz profunda: la pasión no era pecado, era vida. Y yo, renacida en sus brazos.

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