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Jesucristo La Pasión de Cristo Desatada

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Jesucristo La Pasión de Cristo Desatada

Era Semana Santa en la Ciudad de México, y el aire de mi departamento en Polanco olía a incienso y a las velitas que prendí en el altar improvisado de la sala. Afuera, las procesiones retumbaban con tambores y rezos, pero adentro, solo estábamos mi carnal, Alex, y yo, recargados en el sillón de piel, con la tele prendida en Jesucristo La Pasión de Cristo. Neta, elegí esa película porque siempre me ha puesto la piel chinita, esa mezcla de dolor y entrega total que Mel Gibson capturó tan chido. Alex, con su cabello largo hasta los hombros como el mismísimo Cristo, me abrazaba por la cintura, su aliento cálido rozándome el cuello.

Yo soy Laura, 28 años, morra bien plantada con curvas que a mi viejo le encantan. Llevábamos tres meses de novios intensos, de esos que te dejan los labios hinchados y el cuerpo adolorido de tanto gozo. Esa noche, el ambiente estaba cargado, como si el Espíritu Santo se hubiera metido en la recámara. La película empezó con Jesús en el huerto, sudando sangre, y sentí un cosquilleo entre las piernas. ¿Por qué carajos me excita tanto esto?, pensé, mientras el calor de la mano de Alex subía por mi muslo, bajo la falda corta que me puse a propósito.

"Neta, esta película es heavy, ¿verdad, mi reina?", murmuró él, su voz ronca como un trueno lejano. Asentí, mordiéndome el labio, y volteé a verlo. Sus ojos cafés brillaban con la luz parpadeante de la pantalla, y su pecho subía y bajaba rápido. La escena de la flagelación llegó, los latigazos sonando como chasquidos secos, la piel abriéndose en carne viva. Mi corazón latió fuerte, y sin pensarlo, puse mi mano sobre la suya, guiándola más arriba. Sentí su verga endureciéndose contra mi cadera, dura como piedra tallada.

Esto es pecado, pero qué rico pecado, Virgen santísima perdóname pero no quiero parar.

Acto primero de nuestra propia pasión: nos besamos con hambre, lenguas enredándose como serpientes en el Edén. Saboreé su boca, salada por el sudor nervioso, mientras sus dedos me acariciaban la piel suave del interior del muslo. El sonido de los azotes en la tele se mezclaba con mis jadeos suaves. Me quité la blusa despacio, dejando que mis tetas rebotaran libres, pezones duros como caramelos listos para chupar. Alex gimió, "Estás más rica que un tamal de dulce, Lau", y hundió la cara entre ellas, lamiendo con devoción, el calor de su lengua enviando chispas hasta mi panocha húmeda.

La película avanzaba, Jesús cargando la cruz, tambaleándose bajo el peso. Yo me recargué en el respaldo, abriendo las piernas para que Alex se arrodillara frente a mí, como un penitente ante su diosa. Su aliento caliente me rozó el encaje de las calzones, y el olor a mi excitación llenó el aire, almizclado y dulce como miel de maguey. "Déjame adorarte, mi Cristo personal", dijo juguetón, bajándome la prenda con los dientes. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo en círculos lentos, succionando como si quisiera extraer mi alma. Gemí fuerte, agarrando su cabello, el sonido de mis caderas moviéndose contra su boca ahogando los gritos de la multitud en la pantalla.

El deseo crecía como una tormenta en el desierto de Judea. Lo jalé hacia arriba, desabrochándole el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con vida propia. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. Neta, es perfecta, como esculpida por Dios para mí. La masturbé despacio, viendo gotas de pre-semen brillar en la punta, oliendo su aroma masculino, terroso y adictivo. Alex jadeaba, "Me vas a volver loco, pendejita", pero su voz era pura súplica.

Pasamos al sillón, yo encima, montándolo como una amazona en Semana Santa. La película llegó a la crucifixión, clavos hundiéndose con crujidos que me erizaron la piel. Bajé sobre su verga, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. El roce era fuego líquido, cada vena frotando mis paredes internas. Empecé a moverme, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel sincronizándose con los martillazos en la tele. Sudor corría por mi espalda, goteando sobre su pecho, y él lo lamía, saboreando la sal de mi esfuerzo.

Acto segundo, la escalada al Gólgota personal. Alex me agarró las nalgas, amasándolas fuerte, sus dedos hundiéndose en la carne suave. "Más rápido, mi vida, dame tu pasión completa", gruñó. Aumenté el ritmo, mis tetas rebotando, pezones rozando su pecho velludo. El olor a sexo nos envolvía, mezclado con el incienso que flotaba desde la ventana abierta. Sentía mi orgasmo construyéndose, una ola gigante en el horizonte, mientras él empujaba desde abajo, su verga golpeando mi punto G con precisión divina.

Internalmente, luchaba:

Esto es blasfemia, pero qué chingón, unir lo sagrado con lo carnal, como si Jesucristo aprobara este éxtasis.
Cambiamos de posición, él detrás, en cuatro como animales en celo. Me penetró profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El sonido era obsceno, húmedo y rítmico, mis gemidos convirtiéndose en gritos: "¡Sí, cabrón, así, no pares!". Sus manos recorrían mi cuerpo, pellizcando pezones, bajando a frotar mi botón con maestría. El calor subía, mi piel ardiendo, el sudor chorreando como sangre en la cruz.

La tensión psicológica era brutal. Recordaba las escenas de la película, la entrega total de Cristo, y lo reflejaba en mi rendición a Alex. "Eres mi salvador, mi Jesucristo en la cama", le susurré, y él respondió acelerando, su respiración entrecortada contra mi oreja. Olía a él por todos lados, ese perfume natural de hombre excitado que me volvía loca. Mis paredes se contraían alrededor de su verga, ordeñándola, y sentí el primer espasmo llegar.

El clímax explotó como la resurrección. Mi cuerpo se tensó, un grito gutural saliendo de mi garganta mientras oleadas de placer me sacudían, mi panocha convulsionando, jugos corriendo por mis muslos. Alex se vino segundos después, gruñendo como un toro, su leche caliente llenándome, desbordando en chorros calientes. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, el corazón latiendo al unísono con los últimos acordes de la película, donde Cristo resucita.

Acto final, el afterglow eterno. Quedamos abrazados en el sillón, piel pegajosa de sudor y fluidos, el aire pesado con nuestro aroma compartido. La tele mostraba créditos, pero nosotros estábamos en nuestro propio paraíso. Alex me besó la frente, suave, "Fue la pasión más cabrona de mi vida, Lau. Como revivir Jesucristo La Pasión de Cristo, pero con final feliz". Reí bajito, saboreando el beso, sintiendo su verga aún semi-dura contra mi pierna.

Me recargué en su pecho, escuchando su corazón calmarse, el incienso ahora mezclado con nuestro olor a sexo satisfecho. Esto es lo que necesitaba, unir lo divino con lo terrenal, sin culpas, solo puro gozo. Afuera, las campanas de la iglesia tañían la medianoche, celebrando la resurrección. Nosotros habíamos resucitado en brazos del otro, listos para más noches de pasión desatada. Neta, Semana Santa nunca había sido tan chingona.

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