Nina de Pasion y Poder
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo invitara a pecar. Yo, Nina, la que todos llaman la Niña de Pasión y Poder, caminaba por el rooftop del hotel con un vestido rojo ceñido que se pegaba a mis curvas como una segunda piel. El aroma a jazmín flotaba desde los jardines abajo, mezclado con el humo de cigarros caros y risas coquetas. Mis tacones repiqueteaban contra el piso de mármol, y cada paso me recordaba el poder que tenía en mis caderas, en mi mirada.
Lo vi de inmediato. Alejandro, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar un pecho moreno y musculoso, ojos oscuros que prometían travesuras. Estaba recargado en la barandilla, con un tequila en la mano, observando la ciudad como si fuera suya. Qué chulo, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo entre mis piernas. Me acerqué, mi perfume de vainilla y ámbar dejando un rastro que lo hizo voltear.
—Órale, guapo, ¿así que te gusta ver las luces de la CDMX o estás esperando a alguien como yo? —le dije con voz ronca, inclinándome un poco para que oliera mi aliento a martini con oliva.
Él sonrió, esa sonrisa pícara que hace que una mujer como yo se moje de solo imaginarla.
—Si eres la Niña de Pasión y Poder, entonces sí, estaba esperando por ti toda la noche.Su voz era grave, como un ronroneo que vibró en mi piel. Tomó mi mano y la besó, sus labios calientes contra mis nudillos, enviando chispas por mi espina dorsal.
Conversamos un rato, coqueteando con miradas que decían más que palabras. Hablamos de negocios —yo dirijo una cadena de spas de lujo en la Riviera Maya—, de viajes a Tulum, de cómo el poder se siente mejor cuando se comparte en la cama. El deseo crecía lento, como el calor de la noche. Su mano rozó mi muslo bajo la mesa, un toque casual que no lo era, y yo apreté las piernas, sintiendo mi humedad empapar las bragas de encaje.
La tensión era palpable. Cada sorbo de tequila sabía a promesas, su olor a colonia masculina y sudor fresco me mareaba. Quiero arrancarle la ropa aquí mismo, me dije, pero no, quería saborearlo despacio. Bailamos salsa en la pista improvisada, sus caderas pegadas a las mías, el ritmo de la música haciendo que nuestros cuerpos se frotaran. Sentí su verga dura contra mi vientre, gruesa y lista, y gemí bajito en su oído.
—Vamos a mi penthouse, wey. No aguanto más —le susurré, mordiéndole el lóbulo de la oreja. Él asintió, pagó la cuenta con prisa, y salimos tomados de la mano, el viento nocturno fresco contra mi piel ardiente.
En el elevador, no pudimos esperar. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, dedos ásperos explorando mi coño ya empapado. Qué rico se siente, pensé mientras jadeaba, el espejo reflejando mi cara de puta en calor. Yo le desabroché el pantalón, saqué su pito palpitante, grueso como mi muñeca, venoso y con una gota de precum brillando en la punta. Lo masturbé lento, sintiendo su calor en mi palma, el olor almizclado de su excitación llenando el espacio chico.
La puerta se abrió y entramos tambaleándonos a mi depa, luces tenues de la ciudad filtrándose por los ventanales. Lo empujé contra la pared, besándolo con hambre, lenguas enredadas, saboreando tequila y sal de su piel. Mis uñas arañaron su espalda, bajando su camisa. Él me quitó el vestido de un jalón, quedé en tetas y tanga, pezones duros como piedras rozando su pecho.
Esta noche soy toda suya, pero él es mío, rugió en mi mente mientras lo llevaba al cuarto, la cama king size con sábanas de satén esperándonos. Caímos en ella, cuerpos enredados, sudor perlando nuestras pieles. Sus labios bajaron por mi cuello, chupando, mordiendo suave, dejando marcas que mañana dolerían rico. Lamía mis tetas, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro, y yo arqueaba la espalda, gimiendo ¡ay, cabrón, qué chingón!
La escalada era brutal. Bajó más, besando mi ombligo, lamiendo el sudor de mi vientre. Separé las piernas, invitándolo, y su lengua encontró mi clítoris hinchado. ¡Virgen de Guadalupe! El placer era eléctrico, su boca chupando, lamiendo, dedos metiéndose en mi coño resbaloso, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, y él gruñía de gusto, como si fuera el mejor manjar.
—Te voy a follar hasta que grites mi nombre, Nina —dijo, voz entrecortada, subiendo para ponerse encima. Yo lo volteé, queriendo el control. Yo soy la Niña de Pasión y Poder, me recordé, montándolo como amazona. Tomé su verga, la froté contra mis labios vaginales, sintiendo el calor, la humedad mezclándose. Bajé despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis caderas empezando a moverse, arriba-abajo, círculos lentos que nos volvían locos.
El ritmo aumentó, piel contra piel chapoteando, sudor goteando, sus manos en mis nalgas apretando fuerte.
—¡Más rápido, mi amor, rómpeme!le supliqué, y él embistió desde abajo, pito golpeando mi cervix con fuerza justa. Sentía cada vena, cada pulso, mi clítoris rozando su pubis. El olor a sexo crudo, a cuerpos en llamas, me embriagaba. Internalmente luchaba: Quiero correrme ya, pero aguanta, hazlo eterno.
Pequeños clímax me sacudían, ondas de placer que me hacían temblar, pero el grande se cocinaba. Cambiamos posiciones: él atrás, perrito, sus bolas golpeando mi culo, una mano en mi clítoris frotando furioso. ¡Sí, así, pendejito rico! grité, empujando contra él. El cuarto olía a vainilla de mis velas y a nuestro jugo, sonidos de ayes y carne chocando como sinfonía obscena.
La tensión llegó al pico. Sentí el orgasmo subir como tsunami, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. ¡Me vengo, Alejandro, chingado! chillé, cuerpo convulsionando, jugos chorreando por mis muslos. Él rugió, embistiendo una última vez, llenándome de su leche caliente, chorros potentes que sentía salpicar dentro.
Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos enredados. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso, mientras lo besaba lento, saboreando el afterglow. La ciudad brillaba afuera, testigo muda. Esto es poder de verdad, pensé, acariciando su cabello húmedo. Él me miró, ojos suaves ahora.
—Neta, Nina, eres fuego puro. La Niña de Pasión y Poder no miente.
Nos quedamos así, pieles enfriándose, corazones calmándose. Mañana sería otro día de juntas y deals, pero esta noche, en sus brazos, me sentía invencible, completa. El deseo se había liberado, dejando una paz sensual que duraría hasta la próxima chispa.