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El Origen de la Palabra Pasión

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El Origen de la Palabra Pasión

En el corazón de Polanco, donde el aroma del café recién molido se mezcla con el jazmín de los balcones, Ana se sentó en la terraza del café La Selva. El sol de la tarde mexicana teñía todo de un dorado cálido, y ella, con su libreta abierta y el laptop encendido, buscaba inspiración para su próximo post en el blog. Origen de la palabra pasión, tecleó, mientras sorbía su cappuccino espumoso. La espuma se adhería a su labio superior, dulce y cremosa, y ella la lamió despacio, pensando en cómo esa palabra evocaba fuego en las venas.

De pronto, una voz grave y juguetona la sacó de su ensimismamiento.

—¿Investigando el origen de la palabra pasión? Neta, eso suena a algo que yo domino, mamacita.
Ana levantó la vista y se topó con unos ojos cafés intensos, enmarcados por una barba recortada y una sonrisa pícara. Él era Diego, alto, con camisa de lino blanca que se pegaba sutilmente a su pecho moreno por el calor. Señaló la silla frente a ella.
—¿Puedo? Soy lingüista, wey. Déjame contarte la neta.

Ana sintió un cosquilleo en la nuca, como si el aire se hubiera espesado. Asintió, y él se sentó, pidiendo un americano negro. Qué chido, pensó ella, mientras inhalaba su colonia amaderada, mezclada con un leve sudor masculino que la hizo apretar las piernas bajo la mesa. Diego empezó a hablar, su voz ronca como un tango prohibido.

La pasión viene del latín pati, que significa sufrir. Es el sufrimiento del deseo, el ardor que te quema por dentro hasta que no aguantas más.
Sus palabras se clavaron en Ana como espinas dulces. Ella imaginó ese sufrimiento en su propia piel, y un calor húmedo se extendió entre sus muslos.

La conversación fluyó como tequila reposado: suave al principio, incendiaria después. Diego trazó con el dedo el borde de su taza, y Ana juró que lo hacía mirándola, como si dibujara promesas en su piel invisible. Órale, se dijo, este pendejo sabe cómo encender a una morra. Hablaron de etimologías eróticas, de cómo las palabras nacen del cuerpo. El sol bajó, las luces de neón parpadearon, y cuando el mesero anunció el cierre, Diego extendió la mano.

—Ven a mi depa, te muestro unos libros viejos. O mejor, te muestro el origen en vivo.

Ana no dudó. Su corazón latía como tamborazo zacatecano, y el roce de sus dedos al tomar su mano envió chispas por su espina dorsal. Caminaron por las calles empedradas, el bullicio de la ciudad —cláxones, risas, mariachi lejano— como banda sonora de su tensión creciente. Llegaron a su loft en una colonia chic, con ventanales que daban a las luces de la Reforma. El lugar olía a sándalo y libros antiguos, y Diego cerró la puerta con un clic que sonó a rendición.

Acto dos: la escalada. Se sentaron en el sofá de piel suave, tan cerca que Ana sentía el calor de su muslo contra el suyo. Él sacó un libro polvoriento, páginas amarillentas que crujían al abrirse.

—Mira, aquí: passio, el sufrimiento pasivo del amante. Como cuando deseas tanto que duele.
Sus ojos se clavaron en los de ella, y Ana tragó saliva, notando cómo su pecho subía y bajaba acelerado. Yo lo siento ya, ese sufrimiento, pensó, mientras su mano rozaba accidentalmente su rodilla.

No fue accidente. Diego deslizó los dedos por su muslo, subiendo despacio bajo la falda ligera de algodón. Ana jadeó, el tacto áspero de su palma contra su piel tersa enviando ondas de placer.

—¿Sientes el origen de la palabra pasión? —murmuró él, su aliento caliente en su oreja—. Ese ardor que te hace sufrir de ganas.
Ella asintió, mudo el deseo apretándole la garganta. Se inclinó y lo besó, labios carnosos chocando con hambre. Su lengua sabía a café amargo y promesas, explorando su boca con maestría, mientras sus manos desabotonaban su blusa.

La ropa cayó como hojas de cempasúchil: blusa, falda, pantalón. Ana quedó en lencería negra de encaje, pechos turgentes alzándose con cada respiración. Diego la devoró con la mirada, luego con la boca, lamiendo la curva de su cuello, bajando al valle entre sus senos. El olor de su excitación —musgo y sal— la embriagaba. Qué rico huele, como tierra mojada después de la lluvia, pensó ella, arqueándose cuando él chupó su pezón endurecido, dientes rozando lo justo para doler placenteramente.

La llevó a la cama king size, sábanas de hilo egipcio frescas contra su espalda ardiente. Sus cuerpos se enredaron, piel contra piel, sudor perlando sus frentes. Diego besó su vientre, bajando lento, torturándola con la promesa. Ana gemía,

—No mames, Diego, no pares...
Él rio bajito, voz vibrando contra su monte de Venus.
—Esto es el sufrimiento, carnal. Aguantar las ganas.
Su lengua encontró su centro húmedo, lamiendo despacio, saboreando su néctar dulce y salado. Ana se retorcía, uñas clavándose en sus hombros, el sonido de sus succiones húmedas llenando la habitación junto a sus jadeos ahogados.

El ritmo subió: dedos dentro de ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. ¡Ay, cabrón!, gritó internamente, caderas moviéndose al compás. Él se incorporó, su verga dura y gruesa presionando su entrada.

—¿Quieres el origen completo? —preguntó, ojos negros de lujuria.
—Sí, pendejo, métemela ya —suplicó ella, voz ronca.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El dolor inicial se fundió en éxtasis puro, sus paredes apretándolo como guante.

Se movieron juntos, un baile ancestral: embestidas profundas, clítoris rozando su pubis, pechos rebotando contra su pecho velludo. El slap-slap de carne contra carne, gemidos mezclados con ¡órale! ¡más! ¡qué rico!, sudor goteando, almohadas mordidas. Ana sentía cada vena de él pulsando dentro, el fuego del deseo —ese sufrimiento etimológico— consumiéndola. Esto es pasión, nena, sufrir de puro gusto, pensó en el borde del abismo.

Acto tres: la liberación. El clímax llegó como tormenta de verano: Ana se convulsionó primero, paredes contrayéndose en espasmos, un grito gutural escapando mientras olas de placer la ahogaban. Diego la siguió, gruñendo su nombre, caliente chorro llenándola hasta rebosar. Colapsaron, entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose en sincronía. El aire olía a sexo crudo, semen y jugos mezclados, piel salada.

Después, en la penumbra, Diego la abrazó por detrás, mano posada en su cadera suave.

—Ahora sabes el origen de la palabra pasión —susurró, besando su nuca—. Sufrir por el otro, hasta explotar.
Ana sonrió, lánguida, el cuerpo zumbando en afterglow. Qué chingón descubrimiento, reflexionó, mientras el skyline de la ciudad brillaba afuera. No era solo etimología; era vida, carne, conexión mexicana pura: ardiente, real, inolvidable. Y en ese momento, supo que su blog tendría la historia más hot de todas.

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