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Tormenta de Pasiones Capitulo 80

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Tormenta de Pasiones Capitulo 80

La lluvia azotaba con furia las ventanas de la cabaña en la playa de Puerto Vallarta, como si el cielo mismo estuviera descargando toda su rabia acumulada. Ana se acurrucó en el sillón de mimbre, con una copa de mezcal en la mano, observando cómo las olas chocaban contra la arena oscura. Hacía semanas que no veía a Javier, su amor de toda la vida, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada. ¿Cuánto más voy a aguantar esta separación pendeja? pensó, mientras el trueno retumbaba a lo lejos.

Él llegó empapado, como un dios pagano emergiendo del mar. La puerta se abrió con un chirrido, y ahí estaba, con la camisa blanca pegada al pecho musculoso, delineando cada curva de sus pectorales. Sus ojos negros brillaban con esa intensidad que Ana conocía tan bien, la misma que prometía noches de fuego. "Mi reina", murmuró, quitándose los zapatos con prisa. El olor a sal y lluvia invadió la habitación, mezclado con su aroma varonil, ese que siempre la ponía loca.

Ana se levantó despacio, sintiendo cómo su cuerpo respondía al instante. El corazón le latía fuerte, como tambores en una fiesta huichol. "Javier, carnal, ¿dónde chingados estabas? Me tenías aquí muriéndome de ganas". Su voz era un ronroneo, cargada de reproche juguetón. Él se acercó, el agua goteando de su cabello oscuro, y la tomó por la cintura. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajo en la construcción, se deslizaron bajo su blusa de algodón, rozando la piel suave de su espalda. Un escalofrío la recorrió, y el calor entre sus piernas empezó a crecer.

Esta tormenta de pasiones capitulo 80 va a ser la buena, me lo dice el cuerpo
, se dijo Ana mientras lo besaba. Sus labios se fundieron en un beso hambriento, saboreando el tequila en su boca y la frescura de la lluvia en su piel. Javier la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola al cuarto donde la cama king size esperaba con sábanas de lino fresco.

En el umbral del medio acto, la tensión se acumulaba como nubes negras. Javier la depositó con gentileza, pero sus ojos ardían. "Te extrañé tanto, mi vida. Cada noche soñaba con esto", confesó, mientras le quitaba la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Ana jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada compitiendo con el golpeteo de la lluvia. Sus pechos se liberaron, los pezones endurecidos por el aire húmedo y el deseo. Él los tomó en sus manos, masajeándolos con ternura experta, y luego succionó uno, haciendo que Ana arqueara la espalda.

"¡Órale, qué rico, no pares!", gimió ella, enredando los dedos en su cabello mojado. El sabor salado de su sudor se mezclaba con el dulzor de su boca. Javier bajó más, desabrochando sus jeans con dientes, rozando su vientre plano con la barba incipiente. Ana sentía el pulso acelerado en su clítoris, hinchado y ansioso. Este pendejo sabe exactamente cómo volverme loca, pensó, mientras él separaba sus muslos y hundía la cara entre ellos.

La lengua de Javier era un torbellino, lamiendo con devoción su intimidad empapada. El olor almizclado de su excitación llenaba el aire, y Ana se mordió el labio para no gritar demasiado pronto. "Más profundo, amor, dame todo", suplicó, empujando las caderas contra su boca. Él obedecía, introduciendo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Los truenos retumbaban afuera, sincronizados con los latidos de su corazón. Sudor perló su frente, goteando sobre las sábanas, y el roce áspero de su barba contra los muslos internos la volvía loca de placer.

Pero Javier no se conformaba. Se incorporó, quitándose la ropa con urgencia. Su verga erecta saltó libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ella como una promesa. Ana la tomó en su mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre la dureza de acero. "Ven, métemela ya, no aguanto más", le pidió, guiándolo hacia su entrada húmeda. Él se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo con ella. El estiramiento delicioso la llenó por completo, y comenzaron a moverse en un ritmo ancestral, como olas rompiendo en la playa.

La intensidad crecía con cada embestida. Javier la volteó boca abajo, levantándole las nalgas redondas, y entró de nuevo desde atrás, más profundo. El sonido de carne contra carne se mezclaba con sus gemidos y el chapoteo de la lluvia. "¡Sí, así, cabrón, fóllame fuerte!", gritaba Ana, perdida en el éxtasis. Sus uñas se clavaban en las sábanas, el olor a sexo impregnaba todo, denso y embriagador. Él le jalaba el cabello con cuidado, arqueándola, mientras su otra mano bajaba a frotar su clítoris hinchado.

Esto es el paraíso, pura tormenta de pasiones, reflexionaba Ana en medio del torbellino. Sudorosos, resbaladizos, cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona. Sus tetas rebotaban con cada salto, y Javier las amasaba, pellizcando los pezones. El clímax se acercaba, un huracán inminente. "Me vengo, amor, ¡me vengo!", anunció ella, y el orgasmo la sacudió como un rayo, contrayendo su coño alrededor de su polla, ordeñándolo.

Javier la siguió segundos después, gruñendo como un animal, llenándola con chorros calientes de semen. Colapsaron juntos, exhaustos, con el pecho agitado y la piel pegajosa. La lluvia amainaba afuera, dejando un silencio roto solo por sus respiraciones calmándose.

En el afterglow, Javier la abrazó por detrás, besando su cuello salado. "Eres mi todo, Ana. Esta tormenta de pasiones capitulo 80 solo confirma que no hay nadie más para mí". Ella sonrió, girándose para mirarlo a los ojos. El aroma a jazmín del jardín entraba por la ventana entreabierta, mezclándose con el de sus cuerpos saciados.

Nada como esto, puro amor mexicano, ardiente y eterno
, pensó, mientras se acurrucaban bajo las sábanas húmedas.

La noche avanzaba serena ahora, pero el fuego entre ellos ardía latente, listo para la siguiente tormenta. Ana cerró los ojos, sintiendo su mano grande sobre su vientre, y supo que, pasara lo que pasara, su pasión era inquebrantable. El mar susurraba promesas de más placeres, y el corazón de Javier latía contra su espalda, un ritmo que la mecía al sueño.

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