Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad La Pasion Carnal de Cristo y Maria Magdalena La Pasion Carnal de Cristo y Maria Magdalena

La Pasion Carnal de Cristo y Maria Magdalena

6647 palabras

La Pasion Carnal de Cristo y Maria Magdalena

En el corazón de un pueblo michoacano, durante la Semana Santa, el aire olía a copal y flores de cempasúchil. Yo, María, era la elegida para interpretar a María Magdalena en la obra de La Pasión de Cristo. No era cualquier actriz; con mis curvas generosas y mi piel morena que brillaba bajo el sol, todos decían que parecía salida de un sueño prohibido. Jesús, el wey que hacía de Cristo, era un tipo alto, de ojos profundos como pozos de obsidiana, con un cuerpo esculpido por años de labrar la tierra. Neta, desde el primer ensayo, sentí un cosquilleo en el estómago cada vez que sus manos rozaban las mías en la escena del ungüento.

¿Por qué este hombre me acelera el pulso así? Es como si su mirada me desnudara despacito, capa por capa.
Pensaba yo mientras el director gritaba: "¡Más pasión, cabrones! ¡Esto es La Pasión de Cristo María Magdalena, no un rosario aburrido!"

El pueblo bullía de expectación. Las calles empedradas vibraban con el tañido de campanas y el aroma de buñuelos fritos en aceite caliente. Jesús y yo ensayábamos en la capilla abandonada al atardecer, cuando el sol teñía todo de rojo sangre. Él vestía una túnica raída que apenas contenía sus hombros anchos, y yo, un vestido holgado que se pegaba a mis pechos con el sudor. "María, unge mis pies", decía él con voz grave, arrodillándose. Mis dedos temblaban al verter el aceite imaginario, pero en realidad era mi propia humedad la que sentía entre las piernas. Su piel era cálida, áspera por el trabajo, y olía a tierra fértil y hombre puro.

Al principio, era solo tensión. Cada roce accidental –su mano en mi cintura para guiarme en la crucifixión fingida– enviaba chispas por mi espina. Órale, María, contrólate, me regañaba yo misma. Pero él también lo notaba. Sus ojos se demoraban en mis labios carnosos, en el valle entre mis senos que subía y bajaba con mi respiración agitada. Una noche, después de un ensayo largo, nos quedamos solos. El viento susurraba entre las ruinas, trayendo el eco lejano de mariachis.

"¿Sabes? Eres la Magdalena más chingona que he visto", murmuró él, quitándose la corona de espinas falsa. Su voz era como miel caliente, espesa y dulce. Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo irradiar hacia mí. "Y tú, Cristo, pareces tentación andante", respondí juguetona, con ese acento purépecha que hace todo más sensual. Nuestras miradas se enredaron, y de pronto, sus labios rozaron los míos. Fue suave al inicio, un beso que sabía a vino bendecido y promesas rotas. Pero pronto, la pasión estalló.

Acto dos de nuestra propia obra privada. Sus manos grandes exploraron mi espalda, desatando el lazo de mi vestido. La tela cayó como una cascada, revelando mi piel desnuda al aire fresco de la noche. Qué rico se siente su toque, pensé, mientras él gemía bajito al ver mis tetas firmes, los pezones endurecidos por el deseo. "Eres un pecado delicioso, María", gruñó, lamiendo mi cuello con una lengua ávida que dejaba rastros húmedos y calientes. Yo arqueé la espalda, presionando mi vientre contra su erección dura como cruz de madera. Olía a su sudor masculino, mezclado con el jazmín silvestre que crecía en las paredes.

Lo empujé contra el altar polvoriento, pero él tomó el control con gentileza. "Déjame adorarte como tú me adoras a mí", susurró, arrodillándose de nuevo. Sus labios bajaron por mi pecho, chupando un pezón con succión experta que me hizo jadear. ¡Ay, Diosito! Esto es mejor que cualquier rezo. Sentí su aliento caliente en mi ombligo, luego más abajo. Mis muslos temblaban cuando su boca alcanzó mi centro. Lamía despacio, saboreando mi néctar salado, mientras sus dedos abrían mis labios húmedos. El sonido era obsceno: lengüetazos jugosos, mis gemidos ahogados que rebotaban en las bóvedas. "¡Más, Jesús, no pares, wey!", suplicaba yo, enredando mis dedos en su cabello negro y revuelto.

La tensión crecía como tormenta en el lago de Pátzcuaro. Él se incorporó, quitándose la túnica de un tirón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con urgencia. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre el acero debajo. "Mira lo que me haces, Magdalena mía", dijo ronco, mientras yo la acariciaba de arriba abajo, probando la gota perlada en la punta con mi lengua. Sabía a sal y deseo puro. Lo succioné profundo, oyendo sus gruñidos guturales, sus caderas empujando instintivo.

Quiero que me llene, que me haga suya en este santo lugar.

Pero no era solo carne; había algo profundo. En sus ojos vi devoción real, no solo lujuria. "Te quiero desde el primer día, neta", confesó entre besos, mientras me recostaba sobre las mantas que usábamos para la escena de la resurrección. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome con placer dulce. ¡Qué chido! Grité internamente cuando me llenó por completo. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, cada una rozando ese punto que me volvía loca. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros jadeos, el crujir de la madera vieja. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos resbaladizos uniéndose en frenesí.

Yo clavaba mis uñas en su espalda musculosa, oliendo el almizcle de nuestro sexo impregnando el aire. Él aceleró, follándome con fuerza amorosa, sus bolas golpeando mi culo. "¡Sí, así, Cristo mío!", gritaba yo, sintiendo el orgasmo subir como volcán. Él también estaba al borde, su rostro contorsionado en éxtasis. "Ven conmigo, María", rogó, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras chorros calientes me inundaban. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: pulsos acelerados, temblores compartidos, besos salados por lágrimas de placer.

En el afterglow, yacimos enredados bajo la luna que entraba por las grietas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. "Esto fue más que un ensayo", murmuró él, trazando círculos en mi piel sensible. Yo sonreí, besando su frente.

La verdadera pasión de Cristo María Magdalena no está en el escenario, sino aquí, en nuestros cuerpos unidos.
El pueblo dormía, ajeno a nuestra herejía bendita. Mañana actuaríamos para todos, pero esta noche, fuimos dioses de carne y hueso.

Desde entonces, cada Semana Santa, el recuerdo me enciende. Jesús y yo seguimos juntos, en secreto al principio, pero ahora con orgullo. La obra sigue, pero nuestra historia es eterna, tejida de suspiros, olores y toques que nadie olvidará.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.