Como Se Llaman Los Actores del Abismo de Mi Pasion
La noche en mi depa de la Condesa caía como una caricia caliente, con ese viento tibio de la Ciudad de México que se colaba por la ventana entreabierta. Yo, Daniela, estaba recostada en el sillón de terciopelo rojo, con las piernas cruzadas y el control remoto en la mano, zapeando hasta que di con la repetición de Abismo de Pasión. Ese culebrón que tanto me gustaba de morrita ahora me ponía la piel chinita de otra forma. El aire olía a jazmín del jardín de abajo y a mi crema de coco, pero lo que realmente me tenía inquieta era Javier, mi carnalito del alma, que acababa de llegar de su jale en Polanco.
Él se dejó caer a mi lado, con su playera negra ajustada marcando esos pectorales que me volvían loca. ¿Qué onda, nena? ¿Otra vez con tus novelitas?
me dijo con esa voz ronca que me erizaba los vellos de la nuca. Le di un codazo juguetón y acerqué mi cuerpo al suyo, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. Sí, güey, pero esta es Abismo de Pasión. Míralos, qué pasión, neta. Oye, ¿tú sabes como se llaman los actores de Abismo de Pasion? Siempre me olvido de los galanes.
Javier soltó una carcajada que vibró en su pecho, y su mano grande se posó en mi muslo desnudo, subiendo despacito por debajo de mi shortcito de algodón. David Zepeda es el mero mero, el Alejandro ese que te pone caliente. Y la chava, Angelique Boyer, Elisa, la que parece salida de un sueño húmedo.
Sus dedos trazaban círculos lentos, y yo sentí un cosquilleo que subía directo a mi entrepierna. La pantalla mostraba una escena de besos furiosos bajo la lluvia, y el sonido de los labios chocando se mezclaba con nuestras respiraciones que empezaban a acelerarse. Olía a su colonia de sándalo, mezclada con el sudor ligero del día, y yo no pude evitar morder mi labio inferior.
¿Por qué carajos me excita tanto esto? Es como si los actores saltaran de la tele y me tocaran a mí. Javier se parece al galán, con esa mandíbula cuadrada y ojos que prometen pecados.
La tensión crecía como una tormenta en el Valle de México. Javier apagó la tele con un clic, pero la imagen de esos cuerpos entrelazados quedó grabada en mi mente. Me volteó hacia él, su boca capturando la mía en un beso que sabía a tequila de la botana de anoche y a deseo puro. Nuestras lenguas bailaban, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban mi cintura, subiendo por mi blusa suelta hasta encontrar mis pechos libres debajo. Eres mi Elisa, nena, y yo tu Alejandro
murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Gemí bajito, el sonido escapando como un suspiro ahogado, y mis uñas se clavaron en su espalda musculosa.
Nos deslizamos al piso, la alfombra persa suave contra mi espalda desnuda ahora que él me quitó la blusa con un tirón experto. El aire fresco de la noche lamía mi piel caliente, contrastando con el fuego que Javier avivaba. Sus labios bajaron por mi clavícula, dejando un rastro húmedo que brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Te huelo a coco y a mujer en celo
gruñó, inhalando profundo entre mis senos. Yo arqueé la espalda, presionando contra su boca, sintiendo el roce áspero de su barba incipiente que me raspaba delicioso. Mis manos bajaron a su pantalón, desabrochando el botón con dedos temblorosos, liberando su verga dura que saltó como un resorte, caliente y palpitante en mi palma.
Chíngame como en la novela, pendejo
le susurré, usando ese apodo cariñoso que siempre lo encendía más. Él rio, un sonido gutural que vibró en mi vientre, y me quitó el short de un jalón, exponiendo mi conchita ya mojada, reluciente de anticipación. El olor almizclado de mi excitación llenó el aire, mezclado con el suyo, masculino y embriagador. Sus dedos gruesos se colaron entre mis pliegues, resbalosos y calientes, frotando mi clítoris en círculos lentos que me hacían jadear. ¡Órale, qué chido se siente! Cada roce es como electricidad, subiendo por mis muslos hasta el pecho.
La intensidad subía como el volumen de un corrido ranchero. Javier se posicionó entre mis piernas, su cuerpo pesado y protector cubriéndome. Rozó su punta contra mi entrada, untándose de mis jugos, y yo levanté las caderas suplicante. Dime sus nombres otra vez, amor, como se llaman los actores de Abismo de Pasión mientras me coges
le pedí, la voz entrecortada. David y Angelique, pero tú eres mejor, más rica, más mía
respondió, empujando despacio al principio, llenándome centímetro a centímetro. Sentí cada vena, cada pulso de su verga estirándome, un placer dulce que rayaba en dolor exquisito. Gemí fuerte, mis paredes contrayéndose alrededor de él, succionándolo más adentro.
Empezamos a movernos en ritmo perfecto, como si hubiéramos ensayado. Sus embestidas eran profundas, chocando contra mi punto G con un slap slap húmedo que resonaba en la habitación. Sudábamos, perlas saladas rodando por su pecho hasta caer en mis labios, que lamí con avidez. El sabor era salado y suyo, único. Más rápido, Javier, ¡no pares, cabrón!
lo arengué, mis uñas arañando su culo firme, urgiéndolo. Él aceleró, gruñendo como bestia, su aliento caliente en mi oreja: Te voy a romper, mi reina del abismo
. El sofá crujía cerca, testigo mudo, y el tráfico lejano de Reforma se oía como fondo a nuestro concierto privado de gemidos y carne contra carne.
Esto es el verdadero abismo, este pozo de placer donde me pierdo. Cada thrust me acerca al borde, mi cuerpo tiembla, listo para explotar.
La espiral ascendía implacable. Javier me volteó de rodillas, un movimiento fluido que me dejó a cuatro patas en la alfombra. Desde atrás, su verga entró más hondo, golpeando ángulos nuevos que me hacían ver estrellas. Agarró mis caderas con fuerza, sus pulgares presionando la carne suave, y yo empujé hacia atrás, encontrando cada embestida. Mis tetas rebotaban libres, pezones duros rozando la tela áspera, enviando chispas extra. El olor de sexo impregnaba todo, espeso y adictivo, mientras mis jugos corrían por mis muslos.
El clímax nos alcanzó como un rayo en el desierto. Yo llegué primero, un grito ahogado escapando de mi garganta mientras ondas de placer me sacudían, mi conchita apretando su verga en espasmos rítmicos. ¡Sí, Daniela, córrete para mí!
rugió él, y sentí su leche caliente inundándome, chorro tras chorro, mientras se vaciaba con temblores violentos. Colapsamos juntos, su peso sobre mí protector, respiraciones jadeantes sincronizadas.
En el afterglow, nos quedamos ahí, enredados en un lío de miembros sudorosos. Javier me besó la sien, suave ahora, y yo tracé patrones perezosos en su pecho con el dedo. Neta, amor, ese abismo de pasión es nuestro. Olvídate de los actores, nosotros somos la novela
murmuró. Sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho, oliendo a nosotros, a sexo compartido. La noche seguía caliente afuera, pero dentro, en nuestro rincón, reinaba la paz del deseo cumplido, con promesas de más abismos por explorar.