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Pasión de Gavilanes Capítulo 115 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 115 Fuego en las Venas

La noche caía sobre la hacienda como un manto de terciopelo negro, con el aroma a jazmín y tierra húmeda flotando en el aire cálido de Guadalajara. Yo, Ana, estaba recostada en el sofá de cuero suave, mis piernas desnudas rozando las de Juan, mi amor de tantos años. Habíamos planeado una velada tranquila, solo nosotros dos, con una botella de tequila reposado y la tele prendida en el canal de las novelas. "Órale, nena", me dijo él con esa voz ronca que me eriza la piel, "hoy toca Pasión de Gavilanes capítulo 115, el que todos dicen que es el más caliente". Su mano grande y callosa se posó en mi muslo, subiendo despacito, como si ya supiera el camino.

El capítulo empezó con esa música dramática que te pone los nervios de punta, los hermanos Reyes enredados en sus venganzas y pasiones. La pantalla iluminaba nuestras caras, y yo sentía el calor de su cuerpo pegado al mío, su pecho ancho subiendo y bajando con cada respiro. "Pasión de Gavilanes capítulo 115", murmuró Juan, acercando su boca a mi oreja, "justo como nosotros, ¿no? Tú y yo, ardiendo por dentro". Su aliento olía a tequila y a hombre, un olor que me hacía mojarme sin remedio. Intenté concentrarme en la trama, en cómo la protagonista se entregaba al deseo prohibido, pero su dedo índice trazaba círculos en mi piel, subiendo hacia el borde de mi falda corta.

Mi corazón latía fuerte, como tambores en una fiesta ranchera.

¿Por qué este wey siempre sabe cómo encenderme?
pensé, mientras el roce de sus uñas me enviaba chispas por la espalda. En la tele, los amantes se besaban con furia, y Juan aprovechó para voltearme la cara y plantarme un beso que sabía a limón y picardía. Sus labios eran firmes, su lengua juguetona, explorando mi boca como si fuera un territorio nuevo. Gemí bajito, el sonido ahogado por su beso, y mis manos se enredaron en su cabello negro y revuelto. El olor de su colonia, mezclado con sudor fresco, me invadió las fosas nasales, haciendo que mi cuerpo se arqueara hacia él.

La tensión crecía con cada escena del capítulo 115. Los personajes jadeaban en pantalla, y Juan me susurró al oído: "Míralos, nena, pero imagíname a mí haciendo eso contigo". Su mano ya estaba bajo mi falda, rozando la tela húmeda de mis panties. Sentí su calor a través de la ropa, su dureza presionando contra mi pierna. "Estás empapada, cabrona", rio él bajito, con ese acento tapatío que me derrite. Yo lo empujé juguetona: "¡Cállate, pendejo! Sigue viendo la novela", pero mis caderas se movían solas, buscando más fricción.

Apagó la tele de un control remoto, dejando la habitación en penumbras, solo iluminada por la luna que se colaba por las cortinas. "Ya no necesitamos eso", dijo, levantándome en brazos como si no pesara nada. Su fuerza me hacía sentir pequeña y deseada, mis pechos apretados contra su torso. Me llevó al cuarto, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me tiró con cuidado, riendo, y se quitó la camisa, revelando ese pecho moreno y musculoso, marcado por el sol de las mañanas en el rancho.

Me quedé mirándolo, el pulso acelerado en mis sienes.

Neta, este hombre es mi vicio
, pensé mientras él se desabrochaba el cinturón con deliberada lentitud. El sonido del metal chocando me erizó los vellos. Se acercó gateando sobre la cama, sus ojos oscuros clavados en los míos, llenos de hambre. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis tetas que saltaron ansiosas. "Qué chulas están", murmuró, tomando una en su boca. Sentí su lengua caliente lamiendo el pezón, chupando con succiones que me arrancaban jadeos. El placer era eléctrico, bajando directo a mi entrepierna, donde palpitaba con necesidad.

Yo no me quedé atrás. Mis uñas arañaron su espalda, bajando hasta su pantalón, que tiré con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando hacia mí como un arma cargada. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre la rigidez. "Te quiero adentro ya", le rogué, masturbándolo despacio, oyendo sus gruñidos roncos que llenaban la habitación. Él me quitó las panties de un jalón, exponiendo mi concha depilada y brillante de jugos. Sus dedos se hundieron en mí, dos de golpe, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. "Estás chorreando, mi reina", dijo, mientras yo me retorcía, el sonido húmedo de sus movimientos mezclándose con mis gemidos.

La intensidad subía como la marea en el Pacífico. Me puso de rodillas, su boca devorando mi clítoris hinchado. Lamía con hambre, succionando, metiendo la lengua profundo mientras sus dedos me follaban sin piedad. Olía a sexo puro, a mi excitación almizclada y su sudor salado.

No aguanto más, voy a explotar
, grité en mi mente, agarrando las sábanas hasta que mis nudillos blanquearon. Él lo sabía, porque aceleró, su barba raspándome los muslos sensibles. El orgasmo me golpeó como un rayo, olas de placer sacudiendo mi cuerpo, mis paredes contrayéndose alrededor de nada, gritando su nombre: "¡Juan!".

Pero no paró. Me volteó boca abajo, levantando mis nalgas. Sentí la cabeza de su verga presionando mi entrada, resbaladiza y lista. "Dime si quieres", jadeó, siempre atento, siempre respetuoso. "Sí, métemela toda, cabrón", supliqué, empujando contra él. Entró de una embestida, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome deliciosamente. El roce era perfecto, cada vena frotando mis paredes sensibles. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo y clavándose profundo, el sonido de piel contra piel como aplausos obscenos.

Sus manos amasaban mis tetas colgantes, pellizcando pezones, mientras su boca mordisqueaba mi cuello. Sudábamos juntos, el olor a sexo impregnando el aire, nuestros jadeos sincronizados. "Eres mía, Ana, toda mía", gruñía, acelerando, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Yo respondía empujando, cabalgándolo desde abajo, sintiendo cómo crecía dentro de mí. La tensión era insoportable, un nudo apretándose en mi vientre.

Pasión de Gavilanes capítulo 115 no tiene nada contra esto
, flashé en mi cabeza, riendo entre gemidos.

Él me volteó de nuevo, cara a cara, queriendo verme explotar. Nuestros ojos se clavaron, almas conectadas en ese momento crudo. Sus embestidas se volvieron salvajes, brutales en su ternura, mi concha chorreando alrededor de él. "Vente conmigo", ordenó, y obedecí. El clímax nos barrió como un huracán, mi cuerpo convulsionando, ordeñándolo mientras él rugía y se vaciaba dentro, chorros calientes pintando mis paredes. Colapsamos juntos, pegajosos y temblorosos, su peso sobre mí un cobija perfecta.

En el afterglow, su boca besaba mi frente sudorosa, sus dedos trazando patrones perezosos en mi espalda. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada, con la luna testigo afuera. "Mejor que cualquier capítulo", susurró, riendo bajito. Yo asentí, el corazón lleno, sabiendo que esta noche había sido nuestra propia Pasión de Gavilanes capítulo 115, pero en carne viva y eterna. Dormimos enredados, el eco de nuestros cuerpos aún palpitando en la quietud.

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