Pasión y Poder Capítulo 135 El Fuego del Mandón
En el corazón de Polanco, donde las luces de la Ciudad de México parpadean como estrellas coquetas, Ana se adentró en el penthouse de Raúl. El aire olía a cuero nuevo y a un leve toque de su colonia, esa que siempre la hacía salivar: madera ahumada y algo salvaje, como tequila reposado. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, y sus tacones resonaban en el mármol pulido, anunciando su llegada como un tambor de guerra erótica.
¿Por qué carajos vengo aquí otra vez? pensó Ana, mientras el ascensor privado la elevaba. Raúl es puro poder, un mandón que me hace temblar las rodillas, pero juro que esta vez no me dejo. Ella era abogada estrella en un bufete top, acostumbrada a domar tiburones en salas de juntas. Pero con él, todo cambiaba. Su mirada oscura, esos labios carnosos que prometían pecados...
Raúl la esperaba en la terraza, con una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando un tatuaje de águila que gritaba mexicano de hueso colorado. El skyline de la ciudad se extendía a sus pies, y una botella de Don Julio abierta sobre la mesa de vidrio. "Nena, llegaste justo a tiempo", dijo con esa voz grave que vibraba en el pecho de Ana como un bajo en una fiesta de reggaetón.
"Órale, carnal, ¿qué traes entre manos?", respondió ella, fingiendo desinterés mientras se acercaba. Pero su pulso se aceleraba, traicionándola. Él la tomó de la cintura, sus manos grandes y cálidas deslizándose por su espalda baja, enviando chispas eléctricas por su espina.
Esto es Pasión y Poder capítulo 135, pensó Ana. Justo como en la novela esa que ve mi jefa, donde la protagonista se rinde al galán poderoso. Pero yo no soy así de pendeja... ¿o sí?
Acto primero: la tensión inicial. Raúl la besó lento, saboreando sus labios como si fueran tamarindo dulce. Su lengua exploró la de ella, un duelo juguetón que la dejó jadeante. "Te ves chingona esta noche", murmuró contra su cuello, inhalando su perfume de jazmín y deseo. Ana sintió el calor de su aliento, el roce áspero de su barba incipiente contra su piel sensible. Sus pezones se endurecieron bajo el vestido, pidiendo atención.
La llevó adentro, al sofá de piel italiana que crujía bajo su peso. Sus dedos trazaron el borde de su escote, bajando despacio, torturándola. "Quítatelo, mi reina", ordenó con esa autoridad que la mojaba al instante. Ana obedeció, pero no sin un guiño desafiante. El vestido cayó al suelo con un susurro sedoso, revelando lencería negra de encaje que compró pensando en él. Qué rico se siente su mirada devorándome, pensó, mientras él gruñía de aprobación.
Raúl se arrodilló frente a ella, besando su ombligo, bajando por su vientre plano. El aroma de su excitación flotaba en el aire, almizclado y embriagador. Sus labios rozaron el triángulo de encaje, y Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito. "¡No mames, Raúl, me vas a volver loca!" Sus manos se enredaron en su cabello negro, tirando suave para guiarlo.
Pero él era el rey del control. Se levantó, quitándose la camisa con movimientos felinos, mostrando abdominales tallados por horas en el gym. "Hoy mando yo, preciosa. Tú solo disfruta." La tumbó en el sofá, sus cuerpos presionados, piel contra piel caliente. El corazón de Ana latía como tamborazo zacatecano, y podía oler su sudor limpio, mezclado con el suyo propio.
El medio acto: la escalada. Sus besos se volvieron fieros, mordiscos en hombros y senos que dejaban marcas rojas como medallas de pasión. Raúl deslizó una mano entre sus muslos, encontrándola empapada. "Estás chorreando por mí, ¿verdad, mamacita?" Sus dedos juguetearon con su clítoris, círculos lentos que la hacían retorcerse. Ana jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada llenando la habitación, junto al zumbido distante del tráfico de Reforma.
Es puro poder este wey, reflexionó ella en medio del torbellino. Me hace sentir viva, poderosa a su lado. No es sumisión, es fuego compartido. Le desabrochó el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomó en su mano, acariciándola con devoción, sintiendo las venas bajo su palma suave. "Qué chingona está", susurró, lamiendo la punta salada, saboreando su esencia masculina.
Raúl la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola a la cama king size con sábanas de hilo egipcio. La arrojó suave, riendo cuando ella chilló de emoción. Se cernió sobre ella, besando cada centímetro: pechos llenos, endurecidos pezones que chupó hasta hacerla gritar "¡Ay, cabrón, más!". Sus caderas se mecían en ritmo, su erección rozando su entrada húmeda, teasing infinito.
La tensión crecía como volcán en erupción. Ana clavó uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él adoraba. "Métemela ya, no aguanto", rogó, pero él negó con la cabeza, sonriendo lobuno. "Paciencia, mi amor. Quiero que lo sientas todo." Introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de sus movimientos era obsceno, delicioso, sincronizado con sus gemidos ahogados.
Emocionalmente, Ana luchaba consigo misma.
Raúl no es solo sexo; es mi igual, mi compañero en este juego de poder. Con él, me empodero, no me rindo.Él la volteó boca abajo, besando su nuca, mordiendo la oreja mientras sus dedos seguían danzando. El olor de sus cuerpos entrelazados —sudor, sexo, perfume— era afrodisíaco puro.
Finalmente, el clímax del medio: la penetración. Raúl se posicionó, frotando su glande contra sus labios hinchados. "Dime que la quieres", exigió. "¡Sí, chingádmela toda!", gritó ella, empujando hacia atrás. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El ardor inicial dio paso a plenitud absoluta, su grosor llenándola hasta el fondo.
Acto final: la liberación. Empezaron un ritmo frenético, camas crujiendo, pieles chocando con palmadas rítmicas. "¡Qué rico, Ana, eres mi diosa!", rugía él, embistiéndola profundo. Ella se arqueaba, sus paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. El olor a sexo impregnaba el aire, sus gemidos un coro salvaje: "¡Más duro, pendejito! ¡Sí, así!"
Raúl la giró de nuevo, cara a cara, para mirarse en los ojos. Sus pupilas dilatadas, sudor perlando frentes. Aceleró, sus testículos golpeando suave contra ella. Ana sintió la ola crecer, un tsunami en su vientre. "Me vengo, ¡me vengo!", chilló, explotando en espasmos que lo apretaron como vicio. Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes pintándola por dentro.
Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas calmándose en armonía. Raúl la acunó, besando su frente húmeda. "Eres increíble, mi vida." Ana sonrió, trazando círculos en su pecho. Esto es pasión y poder de verdad, pensó, sintiendo su semen escurrir tibio entre sus muslos.
En la afterglow, se quedaron así, envueltos en sábanas revueltas, el skyline testigo mudo. El aroma persistía, un recordatorio tangible de su unión. Ana reflexionó:
Capítulo 135 de nuestra historia: el fuego del mandón que nos une más. Mañana, el mundo será nuestro, pero esta noche, solo nosotros.Suavemente, se durmieron, cuerpos entrelazados, almas satisfechas en el pulso de la ciudad que nunca duerme.