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Juan David Pasion de Gavilanes Desnuda

6940 palabras

Juan David Pasion de Gavilanes Desnuda

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda de las Gavilanes, en las afueras de Guadalajara. El aire estaba cargado del aroma terroso de la tierra seca y el dulzor de las buganvillas trepando por las paredes de adobe. Yo, Gabriela, acababa de llegar de la ciudad, huyendo del ajetreo citadino para visitar a mi tía en esta finca familiar. No imaginaba que aquí me encontraría con él, Juan David, el capataz que todos llamaban la pasión de las gavilanes por su fama de conquistar corazones como las aves rapaces que surcaban el cielo.

Lo vi por primera vez cruzando el corral, su camisa blanca pegada al torso sudado, delineando cada músculo forjado por años de domar caballos y trabajar la tierra. Su piel morena brillaba bajo el sol, y el sombrero vaquero le daba un aire de macho jalisco que me erizó la piel.

¿Quién es ese pendejo tan chulo?
pensé, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Me quedé parada junto al pozo, fingiendo arreglar mi blusa ligera, pero mis ojos lo devoraban: las manos callosas, el paso firme, el bulto prometedor en sus jeans gastados.

Juan David se acercó, quitándose el sombrero con una sonrisa pícara. "Buenas tardes, señorita. ¿Viene a refrescarse del calor de la ciudad?" Su voz era grave, como un ronroneo que vibraba en mi pecho. Olía a hombre: sudor limpio mezclado con cuero y tabaco. Le respondí con una risa nerviosa, "Algo así, compadre. Este sol jalisciense no perdona." Nuestras miradas se engancharon, y sentí su calor como una caricia invisible. Esa noche, en la cena familiar, no pude evitar robarle vistazos. Mi tía platicaba de las cosechas, pero yo solo oía el latido de mi corazón acelerado.

Al día siguiente, el deseo ya era un fuego lento. Salí a caminar por los campos de agave, el viento caliente lamiendo mis muslos bajo la falda suelta. Lo encontré reparando una cerca, arrodillado, con la espalda arqueada. "¿Necesita ayuda, Gabriela?" dijo, incorporándose. Su proximidad me mareó; podía oler su esencia masculina, sentir el roce accidental de su brazo contra mi seno.

¡Virgen santa, este wey me va a volver loca!
Monólogo interno que me ruborizó las mejillas.

Empezamos a platicar. Me contó de su vida en la hacienda, de cómo las gavilanes eran su tótem, libres y fieras. "Como tú, Juan David, pasión de las gavilanes", solté juguetona, y él rio, una carcajada profunda que me vibró en el vientre. Sus ojos oscuros me desnudaban, y yo no me quedé atrás: le rocé la mano al pasarle una botella de agua, notando cómo su pulgar me acariciaba la piel. La tensión crecía como tormenta de verano; cada palabra era un preliminar, cada mirada un beso robado.

Por la tarde, llovió. El agua caía en cortinas gruesas, empapando todo. Corrí al establo buscando refugio, y ahí estaba él, secando a un caballo. Entré chorreando, mi blusa transparente pegada a los pezones endurecidos. Juan David me miró, tragando saliva. "Estás empapada, nena. Ven, te seco." Me acercó una manta áspera, pero sus manos temblaban al rozarme los hombros. El olor a lluvia, heno húmedo y su sudor se mezclaba en un elixir embriagador.

Si no me besa ahora, me muero
, pensé, mordiéndome el labio.

No aguantó más. Me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabían a tequila y sal, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Gemí contra su pecho duro, sintiendo su verga endureciéndose contra mi vientre. "Gabriela, me tienes loco desde que llegaste", murmuró, mordisqueándome el cuello. Sus manos expertas desabotonaron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco del establo. Las amasó con devoción, pellizcando los pezones hasta que arqueé la espalda, jadeando.

Lo empujé contra una pila de heno, desabrochando su cinturón con dedos ansiosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de deseo. "¡Qué pinga tan chingona, Juan David!" exclamé, arrodillándome para lamerla desde la base hasta la punta. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo mojado. "Chúpamela, mamacita, así de rico." El sabor salado de su prepucio me inundó la boca, y succioné con hambre, oyendo sus gemidos roncos que resonaban como truenos.

Me levantó como si no pesara, recostándome en el heno suave. Bajó mi falda y tanga, besando mi monte de Venus. Su aliento caliente me hizo estremecer. "Tu panocha huele a miel, Gabriela." Separó mis labios con los dedos, introduciendo la lengua en mi clítoris hinchado. Lamía con maestría, chupando mis jugos que fluían como río.

¡Ay, Dios, este carnal sabe comer verga... digo, panocha!
Mis caderas se movían solas, el placer subiendo en oleadas. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, y exploté en un orgasmo que me dejó temblando, gritando su nombre.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, azotándome las nalgas con palmadas juguetones. "¿Te gusta, putita consentida?" "¡Sí, pendejo, chingame ya!" Su verga me penetró de un embestida, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardiente era delicioso; sus caderas chocaban contra mi culo con palmadas húmedas. Cada thrust era profundo, rozando mi cervix, mientras sus bolas me golpeaban el clítoris. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Me jalaba el pelo, mordiéndome la oreja: "Eres mía, pasión de mis gavilanes."

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, yo cabalgando su polla dura, sintiendo cada vena pulsando dentro. Nuestros jadeos se mezclaban con el golpeteo de la lluvia en el techo.

Esto es el paraíso, Juan David me hace sentir reina
. Aceleré, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Él se incorporó, chupando mi cuello mientras me follaba desde abajo. El clímax nos golpeó juntos: yo gritando, él rugiendo, su leche caliente inundándome en chorros potentes.

Caímos exhaustos, abrazados en el heno. Su pecho subía y bajaba contra el mío, el corazón latiéndole como tambor. Besos suaves, caricias perezosas. "Nunca había sentido algo así, Gabriela. Eres mi gavilana." Yo sonreí, oliendo nuestro aroma mezclado.

Esto no es solo sexo, es conexión pura
.

Los días siguientes fueron un torbellino de pasión discreta: besos robados en el corral, folladas rápidas en el granero, noches enteras en mi habitación cuando la hacienda dormía. Juan David, pasión de gavilanes, me enseñó a amar la tierra, el cuerpo, la libertad. Al partir, prometimos volvernos a encontrar, con el sabor de su semen aún en mis labios y su esencia grabada en mi alma.

Ahora, en la ciudad, cada gavilán que veo en el cielo me recuerda su fuego. Y sé que regresaré, porque esa pasión no se apaga.

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