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Loca Pasión Letra

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Loca Pasión Letra

Ana se recostó en la terraza del rooftop en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces al atardecer. El aire traía ese olor a jacarandas mezclado con el humo de tacos de la calle abajo, y la música de un mariachi lejano flotaba perezosa. En su libreta, garabateaba las palabras que le quemaban por dentro: loca pasión letra. Era el título de su nueva rola, una que hablaba de ese deseo que te agarra de las tripas y no te suelta, como un vicio chido pero peligroso.

Qué neta, wey, esa letra está cañona, pensó Ana mientras releía las líneas. Hablaba de piel contra piel, de besos que saben a tequila reposado y sudor fresco, de cuerpos que se enredan sin remedio. Llevaba semanas sin un buen revolcón, y escribirla era como masturbarse con palabras. Su piel morena se erizaba solo de imaginarlo.

Entonces lo vio. Javier, alto, con esa barba recortada y ojos cafés que prometían travesuras. Tocaba la guitarra en una esquina del bar, improvisando corridos urbanos con un twist romántico. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas. Pidió un michelada y se acercó, libreta en mano.

—Órale, carnal, ¿me dejas ver qué escribes? —le dijo él con una sonrisa pícara, secándose el sudor de la frente. Su voz ronca olía a tabaco y hombre de verdad.

Ana le pasó la libreta, el corazón latiéndole a mil. Javier leyó en voz alta: "Loca pasión letra, que quema la piel, enreda las almas, no deja caer". Sus labios se curvaban con cada sílaba, y Ana juraba que podía sentir su aliento caliente rozándole el cuello.

Chin**, esta rola me prende, murmuró él, mirándola fijo. —Es como si hubieras escrito lo que yo siento ahorita.

La tensión creció como el calor de la noche. Charlaron de música, de la escena indie en el DF, de cómo una buena letra puede hacer que te den ganas de comerte al mundo... o a alguien. Javier la invitó a su depa en la Roma, "pa' ponerle música a esa letra". Ana dijo que sí sin pensarlo dos veces. Neta, ¿cuánto tiempo más iba a aguantar esa loca pasión reprimida?

En el Uber, sus rodillas se rozaban. El roce era eléctrico, como chispas en la piel. Ana inhaló su colonia, madera y cítricos, mezclada con el aroma masculino que la ponía húmeda.

¿Y si esta noche exploto? ¿Y si su lengua sabe a lo que imagino?
pensó, mordiéndose el labio.

Acto dos: el depa de Javier era un oasis bohemio, posters de Café Tacvba y Zoé en las paredes, velas aromáticas a vainilla encendidas, y una guitarra acústica lista. Puso una playlist suave, con beats que palpitaban como un corazón acelerado. Se sentaron en el sofá de piel suave, tan cerca que Ana sentía el calor de su muslo contra el suyo.

—Tócala conmigo —le pidió ella, voz temblorosa de anticipación.

Javier afinó la guitarra, y juntos cantaron la loca pasión letra. Sus voces se entrelazaban, graves y agudas, como cuerpos en preliminares. Cada estrofa subía la temperatura: él rozaba su mano al cambiar acordes, ella apoyaba la cabeza en su hombro, inhalando su cuello salado.

Ya no aguanto, Ana —susurró él, dejando la guitarra. La besó. Dios, qué beso. Labios carnosos, lengua juguetona que exploraba su boca con hambre. Sabía a cerveza artesanal y deseo puro. Ana gimió bajito, "¡Ay, wey!", mientras sus manos subían por su espalda, arañando suave la camisa.

La ropa voló. Camisa de él, ajustada mostrando pectorales firmes; blusa de ella, revelando senos redondos con pezones duros como piedras. Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra la piel ardiente. Javier besó su cuello, lamiendo el sudor que perlaba su clavícula. Olía a ella, a mujer en celo, almizcle dulce que lo volvía loco.

Ana arqueó la espalda cuando sus labios bajaron a sus tetas. Chupó un pezón, suave al principio, luego con succión que mandaba ondas de placer directo a su clítoris. "¡Más, pendejo, así!" jadeó ella, enredando dedos en su pelo negro revuelto. Sus uñas rozaban su cuero cabelludo, enviando escalofríos por la espina de Javier.

Él bajó más, besando el ombligo, el monte de Venus. Ana abrió las piernas, expuesta, vulnerable pero empoderada.

Esta es mi loca pasión, letra viva en su boca
, pensó mientras él lamía sus labios mayores, saboreando su jugo salado-dulce. La lengua giraba en círculos, succionando el clítoris hinchado. Ella gemía fuerte, "¡Órale, qué rico, no pares!", caderas moviéndose al ritmo, el sonido húmedo de su sexo llenando la habitación junto al tráfico lejano de Insurgentes.

Pero quería más. Lo jaló arriba, manos temblorosas desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum. Ana la tomó, piel aterciopelada sobre acero, oliendo a macho excitado. La masturbó lento, sintiendo el pulso acelerado bajo su palma. Javier gruñó, "Me vas a matar, chula".

Se puso un condón —siempre seguros, siempre chidos— y entró en ella despacio. Ana sintió el estiramiento delicioso, llenura que la hacía gritar. "¡Entra todo, cabrón!" Empujones rítmicos, piel chocando piel con palmadas húmedas. Sudor goteaba de su frente al valle de sus senos, salado en su lengua cuando lo lamió. Olía a sexo crudo, a sábanas revueltas, a loca pasión letra hecha carne.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como reina. Sus nalgas rebotaban, Javier amasándolas, dedo rozando su ano para más placer. Internamente, Ana luchaba:

¿Esto es solo una noche o el comienzo de algo que quema?
Pero el orgasmo la barrió, contracciones apretando su verga, grito ahogado "¡Me vengo, ay Dios!". Él la siguió segundos después, rugiendo su nombre, cuerpo convulsionando.

Acto tres: el afterglow. Yacían enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Javier acariciaba su pelo húmedo, besos suaves en la sien. El aire olía a semen, sudor y velas apagadas. Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente.

—Esa letra... tu loca pasión letra... la vamos a grabar juntos —murmuró él, voz ronca de satisfacción.

Ana sonrió, pecho subiendo y bajando. Neta, esto fue épico. No era solo sexo; era conexión, letras hechas vida, pasión que no se apaga fácil. Se acurrucó contra él, piel pegajosa y cálida, sabiendo que la noche había cambiado todo. Mañana grabarían la rola, pero esta noche, el eco de sus gemidos era la melodía perfecta.

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