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Como Recuperar La Pasion Por Dios

7197 palabras

Como Recuperar La Pasion Por Dios

Estaba sentada en la banca de madera pulida de la iglesia de la Virgen de Guadalupe en el corazón de la colonia Roma, el aroma a incienso y velas derretidas flotando pesado en el aire como un susurro divino que ya no me tocaba el alma. Hacía meses que mi fe se sentía como un cascarón vacío, una rutina de oraciones mecánicas sin chiste. ¿Cómo recuperar la pasión por Dios? me preguntaba en silencio mientras el padre terminaba la misa, su voz resonando contra las altas bóvedas. Mi nombre es María, tengo treinta y cinco años, viuda desde hace dos, y el vacío en mi pecho era más grande que cualquier altar.

Al salir, el sol de mediodía pegaba duro en las calles empedradas, el bullicio de los chilangos vendiendo elotes y tamales llenando el aire con ese olor a carbón y maíz que siempre me ha puesto nostálgica. Ahí lo vi por primera vez: Alejandro, alto, moreno, con ojos cafés profundos como pozos de chocolate derretido y una sonrisa que parecía prometer secretos. Estaba repartiendo volantes de un retiro espiritual en Coyoacán. Me acerqué, atraída por algo que no podía explicar.

—Órale, güeyita, ¿vienes al retiro? Ahí te enseñamos como recuperar la pasion por dios, neta que revive el alma —me dijo con voz grave, su aliento oliendo a menta fresca.

Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en la piel de la nuca. Tomé el volante y esa noche soñé con él, con sus manos fuertes sobre mi cuerpo, guiándome hacia una luz que no era solo celestial.

Al día siguiente lo busqué en el parque de Coyoacán, bajo los ahuehuetes centenarios que susurraban con la brisa. Vestía una guayabera blanca que se pegaba a su pecho musculoso por el sudor, y olía a tierra mojada y jabón de lavanda. Hablamos horas, sentados en una banca de hierro forjado. Me contó de su vida: exseminarista que dejó el hábito porque Dios no estaba en las paredes frías, sino en la carne viva, en el pulso acelerado del corazón.

—La pasión por Dios no se recupera rezando de rodillas todo el día, María. Se recupera sintiendo la vida en cada poro, en cada caricia del viento, en el roce de dos almas que se encuentran —dijo, rozando mi mano con la yema del dedo índice. Su piel era cálida, áspera por el trabajo manual, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal hasta el bajo vientre.

La tensión creció como una tormenta de verano. Me invitó a su depa en la Condesa, un loft luminoso con ventanales que daban a jardines frondosos, olor a café de olla y hierbas frescas en la cocina. Entramos, el aire cargado de expectativa. Me sirvió un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios, el líquido quemándome la garganta con sabor a agave maduro.

¿Qué estoy haciendo? Esto no es iglesia, pero su mirada me hace sentir tocada por algo sagrado.

Se acercó despacio, su aliento caliente en mi oreja. —Déjame mostrarte, María. Como recuperar la pasion por dios empieza por aquí —murmuró, deslizando sus dedos por mi cuello, bajando hasta el escote de mi blusa floja. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, el pulso retumbando en mis sienes.

Me besó suave al principio, labios carnosos probando los míos como si saboreara un fruto prohibido, lengua danzando con la mía en un ritmo lento que me dejó jadeante. Sus manos expertas desabotonaron mi blusa, exponiendo mis pechos llenos al aire fresco del ventilador de techo. Gemí cuando sus pulgares rozaron mis pezones endurecidos, enviando descargas eléctricas directo a mi entrepierna. Olía a hombre puro: sudor limpio, loción de sándalo y ese musk de excitación que me mareaba.

—Eres hermosa, carnala, como una diosa pagana —susurró, bajando la cabeza para lamer mi piel, su lengua caliente trazando círculos alrededor de un pezón mientras succionaba el otro. El sonido húmedo de su boca, mis jadeos ahogados, el crujir de la cama king size cuando me recostó. Mis manos exploraron su espalda ancha, uñas clavándose en músculo firme bajo la camisa desabrochada.

La intensidad subió cuando me quitó la falda, sus dedos hurgando en mi tanga empapada. —Estás chingón mojada, wey —rió juguetón, metiendo un dedo grueso en mi panocha resbalosa, curvándolo para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda. El squelch obsceno de mis jugos, el slap de su palma contra mi clítoris hinchado, me volvían loca. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura como fierro, venosa y palpitante, goteando precum que lamí con deleite salado en la punta.

Me la chupé despacio, saboreando la piel suave sobre rigidez, su gruñido ronco vibrando en mi garganta. —¡Pinche delicia, María! Sigue así y te cojo hasta el amanecer —gimió, enredando dedos en mi pelo negro largo.

Pero no era solo carnalidad. Entre lamidas y penetraciones digitales, susurraba: —Siente a Dios en esto, en el fuego de tu cuerpo. Así se recupera la pasión, uniéndonos como Adán y Eva en el paraíso. —Sus palabras me encendían más, borrando culpas. Me volteó boca abajo, besando mi nuca, lamiendo la curva de mi espina hasta mi culo redondo. Su lengua exploró mi ano con ternura pecaminosa, mientras dos dedos follaban mi coño empapado.

El clímax se acercaba como avalancha. Me puso a cuatro patas, la verga rozando mi entrada húmeda. —Pídemelo, preciosa —exigió con voz husky.

—Cógeme, Alejandro, hazme tuya, dame la pasión divina —supliqué, voz quebrada.

Empujó adentro de un tirón, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome deliciosamente. El slap slap de pelvis contra nalgas, el olor a sexo crudo impregnando la habitación, mis tetas bamboleándose con cada estocada profunda. Agarró mis caderas, clavándome más hondo, su saco peludo golpeando mi clítoris. Grité su nombre, el placer construyéndose en espiral: calor en el vientre, nervios en llamas, visión borrosa.

¡Dios mío, esto es Dios! La pasión regresa en oleadas de éxtasis puro.

Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como amazona, mis jugos chorreando por sus huevos. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones. —¡Sí, cabrón, así! —chillaba, moliendo mi clítoris contra su pubis púbico.

El orgasmo nos golpeó juntos. El suyo: chorros calientes inundando mi útero, gruñidos animales. El mío: convulsiones violentas, coño apretándolo como puño, olas de placer cegador que me dejaron temblando, lágrimas de gozo rodando por mis mejillas. Colapsamos enredados, pieles sudadas pegajosas, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

En el afterglow, acurrucada en su pecho velludo, escuchando su corazón galopante calmarse, sentí la paz verdadera. El aroma a semen y sudor se mezclaba con el jazmín del jardín exterior. —Gracias, amor. Ahora sé como recuperar la pasion por dios —le dije, besando su piel salada.

—Es solo el principio, mi reina. Dios vive en nosotros, en cada polvo sagrado —respondió, acariciando mi pelo.

Y así, en esa cama deshecha de la Condesa, renací. Mi fe no era dogma, sino fuego vivo, pasión recuperada en los brazos de un hombre que me mostró el cielo terrenal.

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