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Judas La Pasión Carnal de Cristo

5898 palabras

Judas La Pasión Carnal de Cristo

En el corazón de un pueblo michoacano durante la Semana Santa, el aire olía a incienso quemado y a tierra húmeda por la lluvia reciente. Yo, Javier, era el Judas de la obra Judas la Pasión de Cristo, esa representación que cada año atraía a cientos de almas devotas. No era actor profesional, solo un carnal del pueblo que se prestaba para el papel porque pagaban bien y porque me gustaba el drama. Marco, el wey que hacía de Cristo, era otro nivel: alto, moreno, con ojos cafés que te clavaban como espinas y un cuerpo labrado por años de cargar leña en el monte. Desde los ensayos, sentía esa chispita, esa tensión que no era solo del guion.

El primer día que nos besamos en escena —un beso traicionero, según el libreto— su barba raspó mi mejilla y su aliento cálido a café con canela me erizó la piel.

¿Qué chingados es esto?, pensé. No soy de esos, pero neta, su calor me prendió.
La gente aplaudía, pero yo solo oía mi pulso latiendo como tambores de la banda. Después del ensayo, nos quedamos solos recogiendo las cruces de madera. Él me miró fijo, sudado bajo la luz de las focos. "¿Todo chido, Judas?", dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Asentí, tragando saliva, mientras el olor a su sudor se mezclaba con el mío, un aroma macho, terroso, que me ponía la verga tiesa sin permiso.

La noche antes del estreno, la tensión ya era un nudo en el estómago. En el camerino improvisado en la casa de la iglesia, nos cambiamos con la puerta entreabierta. Vi su torso desnudo, músculos tensos brillando con aceite para la escena del azote. Él se giró y me pilló mirándolo. No dijo nada, solo sonrió de lado, pendejo. Me acerqué para ajustar mi túnica, y nuestros cuerpos rozaron. Su piel ardía como brasa, y sentí su verga semi-dura contra mi muslo. Órale, carnal, murmuré, pero él me jaló del brazo. "Javi, esto de Judas la Pasión de Cristo me tiene loco. Tú también lo sientes, ¿verdad?". Su aliento olía a tequila de la cena comunal, dulce y fuerte. Asentí, el corazón retumbando. Nuestros labios se juntaron, no como en el ensayo, sino con hambre real, lenguas enredándose, sabor a sal y deseo.

Acto uno de nuestra propia pasión: nos fuimos al cuarto trasero, entre velas parpadeantes y el eco lejano de rezos. Él me empujó contra la pared de adobe fresco, sus manos grandes explorando mi pecho, pellizcando pezones que se endurecieron al instante. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Bajó la túnica, lamió mi cuello, mordisqueando hasta dejar marcas rojas. Olía a su loción barata mezclada con sudor fresco, un perfume que me volvía loco. Mis dedos se clavaron en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo mi tacto. "Eres un traidor delicioso", susurró, y yo reí nervioso, pero mi verga ya palpitaba pidiendo más.

La cosa escaló cuando lo tumbé en el catre viejo. Su Cristo perfecto, ahora mío. Le quité la corona de espinas falsa y besé su frente, luego bajé por su pecho, saboreando el salado de su piel. Él jadeaba, "¡Ay, Javi, qué rico!", agarrándome el pelo. Lamí sus abdominales, duros como piedra, hasta llegar a su verga gruesa, venosa, erguida como la cruz del calvario. La tomé en la boca, el sabor almizclado inundándome, su pre-semen salado en mi lengua. Él se arqueó, gimiendo fuerte, el sonido rebotando en las paredes.

Neta, nunca sentí tanto poder. Yo, Judas, lo tenía a él rogando.
Chupé despacio, girando la lengua alrededor del glande, oyendo sus ruegos: "Más, carnal, no pares".

Pero no quería acabar así. Lo volteé, admirando su culo firme, redondo, invitador. Escupí en mi mano, lubricando mis dedos, y los metí despacio. Él gruñó, un sonido animal, profundo, que me erizó los vellos. "Sí, así, pendejo", dijo entre dientes, empujando contra mí. Exploré su interior caliente, apretado, hasta que me suplicó que entrara. Me puse de pie, verga lista, y lo penetré de una embestida suave. El calor de su cuerpo me envolvió, apretándome como un guante vivo. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce, cada pulso. El slap-slap de carne contra carne, mezclado con nuestros jadeos, llenaba el aire. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo, intenso, como tierra fértil después de la lluvia.

Acto dos, la ascensión: lo volteé de frente para vernos a los ojos. Sus pupilas dilatadas, labios hinchados, reflejaban mi propia lujuria. Aceleré, embistiendo profundo, tocando ese punto que lo hacía gritar "¡Cristo, Javi!". Agarré sus caderas, piel resbalosa, y él se masturbó al ritmo, verga goteando. La tensión crecía, como la multitud esperando el beso de Judas en la obra. Sus uñas en mi espalda, rasguñando placer, mi boca en su cuello, mordiendo suave. Esto es la verdadera pasión, pensé, mientras mi orgasmo se asomaba, un volcán rugiendo dentro.

Él llegó primero, corriéndose con un bramido ahogado, chorros calientes salpicando su pecho, olor a semen fresco invadiendo todo. Eso me llevó al borde. "¡Me vengo, Marco!", avisé, y exploté dentro de él, oleadas de placer cegador, pulsos interminables. Nos quedamos pegados, temblando, respiraciones entrecortadas sincronizadas. El mundo se redujo a su calor envolviéndome, el latido compartido de nuestros corazones.

Después, en el afterglow, nos limpiamos con trapos húmedos, riendo bajito como pendejos. Él me besó la frente, tierno. "Mañana en escena, ¿seguimos fingiendo?", preguntó con picardía. Sonreí, oliendo aún su esencia en mi piel. "Neta, carnal, esto cambia todo. Judas la Pasión de Cristo ya no será lo mismo". Salimos al amanecer, el sol tiñendo el cielo de rojo pasión, listos para la obra. Pero ahora sabíamos el verdadero beso, el que quema y redime. En el pueblo, la gente aplaudiría la traición escénica, ajena a nuestra redención carnal, eterna.

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