La Pasión Carnal de Cristo y Poncio Pilato
En el corazón de un pueblo michoacano, durante los ensayos de La Pasión de Cristo, el aire olía a incienso quemado y a tierra húmeda después de la lluvia. Yo, Alejandro, era el wey que interpretaba a Poncio Pilato, el romano indeciso que lava sus manos en la obra. Mateo, el carnal que hacía de Cristo, era un morro alto, de ojos cafés profundos como pozos de chocolate derretido, con una barba incipiente que le daba ese toque divino y terrenal a la vez. Neta, desde el primer ensayo, el ambiente entre nosotros se cargaba de una electricidad que no tenía nada de sagrado.
El salón parroquial estaba tenuemente iluminado por focos amarillentos que colgaban del techo como estrellas cansadas. Afuera, los cohetes de la procesión retumbaban lejanos, y el viento traía el aroma de las flores de cempasúchil. Estábamos solos esa noche, practicando la escena del juicio. Mateo, con su túnica blanca ajustada que marcaba sus hombros anchos y el pecho velludo, se arrodillaba frente a mí. ¿Eres tú el rey de los judíos?
le pregunté, mi voz grave resonando en el espacio vacío.
Él levantó la vista, y sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa pícara que no estaba en el guion. La verdad que digo, tú lo dices
, respondió, pero su mirada se clavó en mi entrepierna, donde mi verga ya empezaba a despertar bajo los pantalones de mi uniforme romano. Sentí un cosquilleo en la piel, el sudor perlando mi frente, y el pulso acelerándose como tambores de fiesta. ¿Qué chingados pasa aquí?, pensé, mientras mi mente divagaba en lo que sería lavarle las manos... o algo más.
El deseo inicial era sutil, como el roce accidental de su mano al levantarse. Sus dedos ásperos, de tanto trabajar en el campo, rozaron mi antebrazo, enviando chispas por mi espina. Olía a jabón de lavanda y a hombre sudado, un perfume que me ponía la cabeza loca. Yo, con mi complexión fornida de treinta años, curtida por el sol de las milpas, sentía que el rol de Pilato me daba poder, pero era él quien mandaba con solo una mirada.
Al día siguiente, el ensayo grupal fue un desmadre de risas y chistes, pero entre líneas, nuestras miradas se cruzaban como flechas. La Pasión de Cristo Poncio Pilato, bromeaba la gente del pueblo, refiriéndose a la obra, pero para nosotros ya era otra cosa. Esa noche, volvimos al salón. Hay que pulir la escena del látigo
, dijo Mateo, su voz ronca como grava. Traía una fusta de utilería, pero sus ojos decían que no era para fingir.
El conflicto interno me carcomía. Soy un pendejo si me dejo llevar, pero qué rico se ve este Cristo con su piel morena brillando bajo la luz. Empezamos: yo lo até flojito a una cruz de madera ligera, sus brazos extendidos, el pecho subiendo y bajando rápido. El roce de las cuerdas contra su piel olía a madera fresca y a su sudor salado. Acercándome, susurré fuera de guion: ¿Sientes la pasión, Jesús?
Mi aliento caliente en su cuello lo hizo temblar.
La siento, Pilato... neta que la siento
, murmuró, girando la cabeza para rozar mis labios con los suyos. Fue el detonante. Mis manos, temblorosas al principio, bajaron por su torso, palpando los músculos duros como piedra volcánica. Él arqueó la espalda, gimiendo bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho. Desaté la túnica, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando al aire fresco. La toqué, suave al inicio, sintiendo su calor abrasador, el pulso latiendo contra mi palma. Chingón, pensé, mientras él jadeaba: ¡Sigue, wey, no pares!
La escalada fue gradual, como la subida a una pirámide. Lo bajué de la cruz, nuestros cuerpos chocando con un slap sudoroso. Caímos al suelo sobre una colcha vieja que olía a naftalina y polvo. Mis labios devoraron su cuello, saboreando la sal de su piel, lamiendo hasta sus pezones oscuros que se endurecieron como chiles secos. Él metió las manos en mi pantalón, liberando mi verga que saltó dura como fierro, preeyaculando un hilo brillante. Qué chingadera tan rica
, gruñó, masturbándome con puño firme, el sonido húmedo de piel contra piel llenando el salón.
Nos volteamos, él encima, frotando nuestras vergas una contra la otra, el roce resbaloso por el sudor y el precum. Olía a sexo puro, a almizcle masculino mezclado con el incienso residual. Esto es la verdadera pasión, rugía mi mente, mientras sus caderas giraban en círculos lentos, building la tensión como una tormenta en el Pacífico. Le mordí el hombro, dejando una marca roja, y él respondió empujándome de lado para chuparme la verga. Su boca caliente, lengua experta enrollándose en la cabeza sensible, succionando con fuerza que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, ¡Pinche Cristo, me vas a matar!
, y él rio con la boca llena, vibraciones deliciosas subiendo por mi columna.
La intensidad psicológica crecía: recuerdos de ensayos pasados donde solo fantaseaba, ahora realidad. Él se puso a cuatro, ofreciendo su culo redondo, peludo en el borde, oliendo a hombre listo. Escupí en mi mano, lubricando, y metí un dedo, luego dos, sintiendo su calor apretado, sus gemidos ahogados contra el piso. Métemela ya, Pilato, haz tu sentencia
, suplicó, voz quebrada de deseo. Empujé despacio, mi verga abriéndose paso en su carne apretada, el anillo muscular cediendo con un pop húmedo. ¡Qué delicia! Calor envolvente, pulsos sincronizados, el slap-slap de carne contra carne acelerando.
Follamos como animales en celo, él empujando hacia atrás, yo clavándome profundo, bolas golpeando sus. Sudor chorreando, mezclándose, goteando al suelo. Sus manos arañaban la colcha, yo le jalaba el pelo suave, exponiendo su cuello para morder. Soy el rey ahora, pensaba, mientras él gritaba ¡Más duro, cabrón!
El clímax se acercaba, tensión en espiral: mis huevos apretados, su verga goteando sin tocar. Cambiamos, yo debajo, él cabalgándome, sus músculos flexionándose, vista hipnótica de su torso brillando.
El release explotó como cuete de medianoche. Él se corrió primero, chorros calientes salpicando mi pecho, olor acre y salado, su culo contrayéndose alrededor de mi verga en espasmos que me ordeñaron. ¡Me vengo, wey!
, aulló, y yo lo seguí, bombeando semen profundo dentro de él, olas de placer cegador, visión borrosa, corazón tronando. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, el salón resonando con nuestras respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, yacimos enredados, su cabeza en mi hombro, dedo trazando patrones en mi semen enfriándose. Afuera, la campana de la iglesia dio las doce, un tañido solemne. La Pasión de Cristo Poncio Pilato... quién iba a decir que terminaba así
, murmuró riendo bajito. Yo lo besé, saboreando el sudor en sus labios. Esto no es el fin, carnal, es solo el comienzo de nuestra propia pasión, pensé, mientras el aroma de nuestros cuerpos se mezclaba con la noche michoacana, prometiendo más noches de juicio y redención carnal.