Que Dice La Biblia Sobre La Pasion Desenfrenada
Estás sentada en el mullido sofá de tu departamento en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino blanco, tiñendo todo de un dorado suave. El aroma del café recién hecho flota en el aire, mezclado con el perfume fresco de tu loción de vainilla. Eres Valeria, veintiocho años, una chava independiente que trabaja en una galería de arte, pero que todavía carga con esa educación católica que te hace cuestionarte todo. Frente a ti, Rodrigo, tu novio de hace un año, con su camisa ajustada que marca sus hombros anchos y esa sonrisa pícara que te hace derretir. Es alto, moreno, con ojos cafés que brillan como el tequila añejo cuando te mira así.
—Neta, Vale, ¿qué dice la Biblia sobre la pasión? —te suelta de repente, mientras hojea un librito viejo que sacaste de la repisa, un San Cantar de los Cantares que tu abuelita te regaló. Su voz es ronca, juguetona, y sientes un cosquilleo en la nuca al oírlo. ¿Qué dice la Biblia sobre la pasión? La pregunta te cae como un rayo, porque justo anoche soñaste con él, con sus manos explorando tu cuerpo bajo las sábanas, y ahora aquí está, desafiándote con esa mirada.
Te muerdes el labio, el corazón latiéndote un poquito más rápido. El aire se siente más pesado, cargado de esa electricidad que siempre hay entre ustedes. —No sé, wey —respondes, riendo bajito para disimular el calor que sube por tu pecho—. Pero el Cantar de los Cantares es puro fuego, ¿no? Habla de pechos como torres, de besos que saben a vino.
Rodrigo se acerca, su rodilla rozando la tuya, y el contacto envía una chispa directa a tu entrepierna. Su olor, esa mezcla de jabón y sudor limpio del gym, te invade las fosas nasales. Toma el libro y lee en voz alta, su aliento cálido rozando tu oreja:
«Tu boca es como el buen vino... que va derecho al paladar del dormido».Su dedo recorre la página, pero sus ojos están fijos en ti, bajando despacio por tu escote, donde tu blusa de algodón se abre un poco.
Sientes el pulso acelerado en tu cuello, el roce de la tela contra tus pezones que se endurecen solos. Esto no es solo leer, piensas, mientras tu mente divaga a lo que la Biblia podría decir de esta hambre que sientes crecer. Él deja el libro a un lado y su mano se posa en tu muslo, suave al principio, como preguntando permiso. Asientes, muda, y el mundo se reduce a ese toque: piel contra piel, cálida, firme.
La tarde avanza lenta, pero la tensión sube como el calor de un comal. Se besan primero, un roce de labios que sabe a café y a promesa. Su lengua entra juguetona, explorando tu boca con la misma devoción que si fuera un versículo sagrado. Gimes bajito, el sonido vibrando en tu garganta, y tus manos suben por su espalda, clavando las uñas en la camisa. Qué dice la Biblia sobre la pasión, te preguntas en un rincón de la mente, mientras él te empuja suave contra los cojines, su cuerpo cubriendo el tuyo como una bendición pecaminosa.
El medio tiempo se estira en un torbellino de caricias. Te quita la blusa con dedos temblorosos de deseo, besando cada centímetro de piel que descubre. Su boca en tu cuello chupa suave, dejando un rastro húmedo que se enfría al aire, erizándote la piel. —Eres mi torre de marfil, Vale —murmura, citando el libro, y su aliento caliente te hace arquear la espalda. Tus pechos libres ahora, él los acaricia con las palmas, el pulgar rozando los pezones duros como piedras preciosas. Sientes el latido de tu corazón en cada punta, un tambor que resuena en tu vientre.
Manos abajo, desabrochando tu jeans. El sonido de la cremallera es obsceno en el silencio del cuarto, seguido del susurro de la tela bajando por tus caderas. Quedás en tanga de encaje negro, y él se arrodilla entre tus piernas, inhalando profundo. —Olerte así es como entrar al templo —dice, y su nariz roza el triángulo de tela húmeda. El aroma de tu excitación, almizclado y dulce, llena el espacio. Lame por encima, la lengua plana y caliente, y gritas un ¡ay, cabrón! que sale puro instinto mexicano.
Tu mente es un remolino: culpa fugaz por lo prohibido, pero ahogada en oleadas de placer. La pasión es de Dios, ¿no? El Cantar lo canta a gritos. Lo jalas del pelo, guiándolo, y él obedece, chupando más fuerte, metiendo la lengua bajo la tela hasta rozar tu clítoris hinchado. Sientes las contracciones primerizas, ese pulso profundo que te hace retorcerte. Sus dedos se unen, dos adentro, curvándose justo ahí, en el punto que te hace ver estrellas. El sonido es húmedo, chapoteante, como lluvia en el asfalto de la ciudad.
Lo volteas, porque ahora quieres devorarlo tú. Le bajas el pantalón, y su verga salta libre, dura, venosa, con la cabeza brillando de pre-semen. La tocas, piel aterciopelada sobre acero, y él gime ronco, ¡pinche Vale, me vas a matar! La chupas despacio, saboreando el salado salobre, la lengua girando en la punta mientras tu mano aprieta la base. Él se agarra de tus hombros, los dedos hundiéndose en la carne, y el dolor mezclado con placer te enciende más.
La intensidad sube como fiebre. Te sube encima, tus rodillas a los lados de sus caderas, y guías su verga adentro de ti. Lentito al principio, sintiendo cada centímetro estirarte, llenarte hasta el fondo. Es como encajar en el paraíso, piensas, mientras empiezas a moverte, arriba-abajo, el roce interno mandando chispas por tu espina. Él te agarra las nalgas, amasándolas fuerte, y choca sus caderas contra las tuyas. El slap-slap de piel contra piel llena el cuarto, mezclado con jadeos y ¡más, wey, más!
Su boca en tus tetas, mordiendo suave los pezones, tirando con los dientes hasta que duele rico. Sudor perla su pecho, salado cuando lo lames, y el olor de sexo crudo impregna todo: almizcle, sudor, vainilla residual. Tu clítoris roza su pubis con cada embestida, y sientes el orgasmo venir, una ola que se hincha en tu bajo vientre. —Ven conmigo, Vale, déjate ir —gruñe él, y eso te rompe. Explotas en espasmos, las paredes apretándolo, gritando su nombre mientras el mundo se disuelve en blanco caliente.
Él te sigue segundos después, hinchándose adentro, chorros calientes que te bañan por dentro. Colapsan juntos, respiraciones agitadas sincronizándose, piel pegajosa de sudor. El afterglow es puro terciopelo: su mano acariciando tu espalda en círculos perezosos, tus dedos enredados en su pelo húmedo. Afuera, el tráfico de la Condesa zumba lejano, pero aquí dentro solo existe esta paz carnal.
—Entonces, ¿qué dice la Biblia sobre la pasión? —preguntas al rato, con voz ronca, la cabeza en su pecho. Sientes su risa vibrar bajo tu oreja.
—Dice que es divina, mi amor. Como esto.
Te quedas así, envuelta en su calor, pensando que tal vez la fe y el fuego van de la mano. El sol se pone, tiñendo la habitación de rojo, y sabes que esta pasión es tuya, consentida, plena. Mañana leerán más, pero hoy, el versículo vivo late en sus cuerpos entrelazados.