Pasiones Ardientes de los Actores de la Pasion de Cristo de Mel Gibson
Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el sonido de la lluvia golpeando las ventanas como un tambor lejano. Era una noche de viernes chida, de esas en que el DF se pone gris y húmedo, perfecto para quedarse adentro con su carnal, Luis. Habían pedido unos tacos de suadero por Rappi, y el olor a cebolla asada y cilantro fresco todavía flotaba en el aire. Luis, con su playera negra ajustada que marcaba sus pectorales, metió el DVD en el reproductor.
La Pasion de Cristo de Mel Gibson, dijo él con esa voz ronca que a Ana le erizaba la piel. Neta, wey, hace rato que no la vemos. ¿Te late?
Ana sonrió, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Claro que le latía. No tanto por la historia religiosa, sino por los actores de la Pasion de Cristo de Mel Gibson. Jim Caviezel con esos ojos intensos, como si te desnudaran el alma, y Maia Morgenstern con su mirada de mujer sufriente pero fuerte. Siempre que lo veían, terminaban hablando de lo guapos que estaban, de cómo la pasión de la película les prendía algo por dentro.
La pantalla se iluminó. El latín resonaba, mezclado con los azotes y gemidos de dolor. Ana se acercó a Luis, su muslo rozando el de él. El calor de su cuerpo era como una promesa.
¿Por qué este pinche película siempre me pone caliente?pensó ella, mientras veía a Caviezel cargando la cruz, sudoroso, los músculos tensos bajo la sangre falsa.
Luis le pasó el brazo por los hombros, sus dedos jugando con el tirante de su blusa. Huele a ti rico, mija, susurró, aspirando el perfume de vainilla en su cuello. Ana giró la cara, sus labios casi tocando los de él. La tensión crecía como la tormenta afuera, gota a gota.
En la mitad de la película, cuando Jesús cae por tercera vez, Ana ya no aguantaba. Su mano se deslizó por el pecho de Luis, bajando hasta el bulto que se marcaba en sus jeans. Los actores de la Pasion de Cristo de Mel Gibson nos están inspirando, wey, dijo ella juguetona, mordiéndose el labio. Imagínate si Jim y Maia tuvieran una escena hot en vez de tanta sangre.
Luis soltó una risa grave, que vibró en su pecho. Neta, carnala, tú sí que tienes unas ideas locochonas. Pero me late. ¿Quieres que sea tu Jesús?
Ana sintió un pulso acelerado entre las piernas, húmeda ya de anticipación. Sí, pendejito, pero uno que no sufra, uno que me haga gozar. Él apagó la tele, dejando solo la luz tenue de una vela que parpadeaba, oliendo a canela mexicana. La lluvia arreció, un rugido constante que ahogaba todo lo demás.
Luis la jaló hacia él, sus bocas chocando en un beso hambriento. Sabían a salsa verde de los tacos y a deseo puro. Lenguas enredadas, dientes rozando, manos explorando. Ana metió las uñas en su espalda, sintiendo la dureza de sus hombros, como los de Caviezel en la cruz.
Esto es mejor que cualquier película, pensó, mientras él le quitaba la blusa, exponiendo sus chichis firmes, pezones duros como piedras.
Él los lamió despacio, chupando uno mientras pellizcaba el otro. Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. Ay, cabrón, no pares. Su piel olía a sudor fresco, a hombre listo para la acción. Luis bajó la mano a su short, metiendo los dedos por la orilla del calzón. Estaba empapada, su panocha palpitando, caliente como brasas.
La llevó al sillón reclinable, la recostó con cuidado, como si fuera sagrada. Pero sus ojos brillaban con fuego pagano. Te voy a dar toda la pasión que esos actores no mostraron, murmuró, quitándole el short. Ana abrió las piernas, expuesta, vulnerable pero poderosa. Mírame, Luis, fóllame como si fuera el fin del mundo.
Él se arrodilló, su aliento caliente en su entrepierna. El olor a su excitación lo invadió, almizclado y dulce. Sacó la lengua, lamiendo despacio desde el clítoris hasta el fondo. Ana gritó, agarrando su pelo. ¡Sí, wey, así! Cada lamida era un latigazo de placer, círculos lentos que la volvían loca. Sus jugos corrían por su barbilla, y él los tragaba con gusto, gimiendo como si fuera el mejor taco de su vida.
Pero Ana quería más. Lo empujó al piso, montándose encima. Le desabrochó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, apuntando al techo. La tomó en la mano, sintiendo el pulso furioso, el calor que quemaba. La lamió de abajo arriba, saboreando la sal de su pre-semen. Luis jadeaba, ¡Qué chida chupas, mami!
Se posicionó, frotándola en su entrada resbalosa. Bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta que la llenó por completo. Ambos gritaron. El estiramiento era perfecto, dolorcito rico que se volvía éxtasis. Ana cabalgó, sus caderas girando, chichis rebotando. Luis agarraba su culazo, amasándolo, metiendo un dedo en su ano para más placer.
El sudor los unía, piel contra piel resbalosa. La lluvia afuera era su banda sonora, truenos marcando el ritmo.
Esto es la verdadera pasión, pensó Ana, mientras él la volteaba, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, golpeando su punto G. Cada embestida era un choque húmedo, bolas contra clítoris, gemidos mezclados.
Ana sentía el orgasmo construyéndose, como una ola en el Pacífico. Más rápido, cabrón, ¡dame todo! Luis aceleró, su respiración entrecortada, gruñendo como bestia. La volteó de nuevo, cara a cara, para besarla mientras la penetraba. Sus ojos se clavaron, almas conectadas en el clímax.
Exploto primero ella, un grito ahogado, panocha contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando. Luis la siguió, vaciándose dentro con rugidos, semen caliente llenándola. Colapsaron juntos, cuerpos temblando, corazones latiendo al unísono.
Después, en la calma, Luis la abrazó, besando su frente húmeda. La película seguía en pausa, los actores de la Pasion de Cristo de Mel Gibson congelados en su sufrimiento. Pero ellos habían encontrado la alegría. Ana sonrió, oliendo su mezcla en la piel. Neta, la mejor noche, susurró.
La lluvia amainó, dejando un goteo suave. Se quedaron así, enredados, planeando ver otra película... o hacer su propia secuela.