Los Instrumentos de la Pasion
Entré a esa tiendita de instrumentos musicales en el corazón del Centro Histórico, con el bullicio de la ciudad zumbando afuera como un mariachi desafinado. El olor a madera vieja y cuerdas nuevas me golpeó de inmediato, mezclado con un toque de café de olla que alguien había dejado en una mesita. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, andaba buscando una guitarra para mis ratos libres, algo que me sacara del estrés del jale en la agencia de publicidad. Neta, necesitaba algo que me hiciera vibrar de nuevo.
Allí estaba él, Diego, recargado en el mostrador, afinando una guitarra acústica con dedos largos y callosos que se movían como si tocaran ya mi piel. Moreno, con ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luz, y una sonrisa pícara que decía "órale, güeyita, ¿qué traes?" sin decirlo. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando afinas una cuerda floja.
—¿Qué onda? ¿Buscas algo en especial? —me dijo con esa voz ronca, de las que te erizan el alma.
Charlamos un rato, de música ranchera, de cómo el son jarocho me ponía la piel chinita. Me contó que daba clases privadas en su taller, allá por la Roma.
"Ven, te enseño a sacar el fuego de las cuerdas. El cuerpo es como un instrumento, hay que saber tocarlo."Su invitación colgaba en el aire, cargada de promesas. Le di mi número, y para la noche ya estaba en su taller, un loft chido con paredes de ladrillo visto, luces tenues y un montón de instrumentos de la pasión por todos lados: guitarras colgadas, violines en estuches, maracas y hasta un cuerno polka reluciente.
La segunda vez que fui, el aire ya estaba espeso de anticipación. Diego me recibió con una chela fría, el sonido de sus botas en el piso de madera resonando como un pulso acelerado. Me senté en un banquito alto, y él se paró detrás de mí para corregir mi postura en la guitarra. Sus manos cubrieron las mías, cálidas y firmes, guiándome por las cuerdas. ¡Qué chido! Su aliento olía a menta y a algo más salvaje, y cada roce de su pecho contra mi espalda mandaba chispas por mi espina.
—Mira, Ana, la guitarra no es solo madera y metal. Es pasión pura. Como el cuerpo humano —murmuró cerca de mi oreja, su voz vibrando en mi cuello—. Hay que tensar las cuerdas justito, para que suenen con alma.
Mi corazón latía como un tambor huichol, y entre mis piernas sentía esa humedad traicionera que delataba mi deseo. Intenté concentrarme en los acordes, pero sus dedos se demoraban en los míos, trazando círculos suaves. El taller se llenó de sonidos: el plink de las cuerdas, nuestra respiración agitada, el crujido de su jeans cuando se acercó más. Olía a él, a hombre de campo mezclado con aceite de limón para pulir instrumentos. Lo volteé a ver, y ahí estaba esa mirada, hambrienta.
—¿Quieres probar algo más... intenso? —preguntó, sacando un violín del estuche. Sus ojos decían todo.
Asentí, la boca seca, el pulso acelerado. Me quitó la guitarra de las manos con gentileza y me paró, sus labios rozando los míos en un beso tentativo. Suave al principio, como un arpegio, pensé, mientras su lengua exploraba mi boca con sabor a chela y deseo. Sus manos bajaron por mi espalda, desabotonando mi blusa con maestría, dejando mi piel expuesta al aire fresco del taller. Gemí bajito cuando sus dedos rozaron mis pezones, endureciéndolos como cuerdas tensas.
Me llevó a un colchón mullido en una esquina, rodeado de instrumentos que ahora parecían cómplices. Se arrodilló y tomó el arco del violín, pasándolo con delicadeza por mi brazo. La crina de caballo era áspera y sedosa a la vez, erizándome la piel como una caricia prohibida. ¡Madre santa, qué sensación! El sonido fantasmal del arco rozando mi carne me hizo arquear la espalda. Diego sonrió, pendejo travieso, y bajó el arco por mi vientre, deteniéndose en el borde de mis calzones.
—Los instrumentos de la pasión no mienten, Ana. Tu cuerpo canta —susurró, mientras sus labios seguían el camino del arco, lamiendo mi ombligo con lengua caliente y húmeda.
La tensión crecía como una rola de rock en crescendo. Me desvistió despacio, saboreando cada centímetro de piel revelada. Su boca en mis senos era fuego puro: chupaba, mordisqueaba suave, haciendo que mis caderas se movieran solas buscando alivio. Olía mi excitación en el aire, almizcle dulce mezclado con el aroma de la madera encerada. Tomó las maracas y las sacudió cerca de mi oído, el ratatatá vibrando en mi clítoris como un pulso lejano. Luego las pasó por mis muslos internos, la madera fresca contra mi calor húmedo.
Yo no me quedaba atrás. Le quité la playera, revelando un torso marcado por horas de tocar bajo el sol mexicano, con vello negro que invitaba a la caricia. Mis uñas rasguñaron su pecho, bajando hasta su cinturón. ¡Órale, qué paquete! Liberé su verga dura, palpitante, con venas como cuerdas de bajo. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su grosor, y la apreté suave, como afinando un instrumento. Diego gruñó, un sonido animal que me mojó más.
Nos revolcamos en el colchón, cuerpos enredados en un dueto perfecto. Él se hundió entre mis piernas, lamiendo mi sexo con devoción, su lengua danzando en mi clítoris como dedos en un mástil. Gemí fuerte, agarrando las sábanas, el sabor salado de mi propia piel en sus labios cuando me besó después.
"Eres mi instrumento favorito, carnala",jadeó, mientras yo lo montaba, guiando su verga dentro de mí. ¡Qué plenitud! Entraba y salía rítmico, como un son jarocho endemoniado, mis caderas girando, sus manos en mi culo apretando fuerte.
El sudor nos unía, resbaloso y caliente, el sonido de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos. Su olor, su sabor, todo era pasión desatada. Aceleramos, la tensión subiendo como una ola en Acapulco. Sentí el orgasmo venir, un temblor desde el fondo de mi ser, explotando en gritos ahogados. Él me siguió, gruñendo mi nombre, su semen caliente llenándome en pulsos interminables.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose como un finale suave. El taller olía a sexo y a instrumentos, una sinfonía perfecta. Diego me besó la frente, trazando círculos perezosos en mi espalda.
—¿Ves? Los instrumentos de la pasión están en todas partes, pero ninguno como tú —dijo con voz ronca.
Me acurruqué contra él, sintiendo el latido de su corazón bajo mi mejilla. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía afinada, vibrante, lista para tocar la vida con toda el alma. Fuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, habíamos compuesto nuestra propia rola, eterna y ardiente.